Repudio a la Violencia contra las Mujeres: Hoy miércoles 25 TODXS A MARCHAR

por Rocío Venegas Alcaíno

Sobre Rocío Venegas Alcaíno

Por Rocío Venegas Alcaíno

“San Antonio: Hombre mató a su mujer a balazos” fue el primer titular que leí el pasado domingo 22 de noviembre. Era difícil encontrar su nombre: María Olguín Barraza, de 30 años. En gran parte de las noticias que daban cuenta del crimen, la nombraban después de nombrar a su asesino. Otras la omitían. María fue el femicidio número 51 de este año, según constata la Red Chilena contra La Violencia hacia las Mujeres. Pero los medios de comunicación preferían aclarar que los disparos comenzaron tras una “fuerte discusión”; porque claro, ninguna mujer es una blanca paloma, porque si el hombre mató a SU mujer, como indica el titular, alguna razón habrá tenido.

Siempre va a ser más fácil quedarse con el morbo del balazo, de la crónica roja o el mal llamado “crimen pasional”, que prestarle atención a los femicidios -manifestación más extrema de la violencia hacia las mujeres- como lo que es: un problema social.

Un par de horas después de enterarme de esa terrible noticia, una amiga me contó sin saber mucho qué hacer, que una chica se había contactado con ella para pedirle ayuda: en un carrete, una de sus compañeras había despertado desnuda con un tipo manoseándola, a punto de violarla. Logró impedirlo. Ahora está en el proceso de entender que nada fue por su culpa, que puede y que debe denunciarlo. Pero por sobre todo tiene miedo, porque a nosotras, desde siempre nos han enseñado a no ser violadas, pero a los hombres nunca les han enseñado a no violar.

Más tarde, una amiga escribió por un grupo de Whatsapp que, a pasos de llegar a su casa, había recibido un fuerte agarrón. Tras paralizarse unos segundos, salió persiguiendo al hombre que la agredió. Lo encaró y le pegó un combo con todas sus fuerzas. Como respuesta obtuvo un “¿¡QUÉ TE PASA, MARACA CULIÁ!?”, porque en su cabeza, probablemente era ella la que estaba atentando contra su derecho a ser hombre, de esos hombres que por imitación aprenden que pueden violentar a cualquier mujer que se les cruce. Porque puede, porque es hombre. Luego, el tipo se fue corriendo y mi amiga quedó llorando de rabia e impotencia. Recién hace un par de años sabemos que ese agarrón tiene nombre: Acoso Callejero. Y el que mi amiga sufrió, es una de las manifestaciones más graves.

Ese fue mi domingo. Estuve todo el día encerrada en mi casa y sin buscarlo, saltaron a mí estos tres ejemplos de que la violencia machista sí existe y está presente en la vida de todas las mujeres. Es un continuo, que parte con los cuentos, con las películas y las publicidades en donde todas podemos ser princesas, pero nunca heroínas. Ese continuo se afirma con fuerza en nuestras vidas cada vez que alguien te explica el golpe de un niño con un “si te quiere te aporrea”. Y así el salto es rápido: podemos llegar al acoso en todos los espacios (laboral, callejero, universitario, familiar), a las violaciones y a los femicidios.

Todo eso me da infinita rabia. Y tengo la patudez de hablar en primera persona, pero se me puso la piel de gallina cuando me pregunté cuántas mujeres estaban viviendo o compartiendo vivencias así en ese momento. O ahora, y probablemente mañana si se sigue naturalizando. Porque lo terrible es que es normal. Se nos aparece en la música, en la publicidad, en los titulares de los diarios, en nuestros cuerpos, camas, nuestros sueldos más bajos, nuestras pensiones menores y en todos lados. Nadie puede pasar por este mundo sin conocer a una mujer que haya sido violentada en algún plano.

Y por eso no podemos conformarnos simplemente con mirarnos el ombligo, solamente porque quizás “a mí” no me ha tocado vivir -todavía- la violencia más extrema del machismo. Porque en cualquier momento podemos tener al Estado encima, diciéndonos “mala suerte, si el condón se rompió hay que apechugar con la guagua”.

Y porque en esta columna no caben todas las razones que enfrentamos en nuestra vida cotidiana para tener rabia, hoy 25 de noviembre hay que salir a manifestarse.

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