Homenaje a Romané, una obra de arte

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

¿Qué será lo que tiene Romané que nos volvemos locos? Suenan esos solos de cuerdas de Djelem Djelem y nos paralizamos como frente a la mayor muestra de belleza que se haya expuesto en la televisión chilena. Y se expone una y otra vez, cada dos o tres años, y aquí estamos, embobados, tarareando la música gitana más hermosa que quizás se haya compuesto. Oooh, Romalé! Oooh, chavralé!. Y parten los violines, y la atmósfera es de paz y regocijo, y se suman las tomas realizadas con tanta delicadeza que la invitación es a no levantarse del sofá, de la cama, del casino de la pega, de donde sea, y seguir viendo Romané, porque sería una falta de respeto tomar la mochila y dejar a medio concluir una escena preparada con la más auténtica intención artística. Porque eso es lo que muestra TVN por enésima vez desde las 12:15 horas en su pantalla que busca encenderse. Muestra una obra de arte. ¿O acaso no hay belleza en Jovanka apareciendo bajo el intenso sol de la tarde por el desierto de la maestranza de Mejillones, para luego bajar del auto, caminar y detenerse, mirar los trenes abandonados, dándose siempre un tiempo para la contemplación? Y la música de fondo perfecta. Luego, la teatral llegada del circunspecto Balgomero –Luis Alarcón- para cuajarse en un abrazo con su ignorante sobrina y ser capturados por una toma cinematográfica. Frente a la pantalla no quedan más que los ojos de Luis Alarcón, conmovidos, dolidos, perdidos en un secreto que tardará más de cien capítulos en confesar. Ojos descansados por segundos en el hombro luminoso y entregado, sin preguntas ni cuestionamientos, de la maravillosa gitana Jovanka. Ilumina el sol, en un cuadro que por sí solo puede considerarse pieza artística.

balgook

Nos gusta Romané, teleserie de 115 capítulos dirigida por Vicente Sabatini y emitida por primera vez entre marzo y agosto del 2000, porque existe tanto amor y convicción en el trabajo realizado, que nada queda al azar, pero nada. Desde el opening uno ya queda secuestrado. Es para no creer: una toma aérea –en tiempos en que no existían los drones- viaja por la orilla de los macizos de Mejillones, chocando con la playa, abriéndose al desierto, y siendo interrumpida por una gitana del demonio caminando hacia su chara. Romané: Amor gitano. Y entonces, la sucesión de los detalles más delicados y sugerentes para graficar el tono de todo lo que se viene. Un viaje, un andar, un transitar desde la valentía a la incertidumbre ¿Acaso no son eso los gitanos? ¿acaso no son valentía y dignidad las palabras de Jovanka? Jovanka, interpretada por la más alegre y apasionada versión de Claudia Di Girólamo, en el opening camina por Paris, disminuida a miniatura tras el paso de un avión, para dar lugar a una caravana de autos viejos al borde de la chatarra que rajan el desierto con una personalidad que no pide permiso: la personalidad del Perham, del maldito Drago, del caballero Melquíades, del sinvergüenza Lazlo. Una personalidad que no se deja pisotear: la personalidad de la Vinka, la Milenka, la Saida, la Paska. Al primer coro, a la mitad del opening, por primera vez sale el cura Juan, contrastado por la silueta de una mujer a sus espaldas, señalando el quiebre ineludible de su vida, y los autos continúan arreciando, y aparecen las luces, las calles nocturnas, la ciudad moderna, el Chile al que busca hablar el área dramática de Televisión Nacional. Prevalecen los planos detalles; manos, brazos caídos, piernas bailando, Amparo Noguera sonriendo torpe, discreta, vehículos abandonados, ritos, joyas, fumaderas y zapatos, para cerrar en el corazón de la vida gitana, en una carpa. El azote lo sentencia la voz en off. Aquí comienza “Romané, amor gitano”. Y el alma ya está entregada, como si el living de la casa a la hora de la once, el almuerzo o el desayuno, haya sido convertido en una sala de cine, oscura y concentrada en nada más que en el desarrollo de un drama, en la fotografía de una obra, en sus colores y guiones, en sus gritos y silencios, porque en Romané, insistimos, todo cuenta.

Romané es la mejor teleserie chilena del siglo porque a la solidez de la historia, entramada en secretos, traiciones y complejos étnicos, religiosos y sociales, se acopla una generación de actrices y actores en su mejor momento. Di Girólamo, Francisco Reyes, Melo, Marés González, Delfina Guzmán, Alfredo Castro, Tito Noguera y José Soza dejan el alma en cada grabación, en cada diálogo, en cada chiste, en cada interpretación de su rol. Como en la mejor sala de teatro, escenario de donde provienen, dedican la mayor vocación de su vida a personajes que se quedarán por siempre en nuestros recuerdos y que no nos cansaremos jamás de ver, aunque repitan la teleserie por veinteava vez. Y ahí estaremos, obnubilados, como si fuera la primera vez que vemos una escena, dejándonos cautivar una y otra vez por momentos que se deben encapsular; como la declaración de amor de Juan a Jovanka, ante la presencia de cura Simón –el Vaticano atestiguando el pecado- en un cuadro que debe emocionar a todo el que crea tener una sensibilidad artística.

-Yo no sé cómo decirte esto.
-Decirme qué Juan.
-Decirte que me enamoré de ti. Yo nunca antes en mi vida había sentido algo así por una mujer. Hoy cuando estaba casando a esa pareja supe que lo que siento por ti no puede llamarse sino amor.
-Yo no sé qué decirte Juan, sabí, es muy hermoso escucharte decir que me amai, pero yo sé que eso te hace sufrir, verdá? Y yo no quiero que sufrai Juan, no quiero que tu amor por mí tenga ese precio.
-Bueno, eso ya no depende de ti, ni siquiera de mí. Ahora, tengo que aceptarme, no puedo seguir engañándome Jovanka.
-Y qué pensai hacer, Juan.
-Ahora sólo quisiera abrazarte.

Termina la frase y Chayanne ingresa con “lo dejaría todo porque te quedaras, mi CREDO, mi pasado, mi religión”. Juan cae al suelo, de rodillas, a la arena, y Jovanka también. Se abrazan, la cámara en contrapicado, y arriba el sol entrometiéndose con sus rayos sobre dos cabezas que se aman con locura, que se desean sin ninguna duda, pero que simplemente no pueden. Por ahora no pueden. Por ahora sólo pueden abrazarse. Y esa será, para siempre, la más acabada entrega de su amor. El abrazarse, esa tarde, bajo el sol, bajo la mirada del cura enviado por el poder de Santiago, bajo el silencio y soledad que sólo pueden valorar los que se aman, los que no mienten cuando dicen eres el mayor sentimiento que se ha despertado en mi vida. Y Jovanka llora, porque no se puede hacer nada más. Ahora, es mejor que te vayas.

Es la pasión de Angela sacándose la peluca para quedar desnuda y gitana, como la María Magdalena que es, cobrando venganza frente a todos los amigos del desgraciado Claudio Gaete, el símbolo del odio racial. –Una vez me humillante frente a todos tus amigos, me trataste de ladrona y yo sufrí mucho por eso. –Qué estai diciendo Angela. –La pura verdad Claudio Gaete. Zarzán, chileno. Yo no soy Angela, soy María Magdalena, la gitana. Esto lo hago pa que aprendai, porque te hai burlado durante todo este tiempo de mi pueblo. Te enamoraste de una gitana chileno, y ese va a ser tu mayor castigo.

Tragedia, catarsis. El mayor dolor jamás sufrido. Pero las traiciones se pagan, enseñó Romané.

También es la pasión de Néstor Cantillana, un Escudero a toda prueba, que siendo un absoluto secundario, logra posicionarse como un personaje fundamental, tanto así que en 2001 ganó el premio Altazor al mejor actor, superando en la terna a Tito Noguera y Alfredo Castro.

Es también la pasión de Antonia Zegers, destruida al conocer que es la hija de Rafael Domínguez, aniquilada por la sola idea de saber que no es una gitana verdadera. “Antes de eso prefiero de estar muerta”.

Es la pasión del Lazlo, un ícono de la cultura popular, dueño de un histrionismo insólito, el de un personaje que es querido por su locura, por ir con su buena estrella a jugar una manito de póker y perderlo todo todo todo. “Es que ahora es más terrible Vinka. Es que te aposté a ti” –“¿Qué?” –“Y te perdí”. No se puede creer. Y se sigue queriendo.

Es la apasionada maldad de Drago, el oculto factor más relevante de toda la tragedia griega que da origen a los dramas de Romané. El traidor, el que apuñala por la espalda a su hermano Melquíades, el que ocultó las cartas de Rafael y Jovanka y sigue cobrando dinero por ello, el ladrón y el delincuente, el que muere acorralado por su pueblo, tratando de ser salvado por su noble rival, el que cae al precipicio convertido en muñeco –literalmente- no sin antes sentenciar: Suéltame Melquíades, no tratis de salvarme la vida, no sigai humillándome más. Dejémoslo hasta aquí. Que santa Sara me perdone.

Y que así sea, que Santa Sara perdone al muerto traidor y autor de todos los males. Que santa Sara perdone al maligno creador del rencor en el corazón bello y enorme de Jovanka. Que Santa Sara lo perdone de la amargura ad eternum curtida en la familia Domínguez. Pero que santa Sara no lo perdone de haber desencadenado en uno de los dramas más perfectos que conocerán los ojos y oídos de Chile, en cualquier lugar de este largo país; porque sin sus traiciones nunca hubiéramos visto la escena del cura Juan abatido por sentimientos desconocidos, los sentimientos que dan sentido a todo esto: el amor, la ternura, el deseo más puro y genuino por acompañarse por quien se roba todo lo que podemos entregar. Por Jovanka. ¿Acaso no es ese el sentido de la vida, no eludir los guiones del destino? En Romané nadie los eludió, porque Romané es una historia de valientes. Y que santa Sara perdone al pobre infeliz que aún no ve Romané, una obra de arte tan buena que sólo nos cansará de verla er día en que muera Rafaer Domingue.




5 comentarios sobre “Homenaje a Romané, una obra de arte”


  1. Me emocionan sus homenajes a las grandes teleseries chilenas, y me emociona Romané, la teleserie más romántica de la era dorada de Sabatini, una obra maestra. Podría haber sido un fisco en el retrato del mundo gitano, fue un riesgo, pero que valió la pena porque crearon una producción memorable, inolvidable, que cada vez que la vemos nos hace recordar por qué estamos ahí pegados, embobados, comp no lo estaremos nunca con las teleseries actuales. Es un esplendor de una época de buenísimos guiones, tremendas actuaciones y cuadros artísticos impecables. Para mí, Sabatini se ganó el cielo con La Fiera, Romané, Pampa Ilusión, Las Montini, etc porque nos conmovió, y ahora podrá hacer lo que quiera, pero nunca dejará de ser un tremendo director, porque esas joyitas en ningún caso fueron una casualidad. En ellas hay puro talento.

    Y si hablamos de ese amor inolvidable que transmite Romané de una manera notable, es imposible no hablar de la Jovanka y el cura Juan. Acá hay un molde distinto, porque lo clásico en las telecebollas es que triunfe el primer amor, por lo que en ese sentido ella y Rafael debiesen haberse vuelto a enamorar, tratándose la historia de eso, especialmente al descubrir que todo fue un plan tramado por Victoria North (gracias, Marés González, por tanto. Una Doña de la actuación) pero Romané ea distinta, y le hace honor a una frase que una vez le dijo la Jovanka a Juan y que a mí se me quedó grabada: “El primer amor nunca se olvida, pero el último…Ese es el mejor”.

    Esa frase es la historia de ellos dos. Es ese amor inexorable, que avanza cargando con ese sino trágico que lo hace bello y hermoso. En todas esas veces que Juan le dice que traten de no verse muy seguido porque la “amistad” que ellos tienen puede llegar a tener algo malo, está su lucha por no enamorarse, inútil por supuesto. Porque la Jovanka es encantadora, tiene una dulzura, una espontaneidad, un corazón atolondrado que la hacen inolvidable. Y aquí también me permito un homenaje a los ojos de la Claudia Di Girólamo porque por la Santa Sara que transmiten. Cada mirada entre ella y Pancho Reyes es un mundo, a uno le llega tanto.

    Romané llega al corazón, simplemente. Tengo entendido que en Gitanas, la versionsucha que hicieron afuera, entre el cura y la Jovanka qué no pasa. Y eso es justamemte lo HERMOSO y GRANDE de nuestra teleserie: que entre ellos eso no es necesario. No se necesita que se besen apasionadamente, que se digan que se aman de manera explícita, porque se miran y les brillan los ojos, tan genuinamente para el telespectador. Uno muere con cada pequeña muestra, o palabra, con cada frase que arme el cura Juan para decirle que la ama, aunque no lo diga. O con la Jovanka dejando hablar a su corazón, para después salir con un: “Debla, Juan! Discúrpame, sabí. Yo sé que losotroh…” Y cuando, en esa escena que ustedes tan bien recuerdan en la nota, Juan se declara directamente, con la imagen del cura Simón simbólicamente ubicada en las alturas, acechando, mientras ellos se abrazan en esa playa maravillosa…Qué se puede decir. Eso es arte.

    Me he extendido pero es porque esto me emociona genuinamente. Romané es una teleserie que se ama, y se odia profundamente al final. Ese “deblea, Jovanka” final pronunciado por el cura Juan, para luego dar media vuelta e irse con su maleta, es desgarrador. Y la gracia es que uno, mirando la tele, lo entiende. No es necesario armar una escena parafernálica, dramática y llorona, porque esa es la gran virtud de esta teleserie: los adornos sobran, los lugares comunes sobran. Es una producción viva, que transmite como ninguna, y eso la hace grande, con sus colores variopintos y su encanto entrañable.

    Well-loved. Like or Dislike: Thumb up 5 Thumb down 0

Deja un comentario