Corrigiendo películas: El Club

por Film Fix

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Una grata experiencia cinematográfica se llevaron quienes insuflados por las ganas de sorprenderse con la última película de Pablo Larraín -que a estas alturas merece una columna sobre su enigmática sociedad con su hermano Juan de Dios-, asistieron a una escuálida sala durante su primera semana de proyección en el multicine más cercano. Una entrega, que con pocos elementos de producción, levanta muchas interrogantes y motiva múltiples interpretaciones.

Muy poco se puede corregir dialécticamente de una película de gran factura, como es “El Club”. Presenta un alto nivel dramático, dado por un elenco compuesto por grandes cracks (Castro, Vadell, Zegers, Goic, Farías, Soza, Reyes), y una propuesta sólida en su escueto guión. Lo más relevante es analizar a su director y equipo, que cada vez filma con más soltura, dentro del ámbito más dramático de lo dramático de nuestro cine, que es archidramático por naturaleza, ahora sí, ojo, utilizando en esta oportunidad, la ironía como un nuevo recurso. Pues, ¿Qué puede ser más irónico que utilizar el concepto de Club para remitir al ostracismo?

María Jacobé, ex señora de Larraín
María Jacobé, ex señora de Larraín

Sobre los Larraín sabemos que fueron pioneros en retratar lo oscuro del ser humano en la era más nefasta de la Dictadura. Su interés por lo marginal renace, dejando suspendida la alegría triste (o tristeza alegre) de la prosperidad del país de las cuales son hijos (¿Les suena el Senador Larraín y la ex ministra-MINVU-defenestrada: Magdalena Matte?). Notable que dejen atrás las merecidas luces y vítores de NO, para volver a adentrarse en las desgracias de nuestra condición humana.

Son muchas historias en una: narrativa coral que en vez de crear personajes, crea psicologías, dispersas por sus instintos y aunadas por dogmas, que como bestias, se resisten o pliegan, según lo exija su ambiente. Averiguando-averiguando, no sorprende que se conjugue el teatro con la cinematografía por la pluma del dramaturgo Guillermo Calderón, y reciclando la obra “Acceso” (2014), creada por el interesante matrimonio de Roberto Farías con Pablo Larraín, quienes ostentan un Oso de Berlín como hijo.

Sandokán
Sandokán

“El Club” entrega un cine mínimo, oscuro y que apunta a entrar en la psiquis de sus personajes, sin resultados aparentes, obteniendo dudas sobre redes de intereses que no se vislumbran, y que tal vez nunca se van a saber. Como señala Ernesto Ayala, las almas que rondan El Club, no tienen ninguna chance de redención, pues estas transitan lentamente al paredón de fusilamiento del espectador. Esto hace única esta cinta, pues trata un tema álgido, como todos los que guardan relación con el declive moral del país, pero con la delicadeza que se extrañó en El Bosque de Karadima.

Con respecto al uso de la ironía se lee también en la aparición “guateá” de actores taquilleros en papeles terciarios. Esto se lee con cierto humor intelectual, permítaseme, pesado y chaquetero, puesto que con su irrupción bajó notoriamente el nivel dramático y no sumó a un clímax cruel, que difícilmente se podrá olvidar en este género de cine nacional.

Por otra parte, un palo para Marcelo Alonso, cuya intervención daba para mucho más. Cuando todo indicaba que debería ejercer un rol activo-no pasivo, el estilo Larraín lo subvierte. Todo se vuelve infructuoso, imposible, y también, permítaseme la metáfora: perdido. ¿Se le puede pedir más a Alonso que esa cara pétrea de moro trasnochado? ¿Logra transmitirse como un habilidoso profesional que tiene como misión reparar daños y purgar ciertos pecados? Débil su interpretación. ¿Se puede llegar a sumar la larga lista de actores que actúan de sí mismos?.

Gonzalo Valenzuela de Gonzalo Valenzuela, en Berlín.
Gonzalo Valenzuela de Gonzalo Valenzuela, en Berlín.

Desde otro punto de vista sabemos que no hay salida para el anquilosamiento de la Iglesia Católica. En este contexto, ¿Quién podría leer la psiquis de los sacerdotes “en tratamiento”? Absolutamente nadie. Entonces, lo más interesante es reflexionar sobre el espiral de nihilismo en el que nos encontramos. Se interpreta que ya nada vale la pena, o mejor dicho, que cualquier acción noble en la hostilidad de nuestros días, no conduce a nada. Las almas retratadas no se pueden interpretar, o leer, para luego transformar. El poder que despiertan sus miserias y sus expiaciones son la base de la fe. Así es. Fuerte lo tuyo.

Finalmente, ¿Qué más se puede decir de este club y sus eméritos miembros? Son personas anómalas, irreversiblemente aisladas y extraviadas en su destierro, que no lo es en rigor, sino más que una “ocultación”, fondeo en buen chileno. En conclusión, no hay luz (pese al gran trabajo de fotografía, de quien más que del mismísimo Sergio Amstrong), sólo disimulo y, por tanto, un eterno y estéril esfuerzo por neutralizar, tapar y esconder.




1 comentario sobre “Corrigiendo películas: El Club”


  1. Julio Martínez

    (NO LEA ESTE COMENTARIO SI NO VIO LA PELÍCULA, SE HACEN REFERENCIAS A LA TRAMA)
    Película tibia,
    Pasa por encima el rol de la iglesia en el abuso a menores, la adopción ilegal, corrupción y violaciones a los derechos humanos. Toda la tensión queda a cargo de frases como “el curita me tocó el prepucio y me penetró”, la muerte de unos perros y la golpiza a Sandokan.
    Un guión lleno de espacios abiertos y con escenas de relleno, pero con una fotografía digna del primer mundo. Un guión que tenía el arco al frente y sin portero, pero que al momento de chutear, patea fuerte el suelo y sale un tirito que no llega más allá de los primeros 15 minutos de película.
    Y al final, lo peor, la redención de los curas, la paz intacta y una víctima que en vez de protestar, se entrega al club.

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