Flor del Valle de Maipú: el aval del clasismo

por Martin Espinoza C

Sobre Martin Espinoza C

Por Martín Espinoza C

Lo que pasó la semana pasada en Maipú es desgarrador. Es la imagen más ejemplificadora de que el capitalismo salvaje intrusea las entrañas de nuestra sociedad, de que nosotros hacemos poco para extirparlo y de que está lleno de autoridades que, a consciencia, optan por expandirlo.

El pasado viernes 29 de julio, el concejo municipal de Maipú tenía en sus manos la posibilidad de hacer valer el derecho a la vivienda digna para 116 familias que hoy no gozan de él. Son familias de campamentos de la misma comuna. Familias que hoy viven colgadas a la luz, que no tienen alcantarillado ni agua potable. El camión aljibe llega dos veces a la semana. Tres cuando andan con suerte. Esa agua es la que ocupan para cocinar, tomar y ducharse.

No es la idea abusar del morbo, pero a veces es necesario esclarecer cómo es que se vive en un asentamiento informal, en una “toma”.
Son familias que en invierno tienen que salir de su casa y recorrer distancias para duchar a los cabros chicos con agua fría y por partes. Jamás han siquiera soñado con veredas o calles pavimentadas. Los junios ya son de barro. Las enfermedades se multiplican y los tratamientos médicos no. Son caros y, si no, son lentos. La comida alcanza justo, y cuando no alcanza se suple con pan. Las casas son frágiles; les entra viento, frío y agua, por arriba y por abajo. Son las familias que vemos llorando en los matinales cada vez que una tormenta se lanza en contra de alguna ciudad del país. Las que piden nylon para no seguir anegándose y carbón para recibir algo de calor. Son las que seguimos viendo para la tormenta siguiente, porque nadie hace nada para que dejen de tener razones para que las sigamos viendo.

Esas son las familias a las que el concejo municipal de Maipú pudo haberles dado una solución para hacerlos menos pobres. Y era fácil, las comunidades ya habían hecho su parte. Se organizaron hace 13 años con la idea –aún verde- de tener algún día una casa que tuviese techo, piso de cemento y murallas sólidas. Tardaron años en consolidar la propuesta. Hicieron la pega: con rifas, bingos, alfajores, papas fritas y completos juntaron el medio millón de pesos que les pedían para financiar un porcentaje de su vivienda. También postularon y consiguieron los subsidios que les exigieron. Flor del Valle –nombre que se le dio al proyecto de viviendas sociales que las acogería- ya contaba con el trabajo ingenieril y arquitectónico para ser concretado. Sólo faltaba comprar el terreno.
La tierra en Santiago es cara, por eso las viviendas sociales casi no se pueden levantar en zonas muy bien localizadas. Son montos inabordables y los subsidios que brinda el Estado -y que intentan incluir un monto para la compra de terreno- están muy lejos de dar el ancho. Por eso se postula a fondos para la adquisición de la tierra: para que los subsidios puedan ser utilizados en la construcción de una casa con un mejor estándar de calidad y que las platas que provengan de fondos alternativos ayuden a costear el sitio. Entonces se le solicitó al municipio que postulara a fondos de la Subsecretaría de Desarrollo Regional y en diciembre del año pasado se lo adjudicaron. Sólo faltaba la aprobación del concejo y la constructora empezaría la obra en cosa de meses.

La discusión se dilató y, en ese tiempo, los vecinos aledaños al terreno empezaron a meter ruido. No querían familias de campamento ni viviendas sociales cerca de ellos. Así lo hicieron notar en las marchas que organizaron y en los lienzos que imprimieron: “No al proyecto Flor del Valle. No queremos viviendas sociales. No queremos delincuencia. No queremos tráfico de drogas”, suplicaban afirmando explícitamente que lo de ellos no se trataba ni de discriminación ni de prejuicios. Reclamaban por una consulta ciudadana, como si a uno le preguntaran de manera muy frecuente si quiere o no que lleguen nuevos vecinos a su vecindario.

Llegó el día de la votación y el concejo, conformado por 9 concejales y el investigado alcalde Christian Vittori (a quien la DC le quitó el piso para las próximas elecciones, extendiéndole la alfombra roja del municipio a Kathy Barriga), debían tomar una decisión. Con una abstención (RN), 4 votos a favor de la construcción (PC, UDI, PPD y DC) y 4 en contra (DC, DC, PPD y PS), quien debía dirimir era el edil involucrado en el Caso Basura. Esbozando críticas contra SERVIU por su política de construir casas y no barrios, rechazó la moción y frustró el sueño de 13 años de esas 116 familias que tenían poco y nada a qué aferrarse. El proceso de integración no fue el adecuado, señaló. ¿Cómo comenzar un proceso de integración si aún ni siquiera se compra el terreno? Se corre el riesgo de perder todo el trabajo. No propuso un plan alternativo ni medidas a corto plazo que ayudaran a las comunidades involucradas, sólo dio el portazo y cerró por dentro.

Las escasas declaraciones que ha brindado han dejado entrever que la voz de la gente –los vecinos del terreno- es muy importante en tiempos en que la ciudadanía se queja de no ser escuchada. Lo que no menciona Vittori es el nivel de argumentación de los vecinos, quienes acusan que sus viviendas perderán plusvalía y que no les acomoda que a sus barrios llegue gente de malas costumbres. ¿Qué tipo de autoridad escucha ciegamente dichos razonamientos sin reparar en la discriminación arbitraria que los sustenta?
TECHO, la organización que gestiona el proyecto, organizó una asamblea para que ambas comunidades –las de campamentos y las de los vecinos del terreno- se conocieran y pulieran sus diferencias. El resultado fue devastador. Las 116 familias recibieron lo peor del sistema encarnado en acusaciones profundamente hirientes, dolorosas e infundadas. A las mujeres se les tildó de prostitutas, a los hombres de narcotraficantes y a los jóvenes de delincuentes.
Así, lo que hizo el concejo fue darle un espaldarazo al salvajismo que pone por delante la plusvalía de la propiedad de una familia antes que el derecho a la vivienda de otra.

Qué decir del rol que cumplen los partidos políticos. El humanismo cristiano con el que hace gárgaras la DC fue convertido en escupo. El discurso enfocado en los derechos humanos con el que el PPD –repudio a un partido sin ideología- y el PS –repudio a un partido que olvidó sus principios- siguen lucrando, fue ensuciado con la misma flema. De Vittori no se puede esperar nada.

Aún está en manos del alcalde poner el tema en la tabla para el siguiente concejo. Entendemos que las familias movilizadas en contra del proyecto significan más votos que las 116 de campamentos, por eso sería pedirle peras al olmo que repensara su decisión. Ojalá, si la dignidad relegada de los campamentos no pudo, que las portadas en su contra le hayan tocado una fibra que lo haga retroceder.




4 comentarios sobre “Flor del Valle de Maipú: el aval del clasismo”


  1. Pienso que también es interesante analizar si el proyecto de viviendas sociales que se iba a realizar, permitiría a esas familias sortear, en lo urbanísticamente posible, las inequidadades, para así provocar un mejoramiento en la calidad de vida de esas personas, y no transformarla en lugares igual o más inhbitables que el campamento de donde venian. Ahora, es lamentable la realidad en torno a la poca empatia, pero creo que es resultado de la mercantilizacion extrema.
    Excelente columna, saludos!

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  2. Una verdad que nos duele lo ocurrido en Maipú. Bien con tu denuncia periodística Martín, a seguir pisando callos en esta sociedad chilena que escondiendo la cabeza cual avestruz se nos revela cada vez más carente de inclusión. (Sam)

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  3. Catalina

    Que pena la situación de esas familias, se sacaron la cresta para terminar siendo víctimas de unos cuantos arribistas que quizás tienen el mismo origen que ellos. Ahí está demostrado que mientras menos plata se tenga, más subida de humos es la gente. Acá en el sector oriente convivimos con poblaciones peores que conjuntos de viviendas sociales y no andamos reclamando en contra de ellos.

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