Por qué hablamos de fascismo

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Da risa y da rabia cuando algún “teórico” derechista de redes sociales aparece fustigado a reclamar que cómo se nos ocurre referirnos a grandes personajes de la “centroderecha” actual como fascistas. Que cómo usamos esa palabra tan fuerte para acusar prácticas actuales de líderes de la UDI y Evópoli, cuando las frases de estos personajes no tendrían “nada que ver con el ‘corporativismo'”, clave ideológica del fascismo de Mussolini o el nazismo de Hitler. Casi que nos tratan de ignorantes, colocando por delante del análisis crítico de barbaridades emitidas por la familia Kast o el diputado Urrutia una suerte de rigor intelectual que no equipararía la performance de la derecha actual a la de Francisco Franco en el siglo XX. Pero ya basta de aceptar así como así supuestas cátedras académicas de política; es hora de sostener con claridad el por qué son catalogables como eminentemente fascistas los actuares de ciertos personajes, más allá del manoseo de la palabra que tiene hartas a las nuevas generaciones de Chile Vamos (?)

Es hora de deja en claro que el uso del palabra fascismo, acuñada por primera vez en la Italia de Mussolini, en 1932, no tiene por qué circunscribirse estrictamente al modelo clásico del totalitarismo que mató y humilló a millones en Europa, sino que es extensible –incluso siendo leal al significado más puro del corporativismo- a diversas situaciones de la vida actual.

Porque el corporativismo –que viene de “cuerpo”- indica que la sociedad se organiza en cuerpos claramente separados y con distinciones funcionales, que en el fondo apuntan a que cada cuerpo, sea el de los trabajadores, de los estudiantes o los empresarios, se dedique a tener una vida política netamente gremial -en el entendido de pertenencia a un cuerpo- , defendiendo propios intereses, sin una visión colaborativa con el resto de los cuerpos y; lo más importante: sin entender a una nación como un proyecto común integrado.

¿No fue acaso fascista Jaime Guzmán, al liderar la elaboración de la Constitución del 80, que sigue rigiéndonos hasta hoy, convirtiéndonos en los seres más individualistas de Latinoamérica, mirando al vecino siempre como un competidor y al compañero de curso como el archirrival a vencer en la próxima prueba de medición de conocimientos?

¿No es acaso fascista el individualista acto público de la “detención ciudadana”, apoyado por amplios sectores de la sociedad y celebrada por agentes del Parlamento?

¿No es acaso fascista la detención por sospecha –solución del Congreso para la “crisis de delincuencia”-, que viola derechos humanos fundamentales para protegerme de la amenaza del otro, que por vestirse como chamakito se hace un diferente y por lo tanto una amenaza? ¿No es fascista la declaración del alcalde de Lo Barnechea, Felipe Guevara, para defender el sistema de globos de vigilancia instalados en su comuna? “Qué Derechos Humanos, si aquí hay un bien mayor que es la seguridad”, dijo.

Porque hay que recordar que el fascismo, que como ya ha quedado claro tiene un germen ideológico, siempre va acompañado de la violencia de Estado; y en última instancia, del control del Estado sobre todas las relaciones de sus ciudadanos y sobre las relaciones de los trabajadores con sus patrones.

¿No es acaso una detallada y diseñada operación de violencia la eliminación del Estado en el ámbito económico para dar paso a la dictadura del mercado?? ¡Es la propia Constitución, profundamente corporativista, la que resigna al Estado en función del libertinaje de los empresarios precisamente usando al Estado!

Una de las máximas del corporativismo es que “los representantes de los gremios son quienes asumen la actividad política en la sociedad y dictan las leyes específicas que atañen a cada sector”. Entonces, ¿No es fascista que la Sofofa y CPC digan en sendos titulares en La Tercera y El Mercurio que llegarán hasta las últimas consecuencias para frenar la reforma laboral? 35 años lleva este cuerpo separado, el de los gremios de los empresarios, elaborando las leyes que en este preciso momento nos tienen cotizando a la fuerza a sus propias AFPs, que a los 60 años nos darán pensiones equivalentes al 15% de nuestro sueldo.

¿Y nos van a venir a decir los niñitos de la fundación Jaime Guzmán que no fue fascista la marcha de los camioneros desde la Araucanía, parando las dos rutas más importantes del país, no dejando avanzar a señoras enfermas y embarazadas en el peaje, con tal de golpear la mesa y proteger sus propiedades por sobre cualquier otro elemento? Según el corporativismo, esa fue una acción profundamente corporativista, porque son los dueños del gremio los que provocan nuevas leyes y disposiciones reglamentarias, en desmedro de sus trabajadores, quienes se desmarcaron de la protesta.

El fascismo, concepto que evoluciona con los años y las circunstancias locales, fue nacionalista en Italia, racista en Alemania y aniquilador ideológico en España. Quizás una de las más notorias características del fascismo chileno, ese que viene de Chacarillas y la Escuela de Economía de la Universidad Católica, es el imperio de lo “valórico” para controlar los cuerpos mediante el propio Estado.

¿No es acaso fascismo facilitar las muertes de miles de mujeres por abortos clandestinos por proteger la dictadura moral de un cristianismo conservador? Porque hay leyes, es el Estado el que mediante prohibiciones de incluso el aborto terapéutico el que permite las masacres, con el sólo fin de proteger al mísero porcentaje que piensa como en la edad media y que no curiosamente coincide con los mismos dueños del gremio de los empresarios. ¿No es acaso fascista constreñir a las mujeres a tener un hijo de un violador, porque hay “violaciones no violentas”?

El fascismo, en su visión intelectual, “somete la razón a la voluntad y la acción”¿No es acaso fascista el llamado que hace unos meses nos hizo Felipe Kast con la frase “No pienses tanto en tus derechos, Piensa más en tus deberes”? Claro que esa frase la aplica sólo en Chile, ya que al poco tiempo se hizo el agredido en Cuba para reclamar precisamente derechos. Bueno, pero para qué hablar de Kast, un personaje que acusa mal uso de fichas de Protección Social cuando se descubre que su mamá recibe hasta hoy pensión por gracia de Pinochet, en mérito del trabajo dado por la familia Kast a la dictadura.

Tampoco hay que olvidar el carácter “fuertemente nacionalista” del fascismo “aplicando componentes victimistas o revanchistas, lo que conduce a la violencia” ¿No son entonces fascistas todas las intervenciones de Iván Moreira y Jorge Tarud a la hora de hablar de Perú o de Bolivia? ¿No es fascista la proclamación bélica del nieto de Pinochet tras el fallo de La Haya, amenazando con “si los bolivianos quieren mar que vengan a buscarlo”?
El fascismo, palabra que no es exclusividad de nadie y cuyo uso va variando según lo permiten las mismas disposiciones del habla y de la lengua, es hoy en Chile una realidad que mata y que golpea. Y acusar a sus expositores, por más que se vistan de liberales, será siempre un derecho de los demócratas, que lo único que queremos es que nunca más asonadas golpistas y autoritarias vuelvan a hacer de la violencia y la sumisión de la razón la oficialidad de Chile.




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