La pelá de Giorgio Jackson o el réquiem del 2011

por Romina Reyes

Sobre Romina Reyes

Por Romina Reyes

Fue en los años inmediatamente posteriores al primaveral 2011 que el dramaturgo Pablo Paredes escribió una columna-homenaje al movimiento estudiantil debido al anuncio mediático del embarazo de Camila Vallejo. En sus palabras, se lee la fantasía chilena del momento, deseante de que entre Vallejo y Jackson hubiese algo más que una complicidad en la lucha.

El embarazo de Vallejo se leyó como la transición de la niña a la mamá, de la rebelde a la revolucionaria, y también, contrario a lo previsto por Paredes, como un anuncio del comienzo del fin de la alegría y el ruido que el 2011 provocó en su generación.

En la misma medida en que Vallejo como cuerpo personificó a la generación que la acompañaba, los jóvenes estudiantes, herederos más directos del experimento de la reforma universitaria del 83, la alzaron como su representante: la vocera de una de las generaciones de jóvenes más educados de Chile, obteniendo títulos en universidades, institutos profesionales y colegios técnicos. Una masa educada que entendía conceptos básicos como oferta, demanda y libertad de mercado. Que podía ocupar conceptos marxistas sin siquiera haber leído a Marx más allá de una fotocopia. Jóvenes que podían explicar en palabras simples lo que era el lucro, en un rango que partía en los 13 años y se extendía hasta más allá de los 20. Esa joven alegría era la belleza de Camila Vallejo, que en más de una ocasión quiso ser reducida a mero objeto sexual o sucia pornografía revolucionaria.

El video publicado en diario The Clinic donde Camila emite un sugerente “yapo”, pidiendo que la dejen de molestar, sería el único vestigio de la Camila-mujer, que se borró para darle tiempo completo a la Camila-revolucionaria, candidata a Gladys Marín del nuevo siglo.

El Twitter de Camila Vallejo, era manejado desde los cuarteles de la Fech dejando completamente fuera opiniones que no fueran robóticas, panfletarias en formato menor. Nada de la flojera de ser mojada por el guanaco, de lo latero que debía ser conversar con Jaime Gajardo; nada de lo difícil que debía ser levantarse tras las largas y lateras reuniones del Confech.

Camila se salió de su cuerpo de mujer para representar a la compañera revolucionaria ideal: inteligente, rebelde, y sobre todo linda. Los orgasmos que provocaba Camila no eran tanto las eyaculaciones como los placeres de escucharla atacando a la clase política más rancia, como en ese inolvidable capítulo de Tolerancia Cero donde interrumpió a la senadora designada Ena Von Baer, llamándola así, “designada”, diciéndole a su cara y a la cara de los televidentes que no nos engañan, que en Chile es sabido que hay cargos elegidos en urnas donde la opinión popular es mero espectáculo, equivalente a votar cada fin de semana para que Álvaro Ballero se quede en la casa estudio.

Pero ella no estaba sola. Su compañero moderado le calmaba los ánimos: Giorgio Jackson, el niño bonito de la Universidad Católica. El representante más fiel de los neocuicos de Providencia que no tuvieron espacio en el barrio alto, o que le hicieron el quite a la familia, a la tradición y se fueron a vivir el progresismo que avanza aún más lento que las luchas de clase. Giorgio Jackson era lo que todos esperábamos que fuera: un cuico de izquierda, es decir, un futuro hijo de la Concertación.

Giorgio se ganó sus credenciales al ser llamado “señorito” por Evelyn Matthei. Jackson, que en la mayoría de los escenarios habría pasado por “piola” llamó la atención de la cara más pesada del oficialismo de Piñera. Matthei, como toda mujer educada, nunca tuvo miedo de decir las cosas por su nombre y a la cara; por eso se le admira y se le teme. “Señorito significa que es de padres acomodados” le explicó la entonces ministra del Trabajo al periodista Matías del Río cuando la confrontó por sus dichos.

Pero la defensa del periodista era innecesaria, ya que la supuesta ofensa a Jackson no fue otra cosa que una bendición. Estábamos acostumbrados a ver a Matthei midiéndose en la arena del palabreo con guatones de la talla de Osvaldo Andrade; lo de Jackson, entonces, era una novedad, un abuso de fuerza equivalente a pegarle una cachetada a un niño.

El 2011 la fantasía erótica de Mekano y Yingo se trasladó a las calles: mientras Vallejo enamoraba a los ilusos jovencitos de izquierda, Jackson hacía lo propio con las mujeres que veían en él la versión mejorada del frentista Mario Horton en la serie los ‘80: un revolucionario que tiene todo menos olor a pólvora.

Jackson, a diferencia de Vallejo, no negó a su persona: se declaró chuncho desde el comienzo, respondía tuits, compartía memes. Era la otra cara de la alegría de la generación.

La fantasía Jackson-Vallejo tuvo su primer llamado de muerte con el deceso de nuestra ave nacional: Felipe Camiroaga, que hoy nos cuida desde los cielos. El accidente del Casa 212 más allá de despertar ideas conspiracionistas de la escuela de Andrés Salfate, dio cuenta de que no bastaba con ganarle en sintonía a la Copa América para lograr la educación gratuita y de calidad. La potencia de la televisión como medio de comunicación, y la muerte de unas de sus figuras más emblemáticas fue la trágica prueba de que aún había heridas más grande en el alma de Chile que los miles y miles de jóvenes endeudados con casas bancarias para pagar sus carreras universitarias.

El accidente del Casa 212 fue el primer llamado al 2011 para entrarse y seguir estudiando para las pruebas que le permitirían al país entrar en estándares internacionales y ser verdaderos merecedores de festivales tipo Lollapaloza. Pero no fue el golpe final.

Aún faltaría el retiro cobarde de los universitarios asustados por tener que pagar un año más de educación no entregada, lo que significó el abandono a los secundarios y sus proyectos populares y autogestionados de colegios. Aún faltaría la ambiciosa repostulación de Camila Vallejo, la pérdida del escaño de la Fech por soberbia y la evolución del movimiento en otro cuerpo: Gabriel Boric, el autónomo. Otro revolucionario sin fósforos que prender.

Entonces, con la masa de universitarios siendo expulsados ferozmente al mundo laboral, los restos del movimiento estudiantil evolucionaron en una forma revolucionaria y democrática, como propuso el mismo Jackson en el nombre de su movimiento: la lucha electoral por un escaño político. La siguiente etapa sería llevar la lucha social al parlamento, ya no como lobbistas o ONG’s, sino bajo la vieja premisa de infiltrar al sistema y hacerlo explotar desde adentro. Estrategia que, al día de hoy, aún no anota ninguna explosión a su favor.

Camila Vallejo embarazada, recorriendo las calles de La Florida para lograr ser la diputada de uno de los distritos más representativos del corazón de Santiago, donde la clase media alcanza formas y proporciones monstruosas en su diversidad, fue la cara de la madurez del movimiento. La niña hippie con su panza enorme desafiando a la vida y al sistema, dispuesta a proteger su vida, la de su hija y la de los ciudadanos, y ser nuevamente la voz de los sueños de su clase, ahora en el parlamento.

Por su lado, la imagen de Jackson se mantenía impecable. Aún hay quienes lo recordarán celebrando el triunfo en calle Monjitas, al frente del Bar The Clinic, en la comuna que un año antes había sido recuperada por la Concertación. Aún habrán quienes recuerdan a su polola de pelo negro que hacía más fácil que las niñas C3 se imaginaran a ellas mismas de pie junto a ese revolucionario tamaño real.

Quizá por eso las noticias de Giorgio Jackson siguen siendo lecturas obligatorias para todos quienes estuvimos en la universidad el 2011. Queremos verificar el avance de nuestras demandas, pero también revisar si Jackson sigue siendo lindo, preguntándonos cuántos días faltan antes de que, como nuestras mamás, sólo nos quede el recuerdo nostálgico de lo bonito que era Camilo Escalona cuando estaba en la FESES.

Todo acabó entonces el día en que Jackson decidió dejar de negar la pelada que ya los más vivos podíamos verle desde las transmisiones de televisión. Cuando abrió la cortina de su cuerpo tempranamente avejentado, e hizo la declaración de una adultez asumida prematuramente.

Con Camila Vallejo mamá y Giorgio Jackson pelado, está todo claro: del 2011 sólo quedan cenizas.




10 comentarios sobre “La pelá de Giorgio Jackson o el réquiem del 2011”


  1. WordPress no me permite comentar pero lo pongo acá. Creo que la columna está mal redactada, pobremente organizada e intenta parecer profunda pero no le resulta, mucho brillo, poco contenido. Un análisis sumamente superfluo de los eventos; con una inocencia que casi inspira ternura pero no alcanza. Y eso es sin siquiera apuntar a los párrafos y oraciones que se contradicen entre sí; quiere decirlo todo y no dice nada.
    Entre eso y el nivel de sexismo barato el documento se vuelve una lectura insoportable, muy por debajo del nivel de otras publicaciones de la página. O sea, quiero aclarar que no es de acartonada, pero es que no es nada, no alcanza ni pa pieza de humor negro, ni para crítica social, entonces se vuelve una lectura fome y poco estimulante.
    Acá falta una edición concienzuda que encauce a lxs autorxs a expresar sus ideas de manera coherente para que más personas las puedan entender (a masificar y facilitar el acceso a conocimiento!).

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  2. ¿jackson & vallejo, revolucionarios? qué autocomplacencia más grande. ellos siempre fueron la ropa nueva del capital, la juventud que necesita el sistema para maquillar de liberal humanidad su rostro podrido de conservadurismo. ¡si toda la dizque izquierda quiere entrar al parlamento, aquí no hay ninguna intención revolucionaria!

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  4. juanito

    Jackson comenzó su calvicie luego del paipe propinado por un NN en Chillán, en uno de los tantos confech del 2011… le aforraron su paipe porque despues de decidir como asamblea sale hablando weas que nadie acordo en la prensa… jojo

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  5. Por favor ¡estos cabros (ackson, Vallejos Dowling y Boric) nunca fueron revolucionarios! …hasta el historiador facho Jocelyn-Holt lo notó -y lo describió en un libro- y la izquierda shuper-rebelde nunca fue capaz de sacarselos de encima. Al contrario: les compró.

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