Homenaje a Carolina Fadic

por Rucitama

Sobre Rucitama

Por Rucitama

cry for you, Carolina
(O Dura para siempre se quedó)

Tan frágil como un niño
ocultas tu belleza
a un mundo devastado.
Rodeada de codicia
sólo es cuestión de tiempo
que olvides tu pasado.
Déjame mostrarte un mundo distinto,
la vida secreta

Sólo veo violencia
cuando miro en tus ojos”

Violencia en tus ojos – Psycho
(Todo lo que quiero, 1992)

 

En los 90’s mirábamos y mirábamos tele, esperando la teleserie de las 20:00 horas, antes de las noticias, como queriendo disfrutar un poco el mundo antes de que se vinieran los informativos con las crónicas rojas, los asesinatos, y los robos, niña, con toda la delincuencia, hija, y con toda la droga… quizá esperando que apareciera entremedio la noticia de que encontraban algún detenido desaparecido después de tanto buscar o que iban a meter preso a Pinochet, para contentarse con la alegría que tenía que venir según decía la franja electoral de la Concertación.

Que habían inventado por fin alguna cosa para eliminar la desgracia humana, quizás; un robot que hiciera el aseo o algo así. Queríamos algo, necesitábamos algo, lo que fuera, pero algo. Estábamos atornillados en las pantallas esperando la redención, viendo cómo el área dramática de TVN nos ponía en contacto con historias medio retorcidas y adaptadas a nuestra propia realidad.

Rudolphy no envejece
Rudolphy no envejece

Yo sentado, tomándome la leche en la once, con el pan embadurnado con margarina como temprana marca de clase; miraba las faldas livianitas que tenían las actrices bailando twist y el frufrú del velo de Claudia di Girólamo al viento de una moto en Estúpido Cupido, porque para mí lo retro agarró una estética definida gracias a esa telenovela de época. Supe qué vieron mi papá y mi mamá cuando tenían nuestra edad, ellos nos comentaban los programas que veían en la tele de la vecina que era la única que tenía una en la cuadra, emocionados porque podían, al fin, ver televisión. Una euforia desconocida para nosotros, que siempre la tuvimos chillando en el living, a todo color. A nosotros no nos congregó nunca para construir población o amigos, estuvo siempre, como está la vida cuando uno nace. Nosotros nunca pagamos entrada para verla en la casa de al lado ni nos juntamos con toda la cuadra para ver una serie. Nos pareció siempre medio triste el relato de la tele en blanco y negro, pero a nuestros papás y mamás siempre se les ilumina la cara cuando enumeran las series que seguían junto con las vecinas y vecinos, quizá por eso usan los mundiales de fútbol de excusa para cambiar el aparatito, porque se sienten grandes y poderosos con el remolino de colores reemplazando el monocromo de su niñez en cada vez más alta resolución al frente mientras se toman el tecito antes de acostarse…

Ahí estaba yo, mirando con ojos de fascinación cómo la Carolina Fadic era la reina indiscutida del universo, de la belleza, de los amores, de las telenovelas en general; ella era Mónica en Estúpido Cupido, una teleserie adaptada para Chile por Vicente Sabatini; también era una ninfa que corría por los bosques en Oro Verde, donde nos percatamos que en realidad la ecología e intentar preservar el medio ambiente (que, dicho sea de paso, marcó la pauta de las manifestaciones artísticas en la década), era también una lucha de la gente bonita y no sólo de hippies hediondos a marihuana. Antonia era la mismísima diosa Ceres de la televisión chilena; y era Paula en Iorana, donde se hizo visible por primera vez de manera abierta y democrática y sin tanto enciclopedismo, la estética de Rapa Nui, que en cada capítulo nos mostraba un rinconcito más de algo que de otro modo nunca hubiésemos visto, y, aunque no entendíamos cómo no se daban cuenta que el comatoso era un maniquí con pésimas terminaciones, mirábamos una isla preciosa que decían también era nuestra, que muchos nunca habíamos pensando visitar, aunque fuera a través de la televisión.

Ángel para un Fadic :(
Ángel para un Fadic 🙁

 

Y así, sin quererlo quizá, se fue quedando en la memoria de todos nosotros y nosotras, la delgada figura de Carolina Fadic, a veces rubia, a veces femenina, a veces loca, un poco de todo, siempre presente en las pantallas de miles y miles de hogares, a diario, golpeando como una gotera que, después de cierto tiempo, deja huellas hasta en el más endurecido concreto.

De chica y de travesti yo me ponía una pañoleta en la cabeza para simular una peluca, nunca me molestaron mis papás, así que nunca pensé siquiera que podría ser algo malo para alguien, porque ¿Cómo va a ser malo querer parecer mujer?… Me miraba desde fuera de mí usando el espejo y era la mismísima Carolina Fadic, y caminaba de repente por la calle o el colegio sintiéndome yo mismo y de repente sintiéndome ella, con sus encantos y sus gestos, con esa delicadeza con la que se ponía el pelo detrás de la oreja para que no le molestara la cara, la voz suavecita de mujer joven actuando en televisión en plenos 90, y era yo mismo en mi metro diez de estatura, ella misma en su metro sesenta, con su sesenta de cintura y ese aire de mujer que mata cuando enamora, que siempre queremos tener los gays. En su honor bauticé mi alter ego travesti como Mónica Sáster, homenajeando a la cándida Miss Chile que caminaba grácil con falda campana en la teleserie de época que yo veía, mientras me tomaba tranquilito la leche con chocolate en polvo antes de irme a acostar, en una tele de 14 pulgadas que estaba en el living comedor, con un poco de interferencia porque la antena no se podía doblar más. Nunca supe si era un problema del canal o de provincia. Marcábamos el 4 en el control y nos sentábamos alrededor de la fogata familiar que era la once, con TVN de fondo, antes de arreglar las cosas para ir al  colegio al día siguiente y dormir, y dormir para soñar que estaba lejos de Concepción, y que me metía de improviso a la teleserie y era yo misma la actriz que era todas esas mujeres…

Cuando se hizo los visos
Cuando se hizo los visos

Cuando salió del canal nacional -el capo de las telenovelas de los 90- le perdí la pista, pero ya estaba la suerte echada y tenía grabada en mi forma de desplazarme, esa estampa tan única de Carolina Fadic, un angelito omnipotente en la pantalla, 160 centímetros de poder, fragilidad, prepotencia o sensualidad según fuera la ocasión. Estaba ya a fuego en mi interior Mónica Sáster, una travesti triste a la que nunca le presté demasiada atención, porque nunca estuvo prohibida quizá, y podía salir sin que me diera cuenta a pasearse por mi cotidiano, sin que yo le prestara mucha atención. Años después me contentó saber que Mónica es el mismo nombre de la Briones, una escultora lesbiana que asesinaron en 1984, en memoria de la que se fundó el primer colectivo Lésbico-Feminista de Chile: Ayuquelén. Pero esa es otra historia…

Yo todavía recuerdo la delicada seguridad que se le veía a la rubia actriz en la pantalla, porque esta generación entera estuvo irradiada de su figura como si fuera plutonio, y nos quedaron los huesos todos cargados de su sonrisa y su carisma por habernos expuesto a su radiactividad sin protección. Por eso la noticia de su muerte, que se debate entre el derrame cerebral y la sobredosis de cocaína, nos chocó tanto. Porque era costumbre verla meneándose como una bailarina de una coreografía maravillosa en la pantalla chica. Por eso es que la echamos de menos y la recordamos como uno de los más grandes rostros de las gloriosas teleseries que nos cautivaron en los 90.

Ella se quedó detenida ahí, dura, como la dejó tanto jale y tanta televisión, tanta tintura y tanta fiesta que le pasó la cuenta a su cuerpecito frágil de mujer niña, dejándonos sentados frente a un televisor sin su presencia, mientras pasaba la caravana fúnebre en las noticias después de alguna telenovela que no la contenía, con un camino regado de flores y de fondo ch’ ba’ puta la wea de los Petinellis, a petición de la misma difunta; como puteando tanto polvo blanco que se había metido a la nariz, maldiciendo la mala suerte de haber sido tan chiquitita y tan flaca para no aguantar tanta droga, tanta presión, tanta televisión y tanta cosa. Ella era el rostro más lozano y cándido de la televisión, era la Eva Perón de la actuación chilena, la misma locura y determinación en sus ojos, la misma fragilidad en sus pestañas coquetas congeladas en el tiempo, que empezaron a convertirse en polvo desde 2002.

:(
🙁

Por esa aplastante ausencia que nos dejó, por legarme un gran nombre travesti y por faltar en las teleseries que siguieron, le dedico un par de lágrimas hoy 12 de Octubre, el día en que colonizó la muerte -como Colón a América en 1492- el día en que murió la rubia de Kennedy, como le decían a veces, por encarnar esa leyenda urbana en una película del 95, la única película que alcanzó a hacer la pobrecita. La pienso, tantos años después de que quedara dura para siempre, y me emociono un poco recordando todo lo que le dejó a Mónica Saster. Se apodera de mi el pelucón amarillo y los guantes largos, el vestido se me ciñe al cuerpo y soy una drag Mónica Sáster inspirada en Madonna cantando despacito y emocionada I cry for you, Carolina, the truth is I never left you…




6 comentarios sobre “Homenaje a Carolina Fadic”


  1. Hermoso, y verdadero relato. Quedé impactada por el detalle que se asemejaba mucho a mi propia historia, y sobretodo el impacto de su muerte, dura como la mierda.

    Homenaje total!

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  2. La semana siguiente de la muerte fui por primera vez por mi colegio salesiano a la caminata de los andes.

    Camine horas detrás de un cura con megáfono que nos llamaba a rezar por Carolina Fadic.

    Mi ultima caminata fue en 4to medio, el día que cumplí 18 años, nunca voy a volver.

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  3. Lindo homenaje, pero tiene un error: Carolina Fadic hizo otra película además de la rubia de kennedy. Se llama Antonia. la vi hace muchos años y según recuerdo, hace de una galerista de arte con depresión que quedaba embarazada y le atacaban los fantasma de un aborto en su juventud (homanje a la primera vez que vi un persona que había abortado). Se reencontraba con un viejo amor que era de la ETA (sí, la vasca) y que le pedía ayuda para robar un cuadro, venderlo y financiar su causa. Ahí se las dejo.

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