Un horizonte gris

por Javier Gallegos Gambino

Sobre Javier Gallegos Gambino

¿Qué sientes cuando ves a un niño de 13 años siendo torturado por 4 personas adultas? ¿Es algo triste, indignante y racionalmente injustificable para ti? Si tu respuesta es negativa, no mereces seguir perteneciendo a esta comunidad, más o menos democrática, de seres humanos; si es positiva, sigamos avanzando: ¿Qué ves cuando un niño de 13 años está siendo torturado porque presuntamente violó a una niña de 5 años? ¿Ves lo mismo que antes? ¿O consideras que se está haciendo un acto de justicia legítimo? ¿Lo harías también si estuvieras en la misma situación? ¿Y si el niño no tuviera 13, sino fuera un adulto, mayor de 18 años? ¿Se justifica ahora? ¿Lo torturarías también, con tus propias manos? Más allá de que esta provocación pudiera considerarse inútil, pareciera ser necesario volver a cuestionarse sobre los orígenes de nuestros pensamientos y deseos más profundos, que hoy nos enfrentan a la terrible situación de soportar la pérdida de un niño en condiciones excesivamente violentas, injustificadas, enfermizas e irracionales, y, por supuesto, condenables desde cualquier punto de vista. Es en este lugar donde no deben ni pueden existir matices, porque si los hay, la derrota como especie humana es irremontable: el homicidio del niño en Temuco es un hecho que no debe aceptarse bajo ningún respecto.

Pero pasó. Y sobre lo ya sucedido, desde la pena, desde el dolor, cabe preguntarse si nuestra sociedad camina irremediablemente hacia un horizonte cada vez más gris o existirá algún motivo para creer algo distinto. Lamentablemente, este 2016 ha inclinado la balanza hacia lo primero. Pero es una cuestión que se viene arrastrando desde hace bastante tiempo en nuestro país. Me atrevería a decir que desde los años ochenta, en pleno apogeo de la dictadura, y con mucha más profundidad desde los noventa -y la mentira de la transición- hasta nuestros días. Y tiene que ver con una cuestión mucho más precisa y concreta que todas las consecuencias nefastas que ha acarreado la instalación, por la fuerza, de un sistema capitalista en su fase neoliberal. Tiene que ver con la construcción que los medios de comunicación, las políticas públicas y los gobiernos de turno han hecho de la figura del/la delincuente.

Hacia 1992, después de haber sufrido el secuestro de uno de sus hijos, Agustín Edwards Eastman, ciertamente uno de los hombres más poderosos -en el sentido económico y político- de nuestro país, inauguraba la Fundación Paz Ciudadana bajo la premisa textual de que “Resulta fácil culpar a otros del aumento de la delincuencia, pero si no estamos nosotros mismos dedicados a la tarea de combatirla, no podremos avanzar en la imperiosa labor de eliminarla de nuestra sociedad”. Esta idea, trajo consigo la instalación de una cuestión clave que marcaría la agenda política de los próximos años: el “crecimiento exponencial” de la delincuencia y la “inseguridad generalizada” de la población; conceptos desde los cuales comenzó a construir lo que hoy conocemos como “La batalla contra la delincuencia” y, en estrecha relación a ella, la consolidación de la seguridad ciudadana como eje principal de mantención del orden social por parte del Estado.

Don Graf y sus comerciales se encargaron del resto. La delincuencia como enemiga del ciudadano, en una guerra que se debía combatir desde la prevención y la justicia policial, fue tomando un cariz cada vez más importante respecto a la figura del delincuente. En él o ella veíamos a alguien oscuro, siniestro, y peligroso para nuestra comunidad. Las noticias y los diarios ayudaron en dicha tarea. De los sesenta minutos al aire de un noticiario en televisión abierta, se dedicaban, primero, quince minutos a noticias policiales; luego veinte; luego treinta, y así hasta el día de hoy en que el show de la noticia roja se toma prácticamente el noticiario completo. Pero la tendencia era clara (y lo es ahora también): el delincuente es el pobre, el “flaite”, el inmigrante. Quien comete delitos económicos o que tienen directa incidencia en asuntos políticos no es tratado de la misma forma, es, con mucha suerte, sindicado como responsable ante un incumplimiento de la ley.

El y la delincuente, en el sentido expresado, se ha terminado por considerar como un verdadero mal que hay que extirpar. De ahí a que en los últimos años hayan surgido de forma explosiva iniciativas lamentables como las “detenciones ciudadanas” o, recientemente, grupos de personas que por su cuenta han dedicado su tiempo a “combatir el delito” como se vio en el caso de los autodenominados “Vengadores”. Son todos síntomas de una misma enfermedad, de aquella que nos invadió hace casi treinta años y que hoy nos enfrenta a dilemas éticos que deberían estar superados por el mismo peso de la historia. El deseo de castigo contra quien está al margen de la ley, ha alcanzado ribetes insospechados. Pareciera ser que las frustraciones propias de una vida compleja, endeudada, sobre-explotada en el ámbito del trabajo y hacinada en la pobreza, han contribuido a que nuestras acciones se canalicen de forma atomizada en cuestiones que están más al alcance de nuestras manos: existe escaso cuestionamiento y organización respecto a las verdaderas estructuras que hoy originan indirectamente este sentimiento de odio.

Nuestra comunidad, más o menos democrática, ha rechazado históricamente la violencia como método efectivo para la solución de conflictos; nuestro sistema jurídico rechaza a la autotutela por ser atentar contra la igualdad ante la ley y los principios más básicos de justicia. En Chile, y la generalidad de los países de la comunidad internacional, no está permitida bajo ninguna circunstancia la posibilidad de hacer justicia por las propias manos, y sobre esa base no hay argumento posible que pueda justificar el regreso a medidas retrógradas como el restablecimiento de la pena de muerte o la utilización de mecanismos de tortura. La época en que el castigo excedía a la gravedad del delito se remonta al siglo XVIII. Ahí no existía otro móvil para el soberano más que el que de justificar su poder reafirmando en esos actos su absoluta supremacía. Hacia la actualidad, el poder tomaría, según Michel Foucault, un rumbo diferente: “En nuestros días el control es menos severo y más refinado, pero no por ello menos aterrador”. En el siglo XXI al infractor de la ley ya no se le castiga con la pena de muerte, ni –en la apariencia- con la tortura; no se le guillotina ni se le cuelga en una plaza pública. De un tiempo a esta parte el poder ha sabido adaptarse a los contextos sociales modernos, en donde predomina –como fenómeno postguerra- la defensa y promoción de los derechos del hombre, al menos en el ámbito del sentido común. Sin perjuicio de aquello, pareciera ser que en cada noticia o situación como la ocurrida en Temuco estamos cada vez más cerca de las lógicas premodernas del s. XVIII que de aquellas que efectivamente deberían ir de la mano con la construcción de una sociedad cada vez más justa, democrática y racional.

Es de esperar que, pese a que el panorama es desalentador, y desde el necesario cuestionamiento que debemos hacernos en situaciones como ésta, logremos a lo menos disputar el sentido común que hoy invade nuestros espacios, en el comentario de Emol, en el asado familiar, en la conversación de pasillo. Porque no queremos seguir caminando hacia ese horizonte gris de violencia que justifica la detención ciudadana, la tortura y la muerte como forma de hacer justicia.




3 comentarios sobre “Un horizonte gris”


  1. Pablo Martinez

    Dejarse llevar por las pasiones es algo que tiene larga data, no sé por qué te sorprende tanto. Violencias como ésta pueden perfectamente venir en la forma de represión desde organismos articulados del estado, en forma de femicidio, dentro del mismo sistema carcelario, o el joven pudo no tener 13 años sino 40. Pones en duda la figura del hacer justicia con las manos, pasando por alto la credibilidad ínfima con la que cuentan las instituciones encargadas de impartir la justicia misma.
    Espero que me entiendas; no estoy avalando una cosa atroz como lo ocurrido, pero siento que pecas de una ingenuidad bárbara al pensar que “las sociedades racionales” como las llamas, puedan ser el sustento de una mejor convivencia pasando por alto otros factores como la distribución de ingreso, la educación de mala calidad o el acceso a salud primaria básica, que las señalas (someramente), pero no son el centro de tu opinión. Estás apelando a que de un momento a otro a la buena voluntad de las personas cuando en la realidad funcionan dinámicas mucho más complejas un grupos, en comunidades y en países.

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  2. derechiste

    no hay evidencias de violacion ………………………dice un informe de la fiscalia para este caso……………..mas condenable aun se hace este irracional crimen……………castigo ejemplar para estos ciminales nada mas………………………..imagino ya el sufrimiento de los familiares de estos asesinos…….recien comienza

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  3. Tantos enfermos mentales y psicópatas que se las dan de “justicieros”, en nombre de la mal llamada “detención ciudadana”, refleja la decadencia moral de esta sociedad hipócrita y de doble discurso, mientras cuelgan lemas y fotitos de #NIUNAMENOS, y una que otra campaña que se precia de solidaria, disfrazando las carencias afectivas de cada una, frustraciones , etc…Vamos de mal en peor…así las cosas es fácil tener un Donald Trump como presidente.

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