Repudio a la paz, un concepto sobrevalorado en las movilizaciones 2011

por noesnalaferia

Sobre noesnalaferia

Tras la finalización de cada marcha nacional por la educación, el festival de declaraciones analizando el comportamiento de los ciudadanos, casi clínicamente, tratando de poner etiquetas a cada uno de los movimientos de las masas movilizadas, es el mayor síntoma de una enfermedad arraigada en la raíz de la sociedad chilena posdictadura: la sumisión.

Esta idea naturalizada por los medios y por la psiquis colectiva, que consiste en aceptar como obvio el permanente control de la autoridad sobre el comportamiento social, casi a modo de GPS, alcanzan para comprender la condena diabólica que se hace ante quien ose utilizar la violencia como método de expresión de descontento social.

 Entonces, como está naturalizada la idea de ser entes en custodia de las autoridades, que funcionan como “señores de la querencia”, no hay lugar para una reflexión más profunda en torno al por qué de la violencia, quedándose en una aceptación casi infantil del concepto de la paz.

La paz, en esta sociedad regida por un esquema dictatorial, es equivalente a la sumisión. Se está en paz mientras no haya lucha. Y si existe la lucha, esta se rige por una moral hegemónica hippie, que alaba la creatividad artística, y condena la desobediencia civil.

Y la noción del ciudadano como huacho gobernado por un padrastro cruel, se da en todo orden de dirigencias. Cuando se exige que los convocantes a las marchas (Camila Vallejo, Jaime Gajardo) asuman la responsabilidad de los destrozos, se quiere decir que se vive en el país que comprende la acción autónoma sólo como reacción a una orden.

La prensa en tanto, dedica la primera media hora de sus noticieros centrales a dejar en claro la paz institucional que debe seguir una sociedad para seguir un curso moral de bien. La sublevación, simbolizada por las piedras y el fuego, son el mal. Es decir, desde el punto de vista valórico-autoritario, no existen muchas diferencias entre la campaña del Sí y la cobertura de los medios a “la violencia” en el contexto de las rebeliones sociales.

La ignorancia y el nulo análisis son el complemento perfecto para la difusión de esta moral hegemónica, sumamente ideológica, que se expresa a rabiar a las 21 horas de cada día de paro nacional.

En la historia de Chile no existe ninguna rebelión social que haya producido cambios significativos en el curso de la política, que no se haya desarrollado junto a la acción de la desobediencia civil. El enfrentamiento a la policía, representantes del poder de fuego del sistema regente, es incluso fundamental para ejercer la presión que decanta la tensión social.

La televisión, en tanto, se dedica a hacer culto a la cultura de la individualización. Todo lo que implique problema y conflicto, se resuelve por la vía del individuo. En esa lógica, la violencia es mala en tanto afecte un bien de un sujeto, en tanto disminuya las ventas del restaurant de otro sujeto, o en tanto alargue el tiempo de viaje de un ciudadano que va en el Transantiago.

Por todo esto, la paz, como concepto funcional a la política del statu quo, está mucho más que sobre valorada.

Tanto que se dedica la elite chilena a admirar al primer mundo para ser pronto como ellos. Y tanto que desconoce el poder efectivo de sus ciudadanías, que ante cada problema de envergadura, utiliza todos los elementos con que cuente, siendo la “violencia” un arma fundamental para su expresión. Basta con mirar hoy la prensa inglesa o griega, colmada de fotos envueltas en fuego.

“Capucha” en Londres


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