Que se sequen en la cárcel

por Javier Gallegos Gambino

Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

 

Por estos días pareciera ser indiscutible la idea de que los delincuentes merecen un castigo apropiado para que de una vez por todas aprendan a comportarse y dejen de hacerle daño a nuestra comunidad. Recientemente fuimos testigos de las impactantes escenas de la batalla campal entre hinchas que se tomaron la cancha del Estadio Elías Figueroa de Playa Ancha, justo antes de que comenzara la última fecha del campeonato entre Santiago Wanderers y Colo Colo. Los expertos no dudaron ni un segundo en elevar el estatus de la situación a un estado de catástrofe, calificándola como una vergüenza a nivel mundial, como un reflejo impropio del país desarrollado que se supone que somos.

Las respuestas de manual, a las que ya estamos habituados en redes sociales, no tardaron en aparecer: Son todos unos monos, delincuentes, indios, antisociales, indigentes, ordinarios, flaites, pungas; que hasta cuándo se siguen reproduciendo, que los metan a todos a la cárcel; que ojalá los maten; que cómo es posible que esas personas voten; que hasta cuándo el gobierno va a ser tan inútil; que da lo mismo lo que hagan porque gracias a la puerta giratoria van a salir al otro día a la calle. Que basta, que ya es demasiado. Que alguien haga algo.

Pareciera ser que la sociedad chilena –o al menos aquella porción que se manifiesta con todo el rigor de la ley en redes sociales– aún no ha logrado siquiera dimensionar qué es lo que significa que dos grupos humanos (principalmente compuestos por jóvenes) arriesguen irracionalmente sus vidas para enfrentarse en una pelea que pareciera no tener justificación alguna. Se quedan, cual espectador disfrutando (o repudiando) una película o una obra de teatro, observando lo que está a su disposición en el escenario: no existen cuestionamientos o críticas al guión, ni a la puesta en escena, ni a los criterios de montaje y dirección. Se mira, se critica y se condena sólo lo que se ve superficialmente.

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El aplauso o la pifia, entonces, viene acompañado de un certero y categórico: “A estos delincuentes de mierda, hay que meterlos todos a la cárcel”. Fin de la función. El deseo de castigo, que a todas luces está más presente que cualquier otro amable anhelo, como el de verdadera justicia, igualdad y paz social, ha inundado el sentido común de la sociedad chilena, que exige a las autoridades respuestas inmediatas y eficaces, contra la amenaza de aquellos que representan lo que menos queremos: marginalidad y falta de educación. Precisamente las cuestiones que están presentes día a día en la población o en la periferia y que explican el contexto en que se debe sobrevivir cuando se es pobre en este país.

Un día como hoy, hace 5 años, ese deseo de castigo se hizo realidad. 81 personas murieron en el incendio de la Cárcel de San Miguel, en una de las masacres más grandes de las que nuestra historia ha sido testigo. 81 personas que fueron condenadas a pena de muerte, sin distinguir la naturaleza de los delitos que habían cometido ni importar que estuviese derogada desde 2002. Simplemente los mandaron a morir.

La dolorosa partida de los 81 es fiel reflejo de un sistema penitenciario que está en crisis. Un sistema que está abandonado a la suerte de una autoridad administrativa precarizada como Gendarmería, que pocas herramientas tiene para responder por una adecuada y racional ejecución penal de los condenados, lo que ha dado amplio margen a sistemáticas arbitrariedades y serias violaciones a los derechos humanos de la población penal de su parte. Un sistema que es absolutamente ineficaz, con una oferta educativa, laboral y psicológica que sólo alcanza para un mínimo porcentaje de los internos; dejando al resto de lado, con la obligación de soportar las consecuencias del hacinamiento, las escasas condiciones de higiene, y el restringido acceso a la salud de los recintos penitenciarios en general.

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Un incendio que pudo haberse evitado, o al menos haber sido controlado a tiempo, si es que los aparatos del Estado hubieran estado (y estuvieran, al día de hoy) realmente comprometidos en la construcción de un sistema penitenciario racional y justo. Pero pudo haberse evitado también, si es que como sociedad hubiéramos podido comprender que el problema de la delincuencia no se soluciona con un irracional deseo de castigo, con una necesidad enfermiza de “meterlos todos a la cárcel”, sino entendiendo que hay cuestiones –que no vemos- tras la puesta de escena –que nos muestran- que son a las que debemos apuntar para lograr combatir de manera efectiva la sensación de inseguridad: un sistema económico depredador, que beneficia a unos pocos en perjuicio de otros muchos, que inunda todos los aspectos de la vida en sociedad, como lo son la educación, la salud y la vivienda, y que excluye precisamente a quienes carecen de todos o alguno de esos tres elementos.

Mientras no estemos conscientes de aquello, vamos a seguir siendo meros espectadores de las cuestiones que pasan ante nuestros ojos; vamos a seguir fomentando el deseo de castigo; vamos a seguir queriendo que se sequen en la cárcel.




2 comentarios sobre “Que se sequen en la cárcel”


  1. yo pienso k este sistema patriarcal y tan arbitrario para el pueblo y para los jovenes donde no se tiene un derecho real a la educacion los jovenes siente una gran desesperanza y hacen opciones k no son buenas y los llevan a delinquie cayendo en manos del sistema carcelario arcaico y donde no se respetan los derechos humanos donde no se le brinda una real capacitacion laboral para la rreincercion donde el gobierno no se hace cargo de esto y para ellos todos estas muertes no significaron nada los criminales deben pagar los crimenes k cometieron no abriendo las puertas para k ellos salieran castigo para ellos k la justicia haga su trabajo real con ellos

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