Gracias Rodrigo Avilés

por Paloma Grunert

Sobre Paloma Grunert

Por Palöma Grunert

Hace poco más de dos semanas, la gran mayoría de los chilenos/as vivieron una sensación única, diferente, jamás antes experimentada. Hace diecisiete días, la gran mayoría de los chilenos supo cómo se sentía ganar. Ganar, así, sencillamente, ser ganadores. La Copa América nos regaló aquella emoción tan distante y tan próxima al llanto; esa conjunción perfecta que logra llenar el pecho como ninguna otra sensación lo hace.

Yo trataba de estar feliz, de sentirme así de jubilosa, preguntándome si acaso estuve cerca de lograr sentirme ganadora, de completarme en mi felicidad, de verdad. Pero no pude más que estar alegre, tremendamente alegre, y acaso eso era suficiente, porque a los chilenos siempre se nos ausentan las alegrías. Estamos acostumbrados a la derrota, habituados a mirar al mundo desde abajo, a sufrir, a resignarnos, a crecer a palos. Siempre nos pasa algo parecido a perder.

Al menos así sucede con los que crecimos en la cola de la dictadura y empinamos nuestra infancia en la fantasía de una democracia. Siempre estuvimos rodeados de gente llorando o de gente que después de llorar levantaba la cabeza para seguir luchando, o de gente que luchaba sin llorar, y luego seguía luchando, y después luchaba más. Y después más. Una costumbre que se nos heredó, con todas sus alegrías y sus dolores, con la consecuencia de vivir de pie en una tierra de muertos y muertos escondidos. Así somos nosotros, los nietos de la dictadura: somos felices pero nunca hemos conocido la felicidad. 

Cuando Exequiel Borbarán y Diego Guzmán murieron asesinados en Valparaíso ese doloroso 14 de mayo de 2015, nos sobrevino una pena profunda que se transformó en espanto cuando una semana después Rodrigo Avilés era agredido por el chorro de un guanaco de Carabineros, que lo azotó con violencia contra el muro, abriéndole la cabeza y desperdigando la tragedia. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿¡Hasta cuándo!?. La incertidumbre de su salud fue acompañada por la proliferación de personas en estado de inconsciencia que justificaban y/o aplaudían la agonía del estudiante, con comentarios tan faltos de amor y humanidad que, lejos de hacernos entrar en disputas, resultaban ser escarmiento para decirnos cuánto más hay que trabajar.

Hoy, 21 de julio de 2015, Rodrigo Avilés fue dado de alta luego de dos largos meses cargando una resistencia de la que sólo conocíamos por historias, por recuerdos, hasta ahora. Hoy, el amor de sus padres y sus hermanas, el amor de su hija, el amor de sus amigos y compañeros, el amor de los miles que nos sumamos a esta entrega anónima de sentirlo como un pedazo nuestro, de quererlo sin conocerlo, forjando acaso un cariño más honesto entonces, que nace de la hermandad; hoy todo ese amor común, ese amor que nos unió, ese amor que no trastabilló ni abandonó, ese amor que no dejó de creer, se materializa en los abiertos ojos verdes de Rodrigo y en la emoción maravillosa que brinda verlo sonreír de pie con nuestra bandera chilena en las manos, diciéndole al mundo: Yo no me rendí, yo nunca me entregué, yo no me conformé, yo le gané a la mentira, al odio, al silencio, a la muerte, a la manipulación, a la costumbre, yo sobreviví a la violencia de Estado, yo estoy aquí vivo y alegre, dispuesto y listo a seguir caminando. Yo no me convertí en una fotografía. Nadie me mató. No pudieron matarme. No pudieron matarnos. Nunca más van a matarnos.

Y nosotros, los que no sabíamos lo que era ganar, ahora sí descubrimos, entendemos, cómo sabe, cómo se siente. Esta es la más grande de las felicidades, el primero de nuestros triunfos. No hay un nuevo muerto que martirizar, hay vida y más vida y tantas vidas que se han vuelto más fuertes, por ti Rodrigo. Vencimos, vencimos, ¡Ganamos conchetumadre!. Y lloraremos, pero de alegría, de alegría. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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