Soy periférico y la cultura de clase, por Patricia Espinosa

por Patricia Espinosa

Sobre Patricia Espinosa

Soy periférico de Richard Sandoval es un volumen intenso. Es lo primero que veo en esta escritura. La intensidad de la rabia, la desobediencia, pero al mismo tiempo la presencia del entusiasmo y la cercanía con lo narrado. Richard Sandoval escribe sobre una realidad que conoce no solo como testigo, como suele ocurrir con los cronistas de Chile, sino desde su profundidad, y lo hace desde las vísceras, desplegando una mirada cómplice y cercana con cada uno de los seres humanos que cruzan sus narraciones. Estamos en el terreno de la no ficción, ese difícil y complejo género que en nuestro país se ha convertido en un territorio de clase, moralista y ejemplificador, a ratos incluso hipster, el cual iguala todo bajo ese manto de asombro alienante donde las contradicciones de clases desaparecen. Pero aquí, no, aquí la clase, esa que se intenta invisibilizar bajo el manto de una igualdad clasemediera híper extendida y hermanada por el acceso al consumo, la clase aquí, ocupa todos los niveles del texto.

Soy periférico es un reclamo de otredad, es un reclamo de una identidad cultural que afirma su diferencia y con ello, su dignidad. La crónica está teniendo en Chile hoy, como función principal, la exposición de las pequeñas desdichas del ser burgués, su mirada estetizante, de turista, amargado o extático, refugiado en el lugar común de la externalidad y la objetividad, desde un ojo higienizante y culpabilizador. Richard Sandoval tiene plena conciencia de escribir desde otra subjetividad, desde la parcialidad de una mirada que no sanciona a sus pares, pero que sí sabe identificar al enemigo: así convoca y arma una comunidad. Su escritura se acerca a la narrativa realista-social orientada a mostrarnos las desdichas de la pobreza, específicamente el conventillo, desde una mirada épica y trágica. Sandoval se liga a esta tradición, pero la transgrede, desde la post-utopía, al proponer una mirada aguzada, desde y hacia lo menor, sin intenciones épicas, por lo mismo, interviniendo la tragedia, dando lugar a un punto de vista muchas veces irónico pero siempre cómplice. Insisto en la complicidad, desde adentro, donde se da cuenta de un otro que es el mismo, evitando con ello el juicio pintoresco y proteccionista sobre la clase popular.

Cada uno de los 31 relatos que componen este libro, produce un acortamiento de la distancia entre el sujeto que enuncia y lo enunciado, enfatizando la veracidad de lo narrado al mismo tiempo que aproximando la escritura a una suerte de testimonio comprometido con la realidad y el otro. Es importante remarcar la palabra compromiso, un concepto que los escritores nacionales ignoran, porque ser escritor en Chile hoy es haberse entregado no solo al mercado, sino a todas las prácticas de creación y de vida que impone el capital y sus posmodernidades. No hay nada más posmoderno que eludir el compromiso, promover el individualismo, el desencanto y tachar todas esas profundas fracturas y violencias que estructuran finalmente lo social.

Mediante el uso de recursos generalmente aplicables a la ficción, se construye una voz, un narrador, un contexto, personajes o sujetos, una temporalidad, un territorio articulados como comunidad. Se trata de la comunidad de los marginados sociales, aquellos diezmados por el aparato político, invisibilizados por su condición de clase y eternamente condenados a la explotación. Desde la mirada que el libro instala, el sujeto trabajador, que se reitera, aún cuando ni su tiempo ni su cuerpo le pertenecen durante esas largas y mal pagadas jornadas laborales, posee o es el dueño absoluto de un excedente. Este excedente es una de las formas de confrontar el abuso, la expoliación histórica de la que son víctimas o es víctima el sujeto popular o sujeto que habita las poblaciones, la periferia de Santiago; un individuo que intenta sobreponerse a la represión, generando tácticas de resistencia. Estas, se materializan en un conjunto de diversas modulaciones, tales como gestos, costumbres, formas de sobrevivencia, de convivencia, de goce expuestos a través de siete secciones que cubren el periodo 2010-2014: “Todos somos señora”, “Mercadería popular”, “Fotografías, Ritos callejeros”, “Resistencia, Vuelen alto y Mi padre”. En cada una de estas secciones, surge una figura que protagoniza el relato y que se desvía de una norma, de un destino que lo expulsa. Emerge así, la dueña de casa que juega en el tragamonedas, el gay pobre, el adolescente poblacional que obtiene un alto puntaje en la PSU simbolizando “la victoria de los humildes” (27) o la mujer que se gana la vida vendiendo sopaipillas. Sandoval se pone en el lugar de ese otro, comprende sus actos, sus desacatos como subversiones a un orden mayor y reconstruye la memoria de una derrota ambigua. Porque el habitante de la periferia, consciente de su posición, consigue resistir a través de una estética del habitar desde y en la precariedad.

portada

Uno de los aspectos más importantes de estas crónicas es el lugar desde dónde habla el autor. Se trata de la periferia, el borde donde habitan los seres castigados por el sistema de clases y de castas que rige en Chile. Asumir la pertenencia a la periferia, desde un punto de vista no abajista, es un riesgo en esta desclasada sociedad donde se impone el criterio aspiracional al mismo tiempo que se lo cuestiona desde las elites. Porque son ellas, las elites, las que imponen al mundo popular el olvido de su pertenencia de clase bajo la falsa utopía de un consumo que lo redimiría del origen, para luego hacerle caer a ese mismo sujeto popular desnaturalizado, todo el peso de la distinción, que no es más que la distancia nunca superable por el aspiracional, el nuevo rico: podrás comprarlo todo, pero nunca serás como nosotros. De esta forma, la posición autorial es tremendamente importante de considerar, porque Sandoval se aleja de la tonalidad burguesa y arremete con una palabra consciente de su clase, una clase donde habita la memoria individual y colectiva en tanto dispositivo de subversión, construyendo historias, recuperando fragmentos de vida que emancipan al sujeto, que se niega a ser domesticado, despojado de toda intimidad y subsumido en el flujo de lo igual.

Soy periférico es un libro sobre el arte de la sobrevivencia de clase que, en lo medular, se refiere a oficios, consumos-costumbres-placeres, ritos callejeros, dolores, y al mismo tiempo la resistencia del mundo popular. Es así como por estas páginas circulan más bien vidas, no personajes ni estampas, sino seres que cargan una biografía y que ven el modo de sortear la precariedad material a través de oficios como vender productos Avon o películas piratas. Individuos que también buscan el pequeño placer, a través del consumo de galletas Fruna, disfrute del sound, el uso del fotolog, las teleseries o el champú Ballerina. Sandoval enumera, describe y realiza un inventario de objetos, elementos, costumbres que el sujeto utiliza en pos del placer, del goce desde y en la fractura económica.

“Ser periférico en Santiago –y obviamente en todas las grandes urbes de Chile y el mundo– es una pertenencia a un club inconsciente, cuyos millones de miembros anónimos se mueven sabiendo a todo minuto de dónde vienen y hacia dónde tienen que volver” (81) nos dice Richard Sandoval, agregando posteriormente que: “Espacio-tiempo y las distancias serán el designio que guiará el desplante por el resto de la ciudad de quien reside en las afueras de la circunvalación Américo Vespucio” (ibid). Lo anterior implica la construcción de una identidad que va más allá de la territorialidad nacional y que se vincula con la posición social del individuo. Me parece importante que para Sandoval los periféricos constituyan una comunidad virtual de sujetos con un origen claro, determinante para sus vidas. Quiero destacar el siguiente segmento, hacia el final del volumen, porque me parece clave en la constitución de la poética que convoca esta escritura: “El ir y volver de un periférico es una seguidilla de batallas libertarias, las que te presentan todo tipo de escollos antes de poder pararte de igual a igual con un no periférico, en todo orden de cosas. Lo luminoso de esto es que tantas aventuras convierten las cicatrices y bellezas adquiridas en la principal fortaleza para repetir otra vez lo que ya repitieron Arturo Vidal, Alexis Sánchez, Carlos Tévez o Juan Román Riquelme: el triunfo inexorable de la calle, cimentado por generaciones y generaciones de lucha. Con amor para: maipucinos, puentealtinos, floridanos, pudahuelinos, peñalolinos, sanbernardinos, quilicuranos, pintaninos y todos los periféricos del mundo uníos. Venceremos” (84).

Por todo esto, Soy Periférico es un golpe a la memoria, entendida como un habitáculo donde conviven imágenes, palabras, sonidos, aromas y sensaciones. La memoria se nos presenta, así, como el lugar del relato, un territorio sinuoso ante el cual queremos escapar pero también recuperar aunque sea a través de un registro fragmentario de nuestras formas de ser y habitar. En otras palabras, veo este libro como un archivo de vidas tensionadas por formas de resistencias múltiples en un contexto de violenta invisibilización.

Richard Sandoval instala una táctica estético-política, por supuesto, contracultural, consciente del margen del lugar descentrado que ocupa y de las prácticas de sobrevivencia. Además, hace un llamamiento, nos habla de una cruzada de los periféricos, de una confrontación con los no periféricos, de una misión, de cuerpos y cicatrices “luminosas”. Me gusta esta forma en que Sandoval remite al cuerpo del habitante de la periferia, intervenido por la belleza de la herida, de la calle. Finalmente, ese “venceremos” sin exclamativos, que cierra el segmento, la cita a la utopía de la revolución, del triunfo del habitante del margen que habita como símbolo de resistencia libertaria, cada una de las páginas de este intenso y necesario libro de Richard Sandoval.




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