Las llamas de Valparaíso también discriminan

por Martin Espinoza C

Sobre Martin Espinoza C

En el puerto de Valparaíso hasta las llamas discriminan. Detrás del romanticismo de la ciudad, lejos de los hospedajes boutique y de los vidrios del Congreso Nacional -que sin pudor dan la espalda a los cerros de áspera realidad-, la indignidad arremete con violencia.
El fuego nuevamente trepa por las faldas de los cerros del puerto para enrostrarles a las familias más pobres que acá en Chile, el país de las pensiones miserables y de las eternas listas de espera, el problema no sólo tiene que ver con los pesos que faltan para comer los fines de mes. Porque acá en Chile los desastres naturales, como la gran mayoría de las cosas, también golpean con más arrebato a quienes tienen menos en el bolsillo.

Hoy son las casitas de los cerros el fiel reflejo del nuevo abrazo de la miseria. Un abrazo crudo y paradójicamente frío. Es el abrazo hambriento por nutrirse de la precariedad de una familia que no tuvo la capacidad de financiar un arriendo en zona segura. Es la caricia indolente sobre aquél que no tuvo ni una pizca de agua para poder hacerle frente al agobio que acarreaban las llamas. Es el reto cruel de la desdicha, que en tono golpeado, autoritario y sin escuchar plegarias, arrasó con las casas de quienes tuvieron que subir hasta las cumbres para no interrumpir el tránsito de los peces gordos que frecuentan la ciudad a diario.

El rudo calor del verano en la quinta región, ese que respiran los que del mar gozan poco, firmó el vil pacto con las insolentes ráfagas de viento que deambulan por las alturas. De la alianza no podía salir nada bueno. Si a dicha unión se le agrega la sobrepoblación de eucaliptos, especie no nativa reconocida por su veloz crecimiento, gran altura y su capacidad para absorber inmensas cantidades de agua, el resultado no podía ser otro que trágico.

El fuego insaciable fue capaz de consumir más de 200 hectáreas, con las brasas burlando el cortafuegos del Camino La Pólvora y cruzando, sin negociar, de Laguna Verde al sector de Puertas Negras.

Que no nos dañe la visión la nebulosa levantada por el humo que consumió las 140 casas: lo que pasó en Valparaíso es pan de cada verano y tiene su explicación. Los cerros acogen a miles de familias que, difusas a la distancia, carecen de las condiciones mínimas de seguridad para habitar ahí. Es el caso de los campamentos de la ciudad que, a pesar de no haber sido el grueso de los afectados, lo son en la mayoría de estos acontecimientos. Sólo la región de Valparaíso alberga a casi la mitad de las familias de asentamientos informales de Chile que están expuestas a un incendio forestal por su ubicación. Hablamos de más de 6.000 familias que, ahogadas por un sistema que los descascara a pellizcos, se vieron en la obligación de parar una casa en donde a pocos les importe su seguridad o, peor aún, su existencia.

Son zonas que, contaminadas por basurales ilegales que son alimentados por toda la ciudad, carecen de buenas vías de acceso que posibiliten el ingreso de bomberos. Las familias que ahí residen son de las pocas que, para ir o volver de sus trabajos, además de la locomoción pública deben pagar diariamente el transporte de colectivos ilegales que les permitan llegar a sus casas.
Las familias lloran las pérdidas y ahogan el grito en contra de la injusticia, esa que las hace aparecer en matinales y noticieros sensacionalistas.

Mención aparte y una aclaración para los colegas periodistas y la medida del alcalde Jorge Sharp que los obliga a abandonar el albergue de la ciudad. Esto nada tiene que ver con el derecho a la información, ni mucho menos con la libertad de expresión. Esto es poner a los ciudadanos por delante, sin transar el trato digno sin distinción por clase económica. Chile es país de emergencias y lastimosamente deben ser pocas –si no ninguna- las universidades que enseñan cómo abordar la noticia en estas circunstancias. Hemos visto a periodistas festinar con el morbo que brinda la fragilidad de un afectado y es menester de un alcalde velar por el trato digno de los ciudadanos de su comuna. Esto es solo una práctica que atenta contra la democracia para aquellos que conciben las voces quebradas y las lágrimas en vivo como parte de la información.

Es Valparaíso y su desorden: una ciudad chascona, bohemia, latina, bella, porteña, seca, rica y pobre. Neruda lo dijo en su oda: la ciudad puerto no acaba de peinarse y no tuvo tiempo de vestirse. Lo cierto es que a Valparaíso hay que pensarlo, porque en su desorden geográfico y social colmado de contrastes cobra víctimas que no merecen tanto dolor. Evitemos que la vista sea el único privilegio de quienes pueblan las colinas.



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