Todos somos la olla raspada por Penta

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

La forma de vida creada por el gueto genético, cultural e intelectual de la derecha chilena, esa forma que nos metió el pico en el ojo haciéndonos creer que nuestra esperanza de vida dependía de nuestra capacidad de convertirnos en emprendedores, esa que nos metió en la cabeza y el corazón que nuestra felicidad iba a depender de la capacidad de consumo, de la chance de jugar con la última consola o de pagar un almuerzo en un patio de comidas; se valió durante más un cuarto de siglo de un sistema electoral y una estructura de financiamiento de campañas que se configuraron como la simbiosis perfecta para que los empresarios gobernaran, a través del Parlamento, echados desde sus sacos de billetes acumulados en Sanhattan, Gobernar sin estar a un metro de las verdaderas necesidades y sensibilidades del pueblo; sin estar siquiera en La Moneda, ni teniendo mayoría en el Congreso.

Es la derecha del Viva el Cambio, que amparada en el tránsito jurídico hacia la democracia definido por Pinochet y asentido por la Concertación, se dio el gusto de hacer creer al sentido común de Chile que representaba al 50% de la población, mediante míseras prebendas que se hicieron pasar como políticas de Estado, tales como el regalo de calendarios, lentes ópticos para las ancianas del barrio, fotos con caritas lindas de apellido alemán, o jingles mediocres con mensajes de fantasía tipo Te toca a ti, o Súmate, sumate, súmate, súmate. Y nos hicieron idiotas, mediante miles de millones de pesos en aportes reservados, que luego se constituyeron en poder legislativo de los grupos económicos, manifestados en constante devolución de favores, en “gratitud para toda la vida”.

Así, por ejemplo, institutos de pensamiento como Libertad y Desarrollo se constituyen en la mera excusa argumental para parlamentarios que luego se opondrán a la elevación de impuestos acusando caída del empleo y amenazando con la profundización de una desaceleración que parece un cruel chiste al lado de noticias que afirman que el patrimonio total de los 1.645 milmillonarios del planeta que computa la revista Forbes subió en 2014 a US$ 6,4 billones, cantidad equivalente a la suma del PIB de Italia, Rusia e India. De esos afortunados, doce son chilenos, muchos de ellos aportadores reservados no sólo de la UDI.

Toda la construcción de un Chile de derecha, arribista, de apariencias y competencias por quién tiene el púdul más chico, por sentirme más que el otro al preguntar qué estudiaste y de qué colegio saliste, es el fruto de la combinación de resquicios salidos de la cosmovisión fascista de Jaime Guzmán, quien cimentó las bases de un país que haría insólitamente a la UDI el partido político más grande de Chile, cuando sus capas dirigentes no han dejado de representar sólo al 10% de viejos pinochetistas que sigue creyendo que el tirano salvó al país, más sus nietos que sostienen que el dictador estuvo mal en los derechos humanos pero bien en lo económico. En tanto, de la mano del poder de su bancada, el partido cooptó juntas de vecinos y clubes deportivos, llevando a los cuerpos intermedios una forma de vida “despolitizada”.

Ese Chile hecho a la fuerza para que la UDI controle nuestras vidas, para que intente frenar la entrega de la Píldora del Día Después (2007), la Ley de Divorcio (2001), el fin del Binominal (2015), es el que se derrumba ante los ojos del mundo de la mano del sorpresivo umbral en que se ha convertido el caso Penta, pinchazo natural de una patria levantada en una burbuja que tarde o temprano tendría que reventar. Y reventó: en menos de cuatro meses los dos brazos empresariales más visibles del partido -ese que desde una organización doctrinaria ha extendido a millones los valores del Opus Dei practicado por un puñado de millonarios-, son investigados para próximamente pagar con cárcel. Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, dueños de un patrimonio de 30 mil millones de dólares mediante su participación en Previsión, seguros, finanzas, educación, salud, e industria inmobiliaria, pagarán primero por ajusticiamiento moral y después tras las rejas –si el trabajo del fiscal Gajardo no es acribillado por la justicia de clases- el saqueo al Estado realizado por sus padres políticos –Jovino Novoa, Ernesto Silva Bafalluy, José Piñera, José Yuraszeck-, el financiamiento de las campañas de idiotización de la ciudadanía –Ena Von Baer sobre un caballo o Iván Moreira en forma de leales y consecuentes llaveros-, y el empate eterno de un sistema político que lleva dos décadas impidiendo cambios, lo que deja como consecuencia muertes de adolescentes pobres que abortan clandestinamente, padecimientos de familias enteras que agonizan esperando hora en la salud pública menoscaba en beneficio del enriquecimiento de la privada, y endeudamiento descarado a estudiantes que si no firman pagarés están condenados a no cumplir sus sueños y reproducir ad eternum su condición de marginales.

Esa sensación de haber cortado el cordón umbilical entre un sistema político injusto y su espurio financiamiento es el que recorre al país tras semanas de la eterna teleserie del caso Penta. En un país preso del espectáculo, que sólo da giros si el motivo es un golpe de shock, el caso Penta –que curiosamente encuentra su punto más álgido en días en que el Congreso por fin reemplaza el sistema binominal por uno proporcional-, ha funcionado como una venda imaginaria que se nos cae de los ojos, para mostrarnos sin asco que un lote de corruptos y mercaderes de necesidades básicas ha sido el financista de la desigualdad que nos divide en todo momento –aunque no queramos asumirlo- entre Bajos de Mena y Alonso de Córdova; desigualdad tolerada bajo la cachetada constante de la idea de pertenecer a la clase media levantada por la UDI, esa clase media que como bien lo ha dicho Lita Achondo en Pituca sin Lucas, no es más que la fachada ordinaria de la misma pobreza de siempre.

Pero lo más relevante de Penta no son los correos más o correos menos enviados por personajes tan burdos para la República como Felipe Kast, sino su rol de mecanismo simbólico que gracias a la facilidad de palabra bruta de Moreira, ha graficado que nuestra dignidad como sujetos soberanos vale para los dirigentes del gremialismo un raspado de olla.

Hoy todos somos esa olla raspada, porque Penta no se convirtió en un poder fáctico por obra del espíritu santo o por la fe en Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. La fortuna de los financistas de Jovino se forjó de la mano de la dictadura, que no le preguntó a nadie si queríamos o no pasar nuestros fondos de pensiones a Lavín y Délano, quienes en 2012 vendieron en 1.510 millones de dólares la AFP Cuprum, poseedora de la jubilación de 623 mil trabajadores. Esos trabajadores, que terminarán sus vidas con jubilaciones que no llegarán ni a la mitad de su sueldo al momento de dejar de trabajar, son la olla; y lo son también los afiliados en las isapres Banmédica y Vida Tres, que deben pagar año tras año aumentos injustificados de sus planes de salud, y que deben aguantar arbitrarias discriminaciones por ser mujeres, mientras Carlos Eugenio Lavín -dueño de ambas empresas mediante Penta- le pide a Ernesto Silva interceder para que una ley no le ponga límites a las alzas de esos planes. El porte de la cara de raja no tiene límites. Y la humillación sufrida por todos, todos los chilenos, es de un escándalo que no alcanzamos a dimensionar.

Hoy todos somos un raspado de olla, un país de clase media que no negocia colectivamente y trabaja sin contrato, pero que ha resistido lo inimaginable para que por fin un alumbramiento de la verdad, una pica personal incontenida de Hugo Bravo –libretista de culto a estas alturas- provoque una humillación sin precedentes en el partido de Jovino, una desorientación ridícula en RN, la pasta en Evópoli, y un “ganando el quien vive” en el siempre oportunista Amplitud. Las próximas elecciones parlamentarias serán en 2017, y más allá de si la frágil memoria castiga con su voto a la derecha chilena, lo más interesante será la capacidad política que tenga el Estado para llegar a la fecha con un nuevo sistema electoral promulgado y una ley de financiamiento que obligue a Allamand y al Rojo Edwards a sacarse la máscara de payasos, a pasar del garabato a la política, y del calendario a la propuesta. Para eso, que será una necesidad para salir electos sin la ayuda del agónico Jaime (Binominal), deberán pasar de mirar a la cámara cuando dan una cuña televisiva, a mirar a las personas en la calle, a meterse en los zapatos de la flexibilidad laboral, en el baño de las viviendas sociales, y en las mochilas de estudiantes endeudados. Sólo así, obligados a conocer los dolores que azotan y mantienen con vigor al Chile profundo, podrán salir de su propia burbuja, esa interna que aún no explota y los mantiene convencidos de que impidiendo la organización sindical están haciendo el bien, esa que trata a las mujeres como si estuviéramos en la edad media y a los homosexuales como anormales. Esa que permite a Ignacio Urrutia homenajear a Pinochet. Recién ahí la fiesta de la mentira habrá terminado de acabar.




1 comentario sobre “Todos somos la olla raspada por Penta”


  1. seguirán mintiendo,la cara de raja ya la tienen es su mundo ya son así pero no por eso ay que perdonarlos ,nada de eso ya el pueblo sabe que suma una mas la derecha del tirano ,…claro que muchos de esos se an ido descolgando de ese sujeto que nos cago la vida ,pero cuando me acuerdo de eso que no pudo ser como tenia que haber sido solo me queda el placer de sentir estas noticias y de saber que yo he vivido dignamente robado por esta derecha de ladrones …..

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