El Mostrador versus Bachelet: A patadas con la ética

por Gustavo González

Sobre Gustavo González

Por Gustavo González Rodríguez
Ex Director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile

Los lectores del diario electrónico El Mostrador asisten a una suerte de folletín por entregas. Primero fue, el 27 de agosto, una nota informativa (al menos se presentó así) de Marcela Jiménez titulada “El Estado Mayor del oficialismo o la estrategia para contrarrestar el vacío de poder”, con una serie de afirmaciones polémicas sobre la presidenta Michelle Bachelet que molestaron a seguidores de la mandataria, entre ellos a la exministra Clarisa Hardy, cuya réplica fue olímpicamente censurada por la publicación, que se negó a publicarla como carta o como columna. El texto de Hardy fue conocido entonces gracias a Facebook y portales de prensa alternativos.

El diario que dirige Mirko Maccari ignoró durante varios días otras reacciones en contra de la nota, entre ellas una declaración de la Juventud Socialista y un comentario de la periodista Lidia Baltra en Radio Cooperativa que advertía un afán femicida en el texto de Marcela Jiménez, que además de abundar en “datos” (vale el entrecomillado) sobre los cuestionamientos a Bachelet en la Nueva Mayoría, le atribuía a la presidenta una cierta dependencia de antidepresivos y del alcohol.

Solo el 30 de agosto el medio electrónico glosó declaraciones del diputado Sergio Aguiló a radio Biobío, en que el actual vocero de la Nueva Mayoría atribuyó la baja popularidad del gobierno a un sistema de prensa concentrado, lamentó que incluso medios como El Mostrador estén en ese juego y calificó como “una bajeza” la nota del 27 de agosto.

Al día siguiente, por fin, El Mostrador salió al paso a las críticas con un extenso editorial titulado “Enfermos de poder”, donde validó la nota de Marcela Jiménez como propia de su condición de medio independiente y de su derecho a fiscalizar a los poderosos. Explicar a la ciudadanía los pormenores del “vacío de poder” es una contribución a la democracia, sostuvo el diario.

Último capítulo, hasta el momento de escribir este comentario: el miércoles 2 El Mostrador publica una extensísima columna de Edison Ortiz (“Michelle Bachelet bajo asedio: auge, caída y fin del liderazgo ciudadano”). “Una vez más se quiere matar al mensajero”, sostiene el columnista a propósito de las impugnaciones de la Nueva Mayoría a la nota del 27 de agosto. (Ortiz sugiere asimismo que el exministro Peñailillo estaría involucrado en las versiones contra Bachelet, lo cual dará sin duda continuidad al folletín).

¿Estamos asistiendo a un juego de doble victimización? Por un lado, seguidores de Bachelet advierten intentos desestabilizadores contra el gobierno y afanes de desprestigiar a la presidenta que involucran a El Mostrador, un medio que a sus ojos ya no es independiente ni progresista. Por tanto, hay que marcar como “me gusta” y compartir en Facebook los mensajes que llaman a defender a Michelle.

Doble victimización, porque también, por su parte, El Mostrador, se declara perseguido por atreverse a hacer público lo que al interior de la propia Nueva Mayoría se dice en privado acerca de la mandataria. Por lo tanto, es el medio que defiende su independencia hasta las últimas consecuencias, que se juega por la transparencia y combate la hipocresía que caracteriza al quehacer político nacional, según su editorial del 1 de septiembre.

No se puede negar la gravedad de la crisis política que atraviesa el país y la prensa tiene pleno derecho a hacer informes, interpretaciones y análisis al respecto. Pero debe hacerlo desde una perspectiva ética rigurosa, basada en los criterios de veracidad, en la nitidez de las fuentes y en un manejo responsable y pluralista de la información. La carencia de esos requisitos no puede suplirse con una retórica grandilocuente, ni con la autocomplacencia o el autobombo.

La censurada carta de Clarisa Hardy (Ver texto aquí) es bastante certera al apuntar las transgresiones a la ética periodística de la nota del 27 de agosto. “Ninguna carrera seria de periodismo universitario podría reconocer en ese artículo algo parecido al periodismo. Y ningún medio periodístico serio podría permitirse publicar una nota igual”, señala la exministra de Desarrollo Social, quien de paso recuerda que la crisis de credibilidad en Chile alcanza también a los medios de comunicación.

Claro que hay aspectos que no son nuevos. Es ya casi un lugar común la tendencia de la prensa chilena al uso de fuentes anónimas, enmascaradas bajo referencias indeterminadas. Ya en el año 2004 la investigadora Giselle Munizaga estableció que 29% de las fuentes de La Tercera eran anónimas. El porcentaje ascendía a 18% en La Nación y 15% en El Mercurio, con mayor intensidad en las informaciones sobre Política y Seguridad Ciudadana. El mismo estudio demostró que el fenómeno era mayor en los cuerpos de Reportaje de la prensa escrita, donde se supone que se hace periodismo interpretativo: 58% de fuentes anónimas en La Tercera, 54% en La Nación y 35% en El Mercurio.

La nota de Marcela Jiménez sobre “el vacío de poder”, contiene apenas dos fuentes identificadas: una cita del senador Alejandro Navarro, que no es propia de la redactora, sino tomada de otro medio, y una cita del presidente del Partido Radical, Ernesto Velasco. Todo el resto de la información está referida a fuentes anónimas o indeterminadas. Una revisión minuciosa del texto da como resultado 19 “informaciones” o comentarios de origen sospechoso. Un simple ejercicio matemático, sobre el total de 21 fuentes citadas, permite concluir que más del 90% de la nota se basa en fuentes anónimas.

Hay algunas muy grandilocuentes: “asesores, autoridades, dirigentes y parlamentarios”… “No hay parlamentario, dirigente y asesor gubernamental que en los últimos quince días no reconozca que ha escuchado la versión de que la Presidenta está tomando más alcohol de la cuenta…”. Están también las consabidas fórmulas al estilo de “explican en el propio palacio”, “agregan en el oficialismo”, “en la Nueva Mayoría reconocen”, “reconoce un alto asesor de Palacio”, “recalcan en la coalición”, y un largo etcétera.

En reconocimiento a una cierta audacia de la autora hay que consignar sin embargo algunas frases. Por ejemplo, “precisaron desde el Ministerio del Interior” (¿Burgos, Aleuy, un asesor, alguna secretaria?), …“un dirigente de la directiva del PPD” (¿Quintana?)…, “y desde la bancada de diputados del PS” (¿cuál de los 17 diputados socialistas?)… “en tanto que en la DC cuestionan” (¿Pizarro, Walker, Huenchumilla?).

Por último, la autora deja constancia de que “fue desde sectores empresariales que comenzó a circular la versión de que las cenas fueron «excesivamente regadas» y que la Presidenta bebía mucho”. Al menos una pista.

En su censurada carta, Clarisa Hardy señaló con razón que en la cuestionada nota no hubo “rigor periodístico de fuentes y búsqueda de veracidad”. Una observación muy válida, porque como lo señala el Código de Ética del Colegio de Periodistas, un profesional de la prensa tiene como obligación fundamental aplicar el criterio de veracidad, verificando versiones y contrastando fuentes. Claro que para los medios es más funcional y económico adscribirse a fuentes “confiables” que los alimentan a través del off the record en lugar de investigar seriamente.

Hardy sostuvo que en este caso no procede alegar “confidencialidad de la fuente”, porque no hubo propiamente denuncias trascendentes en el texto de Marcela Jiménez. Cabe recordar que también Tomás Mosciatti alegó hace algunos meses la protección o reserva de la fuente como una obligación ética cuando levantó la versión de la “renuncia” de Bachelet, cuestión que en ese caso tampoco correspondía (ver: El Larry King criollo y la crisis ética).

Sin aclarar su negativa a publicar la carta de la exministra, El Mostrador tampoco se hizo cargo en su réplica editorial del 1 de septiembre de los vacíos éticos e informativos de la nota sobre “el vacío de poder”. El editorial de marras es una suerte de ejercicio intelectual con una retórica autocomplaciente que incluso deja en mal pie, desde el punto de vista del rigor periodístico, al propio artículo que pretende validar o defender. Así, el editorial fustiga a las autoridades que “se rodean entonces de círculos herméticos que solo funcionan con trascendidos y rumores”, frase que viene a ser un autorretrato de la nota del 27 de agosto.

Agrega que el compromiso del periodismo moderno “es reportar lo que se investiga de la mejor manera posible, dejando plasmada la atmósfera reinante en la cual se ha reporteado un tema”, frase un tanto críptica que aplicada al artículo de Jiménez supondría que no hubo otra mejor manera de investigar y que la atmósfera del “vacío de poder” quedó cabalmente plasmada en el texto. Críptica también la referencia al libro del periodista y médico argentino Nelson Castro “Enfermos de poder”, que en el contexto del editorial sugiere, por ejemplo, que el peronismo en Argentina fue un accidente y no un proceso político y social.

Suma y sigue: el editorial invoca los casos de dos periodistas de la BBC que en vivo y en directo cuestionaron a líderes de gobierno y políticos sobre problemas de salud y de afición al alcohol. Precisamente estos periodistas británicos recurrieron directamente a la fuente, cuestión que no hizo la redactora de la nota sobre de El Mostrador, interrogando por ejemplo directamente a la presidenta o, en su defecto, al “vocero de Palacio”, como califica nuestra adocenada prensa al ministro de la Secretaría General de Gobierno.

Según el editorial, el “vacío de poder” con sus ingredientes “es parte del comentario cotidiano en los salones de la política y las sobremesas del conjunto de la elite”. Hay que agradecer entonces que los ciudadanos de a pie podamos estar al tanto de lo que ocurre en las cúpulas. Es bueno que así sea, pero si ese ejercicio de transparencia no se hace con rigor ético, la transparencia y el afán fiscalizador terminan cazando a los medios “en su propia trampa”, al mejor estilo del Tío Emilio.




5 comentarios sobre “El Mostrador versus Bachelet: A patadas con la ética”


  1. Andres Antillov

    Sobre las razones para no publicar la carta de la Sra. Hardy, recomiendo oír la más que atendible explicación que el mismo Macari ofrece hoy en el programa “La semana política” del mismo diario electrónico. Por lo demás, la referencia de Hardy a un supuesto ataque sexista es francamente ridícula, y lo único que viene a demostrar es el uso de la emocionalidad como último recurso de defensa. Ahora, sobre el artículo en sí, es importante tener en cuenta que la periodista no afirmaba ni negaba los rumores, sino sólo los ponía en perspectiva como hecho político, en este caso como instrumento de ataque a la presidenta y justificante de los intentos por arrebatarle el liderazo. Esto es justamente lo que uno espera del periodismo, información y contexto. Sobre el asunto de las fuentes, El Mostrador ha demostrado ser en todos edtos años un diario serio, y, por lo menos desde mi punto de vista, nada impide que también en este caso demos crédito acerca de lo que nos dicen.

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  2. isaac rodriguez castillo

    Como El MOSTRADOR no se hizo cargo de la carta de doña Clarisa Harry, copié la carta y la pegué unas diez veces en el fb de este diario electrónico viniera o no viniera al caso la noticia que se comentaba. Eso.

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