La divina Música de María (o Please, don’t stop the music)

por Rucitama

Sobre Rucitama

Por Rucitama

No viniste del frío ni la lluvia
llegaste del amor y de la luna.
Niña de agua,
te crecerán las alas y tu vuelo
Niña de agua – Ana Belén
(Para la ternura siempre hay tiempo, 1986)

Cuando entró cadereando por la puerta abierta de la tienda donde yo trabajaba me costó reconocerla. Nada más cruzar el umbral impregnó todo con un aliento místico por sus dreadlocks y su escote que dejaba ver sus pechos jóvenes y tersos, al borde de mostrar los pezones, sonrojada de calor, con los ojitos chicos de marihuana y cansada por los 35,5 grados que asolaron ese día Santiago. De seguro venía caminando desde lejos, a algunas cuadras de ahí estaba el campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile y tal vez andaba en él vendiendo las cocadas voladoras que también nos ofreció a nosotros y, por más que quise decir que sí, no tenía un peso para poder ayudarla en su revolución. Pidió agua y se la dimos, se refrescó y partió de vuelta en su tarea de vender alegría en forma de chocolate. Después que la vi caminando até cabos y caí en cuenta que se llamaba María, había salido en los diarios y en la televisión un par de años atrás porque en el primer gobierno de Bachelet le tiró un jarro de agua en la cara a la ministra de educación, cansada de que no le dieran la palabra y de que la sonrisa hipócrita de Mónica Jiménez no escuchara ni se diera por enterada de las necesidades del pueblo. Ella, con sus estudios internacionales en educación y haciéndose la abuelita tierna, daba a entender que la edad la había dejado sorda mientras presidía mesas de diálogo donde no se dialogaba.

Verla ahí, cargando una caja de plástico transparente con cocadas guayoyo y sus primeros 20 años colgando de su pecho pálido y sudoroso hicieron que recordara, como un flash, todos los noticieros que la mostraron como un punto negro en el lozano rostro del movimiento estudiantil, satanizándola a ella y a su madre, que la defendía en lugar de reprenderla; a los directivos de su colegio que quisieron expulsarla y al recurso de protección que la tuvo de vuelta con una guardia escolar de sus compañeros para evitar cualquier problema que pudiera presentarse. Me acordé de las solicitudes a la UNICEF, organismo al que se apeló para que se respetaran sus derechos de niña, la niña María Música que con 14 años salió al baile, se embarazó del movimiento estudiantil y mojó al ángel Gabriel de vuelta con un jarro de agua que abortó la mesa de diálogo, porque no la estaban escuchando ni a ella ni al resto de la bandada estudiantil.

El gobierno se relamía por el provecho que podrían sacarle a la insolencia tan grande que aquejó a un ministro, daban pasos al costado de las mesas de diálogo y Bachelet se desligaba sonriente de las demandas de los estudiantes. Estábamos tristes y nos habían cansado. Aunque resistió mucho el impulso de la protesta, el hastío mermaba su fuerza, después de que gasearan las universidades y los colegios, de que guanaquearan las anchas alamedas por donde quería pasar la Educación Pública. La María Música, con los botones de sus senos recién brotando en sus tempranos 14 y la misma convicción de Bartolina Sisa, estaba luchando contra la corona que Bachelet nos quería robar a todas, que íbamos a ser reinas.

Mi papás estaban escandalizados: una estudiante, como las cientos de estudiantes que ellos educaban diariamente, había osado aventarle sendo chorro del líquido vital en el rostro al rostro máximo del Ministerio de Educación. Tenían miedo de que, viviendo diariamente la amenaza que es entrar a los colegios como profesores, ahora los niños y las niñas siguieran el impulso de agredirlos con agua, saliva, piedras, palos o cuchillos. De seguro la Universidad Católica de Estados Unidos en la que Mónica Jiménez aprendió todo lo que la llevó a ocupar la cartera de educación nunca tocó el tema de la vulnerabilidad de los profesores, es posible que ella nunca haya estado frente a un aula y no se enteró de la alta tasa de depresión que aqueja al profesorado del ministerio que ella gobernaba. Y le daba lo mismo porque ella podía pagar los psiquiátras que necesitara mientras los miles y miles de profesores del país juntaban peso a peso para pagar el salario de esos médicos especialistas, ex estudiantes de los colegios públicos que Pinochet municipalizó y prestadores de servicios en un sistema que esa misma dictadura le quitó a los pobres. Mi papá y mi mamá se sentían vulnerables porque ellos estaban en las salas de clases moviendo la cintura y Mónica Jiménez le hacía el asco a esa cumbia.

Dicen que la María Música estudiaba en el peda, o que vivía por ahí cerca y por eso andaba siempre vendiendo sus cosas en los pastos de la universidad. A estas alturas era un mito el ritmo tropical de sus pasos por Ñuñoa, sus cocadas mágicas y su pelo apelmazado en varios dread que le daban una calurosa sombra para salvarse de los mil grados de Santiago en verano. Dicen mucho de la María Música y justo entró ella cansada por bailar su propio mito en las calles, entró piola a la tienda de semillas de marihuana donde yo trabajaba a pedir un vasito de agua.
La vi alejarse acalorada y descuidada, no tuve corazón para decirle que estaba a punto de salírsele una teta desde dentro de su polera recortada, que dejaba ver la dimensión completa de su esternón y su costado pálido y reluciente, era un hermoso duendecito de la historia de las movilizaciones sociales de Chile, una de las pocas que pudo rebotar la violencia que recibieron los estudiantes entre el 2006 y el 2011. María Música fue la bala que se devolvió, y hasta el SubVerso le hizo una canción donde se podían escuchar fuerte y claro las razones por las que la Música de María era canción del año en los Grammy de la lucha por una educación gratuita y al servicio del pueblo, para que no fuera necesario nunca más devolverle a un ministro el agua que el guanaco le rociaba a escolares, que ni siquiera habían cambiado la voz; para que se respetara a los estudiantes que el 2014 llegaron a la cámara baja a refrescar el panorama político, acarreando algunos sones de la cumbia revolucionaria que intentaban conservar a pesar de ir en la misma lista que la Nueva Mayoría, como si necesitara más mayoría el país que la de los estudiantes pidiendo educarse sin tener que pagar.

María Música le tiró un jarro de agua a la ministra de Educación en la cara y salió caminando de la tienda después de que le dimos un vaso del mismo líquido, a ofrecer sus trufas bless a otras tiendas, a bailar la cumbia lenta que rezaba su nombre y a que la ciudad le quitara, calor mediante, el agua que le debía a la historia a través del sudor.




5 comentarios sobre “La divina Música de María (o Please, don’t stop the music)”


  1. Qué recuerdos del 2006 llegaron a mi mente. Cómo olvidar aquel episodio en el que los estudiantes quedamos como unos violentos sin respeto, omitiendo la violencia con que se nos trataba en cada marcha.

    Un abrazo Nico!

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  2. Te faltó ponerle en el título “las divinas tetas de la María Música”, no sé ni para qué te molestaste en meterle blablablá educativo. Weón jote.

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