¿Qué culpa tiene la RAE? Servel: ignorantes y leguleyos

por Gustavo González

Sobre Gustavo González

Por Gustavo González Rodríguez
Ex Director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile

La decisión del Servicio Electoral de objetar la inscripción como partido político de Revolución Democrática es una leguleyada desde el punto de vista constitucional y una muestra de ignorancia en términos de lenguaje. Agréguense las suspicacias que despierta este dictamen de un organismo encabezado por un ex vicepresidente de la Democracia Cristiana, que tal vez vislumbra al partido de Giorgio Jackson como un potencial competidor en las urnas, como advierten algunos usuarios de redes sociales.

En un período en que crece exponencialmente el descrédito de la política por la corrupción, los viajes de parlamentarios, los blindajes proselitistas y los desaciertos en las relaciones internacionales, el organismo garante de la transparencia en el ejercicio del derecho a sufragio –base del sistema representativo– actúa con una falta de criterio que ratifica la crisis de las instituciones.

Dicho en lenguaje coloquial, Patricio Santamaría, el director del Servel, quiere “sacarse los pillos” endosándole la antidemocrática decisión a la Constitución de 1980 y a la Ley de Partidos de la dictadura, por una parte, y por otra al diccionario de la Real Academia Española (RAE).

Lo extraño es que las citas que ha hecho Santamaría del texto constitucional y de la ley no remiten literalmente a la palabra “revolución”, sino a la supuesta prohibición legal de que existan partidos contrarios “al orden público y la paz social”. Entonces, el ejercicio de interpretación hecho por el Servel para escarbar en la RAE las connotaciones de “revolución” termina siendo un procedimiento espurio que avala la persistencia de enclaves autoritarios heredados del pinochetismo.

Hay una cuestión de criterio. Santamaría y el resto de los directores del Servel estaría viendo en la trayectoria de RD y en su proyección futura un proyecto insurgente, con base en algunas de las varias acepciones de la denostada palabra “revolución”. Pero despojándose de esa liviandad habría que profundizar en qué entendían Jaime Guzmán y demás constitucionalistas dictatoriales como “orden público y paz social”, cuando en estos mismos días el relator especial de Naciones Unidas sobre libertad de reunión pacífica y asociación, Maina Kiai, llama a terminar en este ámbito con los “vestigios de la dictadura”.

El presidente del Servel ha dicho que el dictamen busca “cuidar las instituciones”, añadiendo, en una especie de autoinculpación que “son las personas las que desprestigian las instituciones”. Cierto, su dictamen contra RD le hace un flaco favor al Servel, en tanto demuestra un celo exagerado por la forma en términos de lenguaje y un desconocimiento irresponsable de la realidad política.

En un acto de “ponerse el parche antes de la herida”, Santamaría dio a entender que no desea que el Servel sea llevado a los tribunales por una errónea interpretación de la legislación heredada de la dictadura. ¿Por qué ese temor? ¿Da por descontado que el Tribunal Constitucional o el Poder Judicial tienen su mismo celo lingüístico y que son también devotos incondicionales de la RAE?

Pero nada más contrario al espíritu de la Real Academia que considerarla una vestal dogmática e intransigente dedicada exclusivamente al cuidado del léxico, descuidando la semántica. Uno de los méritos de la RAE, que enriquece cotidianamente el español o castellano, es precisamente su capacidad para asumir las evoluciones o innovaciones del lenguaje, como un producto cultural y social. Por eso, la Real Academia modifica cada dos o tres años su diccionario, incorporando vocablos académicos o coloquiales, términos nacionales o regionales e incluso acepciones para una palabra.

En su sitio web, la RAE difunde actualmente el diccionario de 2012, a la espera de la publicación del diccionario de 2014. Para darle el beneficio de la duda al Servel, veamos lo que dice la edición 2012:

revolución. (Del lat. revolutĭo, -ōnis). 1. f. Acción y efecto de revolver o revolverse. 2. f. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. 3. f. Inquietud, alboroto, sedición. 4. f. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa. 5. f. Astr. Movimiento de un astro a lo largo de una órbita completa. 6. f. Geom. Rotación de una figura alrededor de un eje, que configura un sólido o una superficie. 7. f. Mec. Giro o vuelta que da una pieza sobre su eje.”

El directorio del Servel se aferró a las acepciones 2 y 3. ¿Por qué no a la número 4, que reflejaría más cabalmente el proyecto político de Revolución Democrática?

Hay que apuntar también que en sus ejercicios de actualización la RAE va simplificando definiciones y acepciones. Por ejemplo, en la edición impresa de su diccionario de 1984, figura como acepción número 5 de revolución “Mudanza o nueva forma en el estado o gobierno de las cosas”, una definición bastante acertada en un lenguaje actual, donde lo revolucionario dejó de ser hace tiempo una referencia exclusiva a la insurrección.

En síntesis, otro traspié en la errática política chilena, con el agravante de que el Servel está abriendo una caja de Pandora al establecer un precedente que, por la vía de la chapucería lingüística, podría afectar a otras organizaciones contrarias al orden público y la paz social que nos legó la dictadura.




1 comentario sobre “¿Qué culpa tiene la RAE? Servel: ignorantes y leguleyos”


  1. Claudio Iturra

    Con efecto retroactivo habría que prohibir el término “Revolución en Libertad” que predicaba la Democracia Cristiana en los 60.
    Esta es otra demostración, por el absurdo, de lo necesario que es que Chile tenga una Constitución democrática, para poner fin a los persistentes efectos del fascismo

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