Feliz año nuevo

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Terminó, terminó. Por fin terminó este año tan difícil, este año tan de mierda, que de todas formas superaste, valerosa, digna. Y al abrazar ahora, engalanada, a tu madre y a tu abuela, lo sientes como un triunfo, como un verdadero triunfo. Este año fuiste madre, pensaste que nunca lo podrías lograr, pensaste que jamás ibas a poder hacerte cargo de una guagua, y aquí estás, brillando en un vestido de lentejuelas y sosteniendo un vaso de champaña con la mano. Te venciste a ti misma, a ti misma y a tus miedos, y hoy te emocionas cuando lo celebras, cuando te das cuenta. No celebras un año, no celebras el cambio de un calendario, celebras poder seguir viva, y contenta, habiendo vencido tantos miedos y tanto obstáculo, venciendo al que te dijo que jamás egresarías de esa carrera, venciendo al que te insertó mil demonios cuando le hablaste del examen de grado, de la maldita tesis. Pudiste, y hoy te das cuenta que el sacrificio nunca fue en vano, te das cuenta, mientras las luces de la televisión encienden tus ojos, que ya ha pasado un año desde que te compraste la casa, ha pasado un año desde ese día en que te independizaste, en que dijiste con tu pareja –subsidio en mano- que se podía vivir juntos, que los ciento cincuenta trámites en el banco valían la pena, porque detrás de tanta firma lo que esperaba era la consolidación de un amor, y en este momento, cuando lo besas estrechando las ropas nuevas, sientes por fin lo que significaba formar un hogar, hacer una familia, y te da gusto, te sientes grande, te sientes libre, en amor.

Pero el que se va es un año difícil, y las heridas todavía no se cierran, las heridas se siguen abriendo. Fue un año violento, teñido de sangre, de indolencia, aliado con la muerte. Un año para probar tus más profundas convicciones, y esta noche te presumes como un sobreviviente, un sobreviviente de lo que te tocó vivir, un sobreviviente de las bestias ante las que te rebelas, las bestias que te convidan a bajar la guardia, a mimetizarte con el vicio, con lo corrupto, con la colusión, con la desesperanza que se abraza cuando decides resignarte a seguir luchando, cuando decides dejar de mirar de frente, como han dejado de mirar tantos y tantas que han hecho tanto daño y que en estos segundos se abrazan jocosos, sin contemplación del dolor que encuentra en la ceremonia de todos a quienes no tendrán para abrazar los niños y hombres que han sido arrebatados. Porque a esta hora, mientras tú te abrazas para sentir que vale la pena, en unidad, para celebrar la gracia de la vida, mientras miras a tu hija jugar bien vestida y arregladita, correteando con los perros, mientras tus hermanos llegan a dar el saludo con un vinito en el auto, sesenta mineros en huelga no encuentran a sus críos a ochocientos metros de profundidad para comentarles que los quieren; mismo vacío, desértico, que encuentran los padres de Lisette, de Alan, masticando consternados, idos, pedazos de carne que ya no les saben a nada. Porque a esta hora, dos viejos mapuche no terminan de encontrar consuelo en un abrazo que se pregunta por qué este país, al que hoy todos honramos cantándole su himno, les cerró el año baleando por la espalda a su hijo, joven que como tantos de nosotros ahora debería estar proyectando su futuro. Pensemos en ellos, pensemos en lo tanto que nos queda por sentir, en tanto que nos queda por conocer, en tantas batallas que hemos perdido y superado y que otros siguen perdiendo, otra vez. Pensemos en por qué algunos las siguen perdiendo. Pensemos en lo hermoso de estar juntos, en la emoción que nos embarga al dar un beso a nuestro padre, a nuestros sobrinos, y pensemos en que sus sonrisas no son casuales, jamás fueron casuales, son los frutos de ochenta mil batallas que hoy se encuentran en el choque de dos vasos con ponche de durazno, en el baile con la comadre contándonos qué queremos hacer en este año que comienza. Pensemos en las batallas que algunos no ganan pese a usar todas sus armas, en la más buena de las lides, y solidaricemos con esos corazones que a esta hora no tienen respuesta, esos corazones tristes, pobres y endeudados que lo han perdido todo pero menos la dignidad, y pensemos en que cuando se desvanezca el jolgorio de esta noche, cuando deje de erizarnos los pelos el himno de una Patria resonando por la radio, el nuevo año no habrá quitado los dolores de la injusticia en los cuerpos de los marginados. Brindemos por nosotros, por nosotras, por nuestras luchas y sus destinos, y enfoquemos el calor de la unidad de estos segundos a los que empinan copas desde la derrota, copas rotas desde la derrota, desde la injustificada derrota, a los que con año nuevo o viejo no van a cesar de caminar para que este año, este feliz 2017, sí sea el año en que llegue la justicia, en que los toque la justicia que les haga sentir, que nos haga sentir, que un camino de tantas veleidades sigue valiendo la pena. Salud por la voluntad de un país que sabe siempre lo que viene, un país criado en el fatalismo, un país que no se sorprenderá por un nuevo terremoto, un país que sólo se explica en pie por su capacidad de temple, por su sagacidad para desenmascarar chantas, un país que tantas veces queremos que se acabe, por injusto y por bizarro, por ridículo, pero que no se va a caer nunca, ni aunque agonice en ese ridículo, porque no habrá nadie que esta noche no encuentre en sus sentidos más profundos un mínimo, un mínimo de esperanza. Salud por la esperanza, quizás lo más vistoso de un pueblo que otro año más se sigue llamando Chile, se sigue celebrando, pese a todo, como Chile, como Viva Chile. Feliz año nuevo, y a bailar. Y que nos vaiga bien.



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