Homenaje a Amores de Mercado

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Puta que es bacán el Pelluco. Habla y nos enamora al tiro, con cada cosa que dice. Es ese amigo que tiene la chispa desorbitante, la talla exacta, con coquetería, magia y engaño. Nos puede decir una barbaridad, contar la peor noticia del día, pero si él la dice nos causa gracia igual ¿Onofre? En 2001, cuando Amores de Mercado se convirtió en la teleserie chilena más vista de la historia –hasta hoy-, todo el país cayó rendido a su mirada, su lenguaje, sus salidas y frases. “¿Cómo está mi reina?” “yo sabía que Diosito me tenía guardada a alguien como usted, hija” hacen tanto sentido como cuando sube al junior de puesto, convirtiendo al Basilón en su asistente de gerencia, lugar desde el que compró el 100% de una empresa brasileña en quiebra jugando al cara o sello, para ser echado por su propio padre por la locura y ser reinstalado luego de que, paf, milagrosamente los chinos salen la rescate de un fiasco de inversión que pasa a ser el negocio del siglo. Jaque mate ingenieros comerciales. El Pelluco nos enamora porque en él vemos al niño más humilde del barrio, ese que se vale de un corazón puro, un corazón vibrante, revoltoso y entregado, un corazón de población que queda embobado cuando conoce a “la mujer de mis sueños”, de piel suavecita, por la que acepta sin chistar el juego de usurpador que le propone el destino –porque qué le hace el agua al pescado-, pero sin olvidar a su mamita, a la que lo crió, a quien le manda plata a escondidas de todos, incluido el langüetazo de vaca, el Rodolfo, quien no entiende el mundo extraño, estrecho, cariñoso y alucinante de la gente normal, la gente trabajadora.

¿Por qué Amores de Mercado marcó el desquicio de 46,7 puntos de rating promedio en cinco meses? ¿Cómo logró que, en esa calurosa tarde del 28 de diciembre, cinco millones de chilenos se quedaran frente a la pantalla llorando una muerte sentida como la de un integrante de la casa? Amores de Mercado fue la primera teleserie de la era dorada del área dramática de TVN que tuvo como escenario a Santiago, con los elementos de la ciudad convertidos en dispositivos narrativos. En tiempos en que al púber y a la dueña de casa se conquistaba mostrando los paisajes de Chiloé, la Isla de Pascua, los lagos de la Araucanía o la Caleta Tumbres; en tiempos en que el gancho de curiosidad lo provocaba el conocer el lenguaje de los gitanos, los mitos o leyendas del sur o el patrimonio cultural de los ancestros, Amores de Mercado apareció asumiendo nuestra propia cultura citadina, capitalina y popular como el objeto de escudriñamiento. Así lo advierte el propio opening, violento en las imágenes, rápido en la exposición de los personajes y atrevido para decirnos a donde nos iban a llevar a reconocer identidad. La Moneda recién pintada, el mercado central embestido por los tacos y las torres de cristal del incipiente Sanhattan, estatuas humanas moviéndose en el centro, colegialas jugando a grabar con una cámara –tecnología-, el cerro Santa Lucía con pololos, las palomas volando mientras los canutos quedan roncos de tanto gritar a nadie en las calles más sucias, las hermanitas Peralta cuarteando al pilucho del Estadio Nacional y la Shakira sacándose la ropa en el night club de la cuadra. Santiago tratando de ser real.

Lo bello de esa apuesta es que la realidad la encontramos en el cara e Martillo vestido de pescadero llorando penas de amor en una fuente de soda, con un schopito en la mano y una moneda en la otra, pidiendo al garzón –que a la vez es su amigo- que ponga diez veces el mismo bolero en el wurlitzer para seguir tomando solo.

La realidad la encontramos en la improvisación del Chingao mirando los ojos de una revista que lo tiene loco, sacando un fósforo nuevo desde dentro de la boca cuando le sacan el que lleva puesto en la trompa, o pidiendo al Jonathan que se pare en Batuco con su señora, en quien encuentra por primera vez resistencia al ejercicio de su sistemática violencia. La realidad la encontramos en la Betsabé huyendo de una casa en la que la luz divina, esa que sacó de la perdición del alcoholismo a su padre, le comienza a cortar las alas de la realización, esa que su amiga Shakira encontró sin miedos ni temores al que dirán en el baile en una boite. La realidad la encontramos en el Pelluco pagando mandas frente al Romualdito de Estación Central, y lloramos mirando la fuerza que adquiere en sus ojos el creer en algo. La realidad la encontramos en las hermanitas Peralta discutiendo el origen de la falta de clientes en su local: “no ven que la economía está alicaída”, dice la Topacio, mientras en el local de al lado el Clinton pregunta al Rodolfo y al Homero si acaso están hablando tan de cerquita por estar discutiendo la solución para el problema de la contaminación en Santiago. La realidad la encontramos en la mansión Rutenmayer, con la Morgana y el Ignacio maltratando a los empleados, mirando feo al Pelluco por decir posta en vez de clínica, y trasladándose varios kilómetros abajo –como turistas- para conocer la realidad del pueblo, esa que vive en el pinche metálico de la pastora de la luz divina, en la caseta de radiotaxis de la Betsabé, en la opresión de casas de cité, con piezas sobre arrendadas y un viejo malo que no cambia –el Chingao-, convirtiéndose, sin el deseo de nadie, en el principal escollo de tantos para ser libres y felices.

Amores de Mercado es una gran obra de teatro del Santiago de inicios de siglo, una ciudad anclada en el cariño familiar, en el emprendimiento de mujeres solas, en el deslumbramiento ante la tecnología, en cabros de veinte años manejando taxis para salir adelante, en un espíritu de progreso taponeado por las familias de grandes inversionistas, en la aún imposibilidad de un pobre de realizarse llegando a la universidad; y en las infinitas posibilidades de la cultura popular para hacer reír, para gozar cada segundo de la existencia, cada episodio en la calle, con diálogos tan hermosos como “¿Por qué no le echamos una guaresnaque al guergüero pa pasar las penas?” Es que somos débiles de espíritu y de carácter, por lo que podemos caer en la tentación a la vuelta de la esquina. Lo dice la luz divina.



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