Helia Molina y el aborto: Chile, país de hipócritas

por Javiera Aliste

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“En todas las clínicas cuicas de este país muchas de las familias más conservadoras han hecho abortar a sus hijas” Nada de falso hay en esta afirmación. Chile país de hipócritas.

Me han dicho en círculos cercanos, y también lo he leído, #todossomosHelia. Mentira, no es así. No todos dicen las cosas, la verdad en este caso, como lo hizo la ex Ministra. La sociedad chilena, en su conjunto, posee una característica particular, además de un sinfín de otras pero que no son relevantes en función de lo que ahora trato de manifestar. Chile es un país de hipócritas con doble discurso. Se preguntarán por qué, he aquí la explicación.

Una de las tantas herencias que dejó la dictadura de Pinochet en Chile fue la eliminación de la excepción del aborto terapéutico en la constitución chilena. De esta manera, Chile es un Estado con una regulación protectora del nasciturus, “la ley protege la vida del que está por nacer”, ya que no permite el aborto ni siquiera en caso de violación o incesto. El aborto en el ordenamiento jurídico chileno se encuentra prohibido por dos disposiciones: el Código Penal de Chile de 1984 (artículos 342 a 345) y el Código Sanitario (artículo 119).

Siguiendo la lógica de la ley chilena, si bien se consagra el derecho a la vida de todas las personas, el de las mujeres está condicionado a que respeten los embarazos aun cuando no sean deseados o sean producto de la falibilidad de los medios anticonceptivos, o del desconocimiento sobre formas correctas de uso, o de la violación sexual, y aunque pongan en riesgo su propia vida. Sobre esta base, la vida de la mujer, incluido su cuerpo, no constituye sino un depósito respecto del cual ella no tiene ninguna autoridad. A pesar de esto, las mujeres siguen abortando como medida última ante un embarazo no deseado, en la clandestinidad; en algún centro no apto para su realización, en casa con pastillas (misopostrol) o en la clínica privada.

Chile país de hipócritas. El aborto en el espacio público es condenado, en el privado-“acomodado” es naturalizado como “apendicitis” y en el privado-pobre se le denomina aborto clandestino. Es de suma importancia que desde la institucionalidad oficial, en este caso los políticos, dejen de negar la realidad del aborto y asuman la existencia de una gran cantidad de abortos anuales y opten por asegurar el acceso a una amplia gama de métodos anticonceptivos y derechos de regulación de la fertilidad para prevenir este problema de salud pública.

Hemos visto que, históricamente, el discurso tradicional y político que han logrado imponer los grupos de poder se contrapone a las necesidades de la población y a las prácticas clandestinas del aborto. Desde la penalización y prohibición absoluta del aborto que se efectuó durante la dictadura militar, la sociedad no ha tenido un debate serio respecto al tema. Eso hasta ahora, hasta que la ex Ministra, Helia Molina, volvió a poner esta temática en la palestra. Lo hecho por Molina es replantear cuestionamientos en torno al aborto, a los mal llamados “pro-vida” y a los “pro-aborto”.

El aborto se concibe como una práctica, una realidad, un fenómeno y un asunto complejo, configurado por múltiples dimensiones. No es simplemente el acto físico o médico de la interrupción voluntaria de un embarazo, sino que es una práctica situada, que engloba una situación, un contexto, un espacio social y cultural que la determina. Esta perspectiva compleja no es compartida por la que sostiene el Código Penal Chileno que criminaliza, culpa, discrimina y violenta a las mujeres de este país. Desde una óptica de género, directamente feminista, es necesario posicionar al centro del debate el concepto de autonomía y autodeterminación. Es necesario contextualizar y situar a las personas, teniendo en cuenta el espacio social y cultural desde el cual se ejerce autonomía. Es decir, se requiere abordar el fenómeno desde una noción y visión amplia, tanto macro-social como micro-social, que sea capaz de sintetizar las condiciones de inter-dependencia creadas por una superposición de identidades socialmente construidas: la diferencia sexual, la raza, la clase, la orientación sexual, etc.

El desafío que plantean las declaraciones de Helia Molina, y su tan bullada salida del Gobierno, es el de potenciar y demostrar la individuación de las personas. Esto supone la afirmación de la competencia moral de las mujeres para tomar decisiones en materia procreativa, y el consiguiente rechazo a las regulaciones punitivas que niegan tal competencia y que simbolizan los cuerpos de las mujeres como objetos reproductivos. El reconocimiento de la autonomía moral de las mujeres implica valorar las opciones que éstas realizan libremente. Junto con ello, replantear la despenalización socio-cultural del aborto en nuestro país, desarticulando los estigmas asociados a su práctica. Debemos desfragmentar la relación Mujer-Aborto como un delito, sino como una decisión autónoma.




2 comentarios sobre “Helia Molina y el aborto: Chile, país de hipócritas”


  1. Lástima que los “honorables” pueden pagar las operaciones de “apendicitis” de sus hijas y el resto que se pudra. Total, así se crea mano de obra barata a futuro.

    Repudio a los legisladores retrógradas y desgraciados, homenaje a los dichos de Helia Molina.

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  2. La Corín Tellado

    En Chile está prohibido el aborto en cualquiera de sus formas puesto que, si no son estos niños, que eventualmente irán a convertirse en mano de obra barata, y que naturalmente no se fueron gestando en úteros ABC1, ¿quienes irán a sostener este sistema repugnante? Ese discurso pro-vida por parte de la clase dirigente es una falacia. Se me enroncha hasta el hoyo cuando leo/escucho a personas pregonando enérgicamente a favor de la vida, de una vida que para la gran mayoría de los chilenos se reduce a la mera supervivencia, y sin voluntad siquiera para reflexionar al respecto, criminalizan a quienes, durante años, nos deshacemos exigiendo de vuelta un derecho que nos corresponde por nuestra calidad de seres humanos.
    Hace no mucho tiempo una uruguya se suicidó en Estación Central, se arrojó desde lo alto del edificio que arrendaba con sus dos guaguas. La infaltable manga de pelotudos con infulas de iluminados, de portadores legítimos de una verdad irrefutable que les fue revelada por designio divino, no perdieron tiempo en desearle todas las penas del infierno en cada una de las publicaciones que se escribieron al respecto. Y qué culpa tenían las guaguas, que cómo fue capaz de arrebatarles -el derecho- a dos angelitos, que ojalá esté ardiendo en los mármoles humenates del infierno, etcétera, etcétera. En general la gran mayoría de los comentarios dejan entrever ese apasionado recogimiento religioso que a tantos de mis conciudadanos los tiene en cuatro, de rodillas, a dos manos y con arcadas. Ese mismo recogimiento, ese misma idea de un dios implacable al que se le deben rendir cuentas, tiene bastante de culpa en la percepción retrógrada que se alberga con respecto al aborto y al suicidio entre la masa de personas constituida por el chileno promedio, ¿Y quién de estos weones se pone a pensar en las razones que motivaron a la madre suicida a tomar semejante decisión?, ¿es que de verdad creen que no es válido que alguien decida arrojarse al vacío, que decida abortar, considerando el país reculiao que nos legaron?, ¿qué wea les pasa?

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