Niños, niñas, dicúlpennos por la impunidad

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Esto cuéntenselo a los niños. Busquen a un niño que tengan cerca y cuéntenle este capítulo de la historia de Chile. Díganle niño, niña, en Chile, tu país, andan sueltos cuatro criminales de lesa humanidad, cuatro hombres que hace treinta años sacaron a dos profesores de un colegio como el tuyo, a vista y paciencia de otros niños y niñas de tu misma edad, disparándoles con la ayuda de un helicóptero desde el cielo, para luego sacarles la cabeza con un corvo, como si fueran animales que luego se van a comer. Díganle niño, niña, uno de esos caballeros se llama Claudio Salazar Fuentes, estaba preso desde 1992, lo trasladaron a una cárcel construida especialmente para él en los tiempos en que a las familias de esos degollados les dijeron que la justicia se iba a hacer sólo en la medida de lo posible, una cárcel con privilegios y comodidades que presos que hicieron mucho menos no tienen, y aún así ese hombre fue liberado, hoy, a poquitos días de rezar en una misa, pasando a llevar todos los acuerdos internacionales de Chile, tu país, que no permiten dejar en libertad a quien mató con tanta saña a un inocente que sólo pensaba distinto. Díganle niño, niña, ese señor en esa misa ni siquiera mostró profundo arrepentimiento; al contrario, con soberbia traspasó la responsabilidad a los hijos de sus muertos, a Manuel Guerrero, a Javiera Parada, hijos que ahora son grandes pero que antes fueron niños como tú, haciéndolos ver a ellos como los malos de la película por no perdonarlo, por tener un corazón duro. Ese hombre, niño, dijo que en sus décadas como carabinero “alguna acción realicé que produjo dolores innecesarios a las personas que debía proteger”. También le pidió a Dios, ese mismo Diosito al que tú pides, niño, antes de dormirte por las noches, que “con tu infinito poder, cambies aquellos corazones duros que, con razón o sin ella, nos detestan sin darnos cabida en la sociedad”. Lean esas frases a sus niños, a sus niñas, y pídanles disculpas: discúlpennos niños y niñas de Chile por dejarlos vivir en un país en que mentes asesinas que no se han arrepentido, que no han aportado ningún dato a la Justicia para atrapar a más socios de sus crímenes avalados por el Estado, vayan a comprar el pan en chalas y sudadera en el verano, cruzándose en las calles con las madres de sus víctimas, mirándolas con desprecio por vivir con un corazón tan duro. Discúlpanos, hijo, hija, por traerte a un país así y aún no cambiarlo, y entiende, por favor, que eso no es normal, que eso no está bien, que los nazis de cuya historia ustedes aprenden en el colegio eran iguales de endiablados que los que degollaron a los profesores acá en Chile, pero allá, en Alemania, jamás podrían tratar de “duras” a sus víctimas por no concederles el perdón, jamás podrían exigir su lugar en la sociedad como si aquí no hubiera pasado nada, jamás osarían a quedar ellos como los buenos y las familias fracturadas, destrozadas, aniquiladas por torturas sexuales que mejor ni te voy a contar, como otra vez las malas. Niño, niña, no te engañes. No te engañes cuando en la tele un programa de televisión te pregunte si hay que perdonar o no hay que perdonar, así tan a la ligera, como una encuesta para saber qué comida te gusta más, eso sólo corresponde a quienes sintieron en la madrugada a los militares sacando a patadas en la cabeza a sus madres, eso sólo corresponde a Lorena, a Viviana, a las que se quedaron sin suegro, padre, hermano y esposo en una sola noche de culetazos y disparos. Niño, niña, no le creas al diario que trata a esos hombres y mujeres, los familiares de las víctimas, como atrasados agentes de venganza. Tú sabes hijo, como dijo el Chavo, que la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. Ellos lo que quieren no es venganza, es justicia, es saber que el oficial que le metió ratones en la vagina a su hija cumpla la condena que un juez soberano dictó, aunque al oficial ya se le hayan olvidado las veces que violó, las veces que estremeció cuadras con gritos por el electroshock que activaba con un vaso de whisky en la otra mano. Pedir que paguen los que mataron no es venganza, hijo, es justicia, el más elemental acto de justicia en un mundo que se puso de acuerdo hace rato en que un crimen movido por una pasión individual no es lo mismo que uno movido por un Gobierno, por un Estado, por un Ejército que pensó, asociado, con años de estudios y millones de financiamiento, cada uno de los pasos de la destrucción de un grupo de personas, con alevosía, con indignidad, con el placer de encontrar hasta el último rincón sensible de una joven, de mujeres que fueron niñas, como tú, para hacerlo reventar.

Les pedimos disculpas, niños y niñas, por traerlos a vivir a un país que no cambia, que permite la media prescripción en los crímenes contra la humanidad, sabiendo que esos crímenes no prescriben, no se olvidan aunque pasen cinco mil años; siempre son juzgables. Disculpen por la reducción de condena de la Corte Suprema a Víctor Pinto Pérez, asesino y secuestrador de San Bernardo que se benefició de la reducción de casi la mitad de sus 35 años de cárcel gracias a la media prescripción. Les pedimos disculpas por tener presos a apenas 125 de los 1.375 procesados por delitos de lesa humanidad; por Sergio Arellano Stark, el inspirador de los asesinatos con corvos, el malhechor principal de la Caravana de la Muerte, por dejarlo morir, como país, con sólo seis años de condena por un episodio en que mató a seis personas, para luego partir a la paz de su casa, aturdido de un Alzheimer que en la realidad adoptó mucho antes, cuando decidió no decir jamás dónde mandó a desaparecer a sus ensangrentados derrotados.

Les pedimos disculpas, niños y niñas, por tenerlos en la normalidad de un país con sicarios protegidos, sicarios que usan los diarios para justificar sus barbaridades en el aniversario de un once de septiembre y que luego sacan al pizarrón a los que aún no encuentran los huesos de sus parientes para que de una vez por todas ablanden el corazón y les den el perdón, el perdón que los devuelva a casa. Discúlpennos por el llanto que a veces ha mostrado Carmen Gloria Quintana, llanto indignado después de veinte años viviendo con las marcas de las quemaduras provocadas por los sicarios del Estado, veinte años con el caso judicial cerrado, hasta que un soldado rompe un pacto de silencio y reabre verdades que, como en tantos vejámenes, siguen pasando piola.

Hijo, hija, niños y niñas de Chile, sepan el día de hoy, mientras suspiran los últimos días de 2016, mientras otro criminal pisa libre la calle, que la impunidad de un crimen contra la humanidad, esos crímenes que se nos hacen a todos mediante la aniquilación de algunos, no es algo normal. Sepan que la potestad de los criminales para lograr libertades que no corresponden es otra cosa, como tantas, que en este, su país, debemos cambiar. Juntos debemos cambiar.




5 comentarios sobre “Niños, niñas, dicúlpennos por la impunidad”


  1. Gracias por tus palabras Richard Sandoval, yo que volví del exilio con mis hijos a este país de asesinos del Estado, sueltos por la gracia de los gobiernos cobardes. A través de este artículo, le pido perdón a mis hijos y a todos los niños y niñas

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  2. SERGIO TRONCOSO CISTERNAS

    Es un muy buen relato ,hermoso y que nos permitirá MANTENER LA MEMORIA y continuar luchando POR VERDAD Y JUSTICIA. NO A LA IMPUNIDAD NI PERDON NI OLVIDO. JUICIO Y CASTIGO.

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  3. SERGIO TRONCOSO CISTERNAS

    HERMOSO RELATO, QUE NOS PERMITE MANTENER LA MEMORIA. VERDAD Y JUSTICIA NO A LA IMPUNIDAD—JUICIO Y CASTIGO NI OLVIDO NI PERDON

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