Corrigiendo series: el Bosque de Karadima

por Film Fix

Sobre Film Fix

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Por su taquilla y figuración, “El Bosque de Karadima” no desaprovechó la oportunidad y estrenó el pasado domingo 23 de septiembre su versión para la televisión gracias al gentil apoyo del CNTV. Para los que la vieron en el cine, esta es una buena instancia para discutir sobre su verdadera calidad, algo que se olvidó en aquella prensa que sólo atinó a reactivar el escándalo; y para los que no, consideren lo siguiente como un “review” (permítanme el anglicismo) que se dedicará a criticar la serie por su factura, y no a contarla.

La historia no cabe comentarla porque ya sabemos con mayor o menor detalle quién diablos -paradójico- fue el prelado, y el tremendo entuerto que se destapó.

La primera pregunta es: ¿Aporta algo la obra de Matías Lira? Por su ánimo a todas luces comercial (con nuestro Benjamín como protagonista), para remover el people meter, literalidad de los hechos más que conocidos por la opinión pública y el uso –editado para la TV, ojo- del sexo como recurso dramático, podríamos sostener que NO. Un no que no es categórico pues se destacan ciertos elementos, pero que opta por confirmar que es una producción empeñosa, con más aspiraciones que atraer, que cautivar, a sus espectadores.

Dejemos de lado su éxito comercial y si es o no masticable. Como pieza se puede sostener que a nivel dramático no destaca, no obstante las soberbias actuaciones de Pedro Campos, Luis Gnecco (homenaje, por multifacético) y doña Gloria Münchmeyer (homenaje por partida doble, pese a su breve intervención), entre otros. Es narrativamente aceptable, con múltiples bombardeos de flashbacks/forwards, regidos por un guión osado pero que cae a ratos en momentos lateros. Despliega respetables esfuerzos en arte y caracterización de época, pero se vuelve monótona en el uso de espacios y recursos de set (algo demasiado repetitivo).

El guión de Elisa Eliash, Alicia Scherson y Álvaro Díaz, es quizás excesivamente centrado en el perfil psicótico de Karadima y no en su lado B, su lado “santificado”, que lo hacía tremendamente carismático: su relación con los secuaces del clero y sus lazos con los poderes fácticos durante los años 80 y la transición; elementos que se esperaban ver en la versión extendida de la cinta, pero que se terminaron echando de menos.

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Luego, se extraña también dar espacio a la capacidad de interpretación del espectador asumiendo que, nuevamente, ya sabemos de los abusos sistemáticos del sacerdote a sus efebos. Si se pudiera tijeretear, se tijeretearía: reducir lo cronológico dando paso a una narrativa donde haya espacio a lo estrictamente mesiánico-psicótico de nuestro villano, y del daño brutal a sus víctimas.

En consecuencia, no olvidemos que Karadima y su séquito provoca muchas lecturas, y no precisamente sus biografías o fechorías. Es interesante lo que ellos simbolizan; vale decir, nuestra sociedad hipócrita: conservador ante lo público, inmoral en lo privado (o igual de miserable que todo el mundo). En este ámbito, se extraña algún guiño a la elite católica de esa época más oscura (al menos más que ahora) de los 80 hasta hace algunos años atrás, tanto religiosos y laicos, que ostentaban sin contrapeso un halo espiritual, que se pulverizó para siempre.

En definitiva, ¿Qué se obtuvo? Una entrega que no trascendió más allá de un “golazo” comunicacional, que fortalece la ficción en el país, sin lugar a dudas, pero que no inspirará más sentimientos e interpretaciones que cualquier película del montón. Cuando se busca calidad, se puede lograr. Y en este caso, no hay que mentirse: hablar de la Parroquia El Bosque es muy autorreferente a nuestra realidad centralista-santiaguina-hegemónica, por tanto, algo reducido al thriller pobre más que conocido. Con este argumento, ni hablar de darle valor a la serie, o de aspirar a proyectarlo a nivel internacional.

¿Lo acontecido realmente puede inspirar una película o serie de calidad? ¿Algo que sublime la crónica roja, y no se transforme en un telefilme, como es hoy, ramplón de una hora y media? Difícil, no obstante se cuente con muchos recursos de producción.

En conclusión, tenemos un ejercicio exitoso, que nos motiva a consumir ficción nacional. Bienvenido sea, pero que no trasciende más allá del morbo que CHV suele instalar en su franja prime-time, post “Relevancia Cero”. Amén, hermanos.

Ver la serie aquí.



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