Cuando nos meten el dedo en la llaga

por El Rey Feliz

Sobre El Rey Feliz

Por El Rey Feliz
Estudiante de periodismo UC

El día de ayer, TVN emitió el último capítulo de  “Zamudio, perdidos en la noche”, una miniserie de cuatro capítulos basada en el libro que escribió el periodista Rodrigo Fluxá. La historia ya es conocida, por lo que no me parece necesario recordarla. Este último capítulo causó un particular revuelo en redes sociales dada la crudeza de las imágenes: en la escena del clímax, un grupo de hombres le propina una golpiza brutal a un muchacho, lo orina, le rompe botellas de vidrio en la cabeza, le realizan cortes en el cuerpo y le quiebran una pierna sin más pretexto que el mero gusto. Todo Chile apreció un momento pocas veces antes visto en la pantalla chica. Las reacciones en Twitter y Facebook no se hicieron esperar: que las imágenes fueron innecesarias, que pasaba a llevar la sensibilidad de muchos, que ya todos conocían la historia, que era morboso recalcar lo que sucedió de manera tan evidente y un largo etcétera.

Ante estos comentarios, me surgió la duda: ¿son realmente innecesarias estas aproximaciones con la realidad? Partamos de la base de que esta serie es una ficción, una fantasía, una inspiración; y por tanto, no significa que los hechos sucedieran tal cual fueron mostrados en pantalla. Sin embargo, esta historia es -como consecuencia misma de ser una ficción inspirada- una representación. Una representación de una realidad asquerosa, repugnante, inconcebible; la cual todos habríamos preferido que hubiese sido sólo eso: una ficción.

Pero no. No fue así. El caso de Zamudio pasó, está pasando y de seguro seguirá ocurriendo con muchos homosexuales, travestis, transexuales, lesbianas, etc. A diario vemos en las noticias casos de mujeres asesinadas por sus parejas, trabajadoras sexuales golpeadas en las calles y un sinfín de ataques discriminatorios que no tienen otra motivación más que el odio. Pero estas palabras -pronunciadas tan seriamente por los conductores de informativos- sólo causan espanto e impacto en el momento, pero al día siguiente son fácilmente olvidadas por los televidentes; como un mal sueño que se soluciona con un vaso de agua por las mañanas.

Acá no se trata de martirizar a un personaje ni de convertirlo en santo de devoción. Nada de eso. Lo que se buscaba en el telespectador era hacerlo sentir, de manera más profunda y visceral, el horror, el miedo y el pánico que sintió Daniel Zamudio al momento del ataque; no para caer en una histeria colectiva sin sentido ni por el mero morbo de ver cómo lo golpeaban: se quería encender las alarmas y causar un malestar estomacal que reivindicara, de una buena vez, la sensación de que algo anda mal en el país.

Varios han sidos los estudios que han demostrado que las personas comprenden mucho mejor una información cuando ésta tiene una estructura dramática -es decir, personajes, inicio, desarrollo y fin-. “Zamudio, perdidos en la noche” hace uso de esta herramienta, haciendo alusión a una historia verdadera -en forma de ficción, de una representación-, de modo tal que el televidente pueda reflexionar de manera mucho más efectiva no sólo sobre el crimen en sí, sino que sobre todas las causas y consecuencias culturales, políticas, psicológicas y sociales que pueden desprenderse de esta acción. En este sentido, decir que la exposición de estas imágenes fue “innecesaria” me parece un atentado contra la lucha que se hace en defensa de los más desprotegidos -los discriminados-.

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Lograr que la sociedad piense de modo reflexivo no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana, así como tampoco se puede implantar una idea en el cerebro de la gente con una aguja hipodérmica. Hoy en día, ante la gran crisis educativa que existe en Chile, me parece acertado que los medios de comunicación se empoderen de estas herramientas para generar el debate y la discusión entre las personas pues, a la larga, esto es lo único que nos hará madurar como sociedad. Es respetable -y recalco esto, pues nunca he dicho lo contrario- el debate ético que surge. Pero ante una población ignorante, poco educada, floja en términos informativos y despreocupada para con los que la rodean, ¿qué más se puede hacer?.

¿Cuántas muertes más debemos esperar a escuchar en las noticias para que la gente entienda que esto es un algo gravísimo? Algunos dirán que todo pasa por la educación, que ese es el tema principal. Entonces, ¿debemos esperar a que pasen los años, hasta que Chile logre ser un país desarrollado para que finalmente se acaben los crímenes de odio? ¿Nos cruzamos de brazos ante los ataques que vengan en el camino? No seamos ingenuos: ser un país desarrollado no nos asegura nada.

Creo que el tiempo de guardar el polvo bajo la alfombra ya pasó. Hacer oídos sordos frente a estos temas corresponde a una actitud de una sociedad arcaica. Mirar el último capítulo de “Zamudio” es incómodo para cualquiera, pero no porque no nos guste o nos violente emocionalmente: es incómodo porque representa la realidad chilena, esa que no nos gusta, que preferimos ocultar en las sombras bajo el discurso de que Chile es un país “desarrollado” y líder en la región, de que estas cosas no pasan acá, que sólo ocurren en países con nombres raros, que quizá le pasó lo que le pasó porque se lo merecía, pero no porque Chile está mal. No, eso jamás. Chile nunca podría estar mal en estas cosas.

Generar debate y discusión es una de las tareas más importantes -y a ratos, olvidada- de los medios de comunicación. Pero cuando los discursos se basan en populismos y en argumentos que no conllevan a la reflexión, es poco lo que se puede hacer. Si los medios no meten el dedo en la llaga, la gente no se incomodará y nunca saldrá de su conformada hipocresía.

<3 El Daniel no de ficción
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