Que vuelvan los curas de antaño

por Martin Espinoza C

Sobre Martin Espinoza C

Por Martín Espinoza C

 

Aquí se tortura. Eso rezaba el lienzo que, desplegado a las afueras de un centro de detención de la CNI, sujetaban las manos de Pepe Aldunate y medio centenar de personas que lo acompañaban sin miedo a la represión. Era 1985 y el padre, como tantos otros, arriesgaba su vida en pos del fin de la dictadura y sus siniestras políticas.

Cómo no mirar con melancolía esa Iglesia pobre y para los pobres, cómo evitar las nostalgias al recordar escenas de lucha y sacrificio que protagonizaron los miembros de una Iglesia que hoy es mandatada por curas ricos y mal intencionados. Cómo no extrañar a esos sacerdotes que abrazaron un voto de pobreza que les llevó a potenciar una Iglesia cuya misión era la liberación de los pobres y oprimidos y condenados a una represión injusta. Cómo no justificar el sollozo que significa el hecho de que un grupo acotado de sacerdotes conservadores, hayan desechado tamaño esfuerzo dándole la espalda a ese Chile moreno, para codearse con las impúdicas élites que hoy contaminan el país haciendo de todo un negocio.

Porque la Iglesia Católica durante la dictadura fue una Iglesia que prestó su voz a un pueblo pisoteado y silente bajo presión, fue una Iglesia que veló por una economía al servicio del hombre y no al revés, fue una Iglesia que defendió la verdad y la justicia, a pesar de lo paradójico que suene afirmar eso hoy. Es paradójico porque la jerarquía eclesiástica vigente, hace ya varios años que se raptó a esa Iglesia. Porque los acontecimientos revelan una grave falta a la misión pastoral de los obispos, porque rehuyen de la verdad y de la justicia, encubriendo violaciones, manipulando las decisiones que definen los caminos del país, tergiversando realidades, censurando a los verdaderos pastores, acallando cualquier voz que amenace sus privilegios y abusando de la confianza que aún le entregan los cientos de miles que todavía rezan.

Es esa Iglesia que se ha enquistado en todas las esferas de la sociedad y que, cual tumor, ha contaminado con sus pretensiones ensimismadas y egoístas el progreso de un país que ya no comulga con sus principios fríos y calculadores.

Son los Medina, los Errázuriz, los Ezzati y los Karadima los que aún no han oído los gritos que vociferan. Y el capitalismo del cual maman es un sistema económico que contradice los principios fundamentales de la doctrina social. Son ellos mismos que usan a Dios para sacralizar sus intereses superfluos y frívolos. Son dos Iglesias. Son dos Dioses.

Corría el año 1965, terminaba tras cuatro años de reflexión y debate, el Concilio Vaticano II. Fue un 16 de noviembre cuando, a 22 días de su término, cuarenta obispos se reunieron para firmar el Pacto de las Catacumbas. En él se reafirman las intenciones de hacer una Iglesia para los pobres, exenta de lujos, riquezas y poder. “Renunciamos para siempre a las riquezas, ya sea real o aparente, especialmente en el vestir y en símbolos de metales preciosos: ni oro, ni plata” afirmaron, “Renunciamos a que nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder, preferimos ser llamados con el nombre evangélico de padre” consignaron.

Cómo no preguntarse cómo fue que terminamos en esto. Cómo no arder de impotencia al reparar en la hipocresía e inconsecuencia de las cabezas de esta Iglesia para ricos. Son los abusadores de poder, los curas fascistas, los hijos de Juan Pablo II, los que han ovacionado de pie una teología de la prosperidad y de la propiedad privada, desvinculada del ordenamiento de la riqueza en función real del bien común.

Basta de levantar banderas falsas, el cristianismo se juzga por conductas, no por palabras o intensiones. Basta de apuntar con el dedo a homosexuales cuando en sus filas está lleno de ellos. Basta de eslóganes vacíos en favor de la vida, cuando en la dictadura no fueron los curas que detuvieron el ingreso de los militares en las poblaciones. Basta de persecuciones a los curas que renunciaron a las bondades de la alta burguesía para construir parroquias políticas y comulgar con los pobres.

Queremos teólogos pensantes, curas de población con los ojos abiertos en el Chile latinoamericano y subdesarrollado. Curas que, siguiendo al pie de la letra mucha de las prédicas de Jesús, viven en la consecuencia y en la tolerancia de la mano de un pueblo duramente vejado. Si una Iglesia Católica tiene que existir, que sea esa. Que vuelvan los curas de antaño.

 

Escucha aquí nuestro programa de hoy, con la reveladora y sentida entrevista a Juan Carlos Cruz, demandante de Fernando Karadima:



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