Homenaje al legado de Los 80: el retorno del Chile humano

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

“Aunque sea el uno por ciento, compadre. Aunque sea el uno por ciento”, la frase, con que Exequiel agradece a su amigo Juan el impresionante gesto de bondad de cederle el 25 por ciento del videoclub, sin haber aportado con ningún capital más que lealtad, nos hizo llorar a todos los que queremos a nuestros amigos tanto como hermanos, que en el fondo es considerar los lazos afectivos como la base de cualquier comunión social. Nos emocionamos con la frase, porque en tiempos en que contamos con miles de herramientas tecnológicas que nos ayudan a conectarnos con el mundo y la virtualidad, nos olvidamos de la relevancia fundamental que en nuestra condición de humanos tiene la amistad: el compañerismo de vida.

Podríamos decir que ese es el Chile de otro tiempo, el de hace dos décadas, el que recién iniciaba el acceso a un consumo que reemplazaría al tejido social, a las comadres, a las juntas de vecinos y las kermeses como forma de entender la entretención y la compañía. Pero no, no nos emocionamos por la simple nostalgia de esas fiestas familiares que se constituyeron en el recuerdo de cuando tratamos de pensar en nosotros con cinco años. Nos emocionamos porque esa escena, ese gesto de incondicional amor a tus amigos, a tus compañeros de vida, nos informa que basta remover sólo un poquito la mugre que la Redcompra y los puntos Cencosud acumulados han levantado en nuestras relaciones, para despojarnos de la individualidad que el Chile de los 20 mil dólares per cápita nos ha hecho creer como normal. Sólo basta ese pequeño acto de honestidad, de decirnos “al final del viaje somos lo único que tenemos y lo único que valoraremos al momento de la muerte”, para abandonar el miedo que esa individualización nos metió en la cabeza para estar alerta: el miedo a que este hueón me va a cagar.

El legado de Los 80 es el retorno del Chile humano, porque más allá de su función dramática y documental que nos convoca a valorar el sacrificado tiempo que dio como fruto nuestras casas bonitas y nuestros hermanos estudiando, nos ha dicho subrepticiamente que nuestra humanidad no ha muerto, que los compadres se redescubren con una sonrisa, con un diálogo fraterno, con una invitación a la casa sin pedir nada a cambio. Con un “yo pongo la carne y ustedes el trago”. Eso no ha parado de pasar en nuestras casas chilenas, y no nos hemos dado cuenta. Pero cuando en esta navidad o año nuevo veamos a Exequiel en la talla del tío Toño, Pedro o lo que sea, se habrá hecho materia el más profundo mensaje de la serie: volvamos a querernos, volvamos a encontrar en nuestros maridos, en nuestras esposas, en nuestros primos y compañeros de estudios a ese Juan Herrera que nunca te va a cagar, que prefiere quedar por hueón que romper la ética que le da sustento a su vida: la rectitud.

Rectitud que tiene su soporte más importante en la formación de familia, como Herrera lo dijo en esa escena en que Martincho, aspirante a piloto de la Fach, se enfrentó con Claudita, promisoria marxista. “Una cosa no se le puede olvidar nunca hijo: antes de ponerse ese uniforme, usted se vestía con la ropa que le compraba su mamá y su papá. Estudien chiquillos, aprendan lo más que puedan, pero ningún profesor, ningún general les va a enseñar lo que es correcto, lo que está bien. Porque eso lo aprendieron en esta casa, con esta familia”.

Rectitud que se expresa en ser toda la vida de una sola línea, en la honradez de preferir pasarla como el ajo durante un par de años que salvarse gozando de plata mal habida. Esa rectitud que posibilitó la unidad de una familia y sus amigos en las buenas y las malas, fue la que permitió, como dijo Daniel Alcaíno en una entrevista en El Desconcierto, ganarle a todo: cesantía, exilio y dictadura. “Le ganamos a todo, le ganamos a la CNI, pero le ganamos como familia, en conjunto, porque sabíamos claramente quién era el enemigo. Pero en un momento nos desordenaron el tablero, los personajes se disfrazaron de otras cosas, y nos empezamos a confundir, empezamos a creer que el lema era hacerla pero hacerla solos. Creo que esa escena (la de los hermanos discutiendo sobre qué les pasó, en uno de los últimos capítulos) resume bastante bien y como la canción de Shwenke y Nilo, nos fuimos quedando en silencio, se nos fue olvidando el grupo que éramos y nos dividieron para ganar, para debilitar. Nos confundieron”.

La serie fue también un llamado al respeto y la ternura, en días de redes sociales en que el ataque con virulencia parece ser el requisito para existir y ser aplaudido. Es el llamado a recordar que, como Félix, todos quisimos una super looper (o insertar regalo favorito) porque “este año me he portado bien”. Es también, en tiempos de PSU, el llamado a valorar las virtudes de los amigos más allá del simple coeficiente intelectual, hoy presentado por el poder como absoluto diferenciador entre malos y buenos. Es quedarse callado, como lo hizo Brunito, cuando Félix se negó a la noticia de que el viejito pascuero no existe, porque “tú crees que sabes todas las cosas, Bruno, pero del viejito pascuero yo sé más que tú, mucho más que tú”.

Y ese respeto, presente en todas las relaciones de sincera amistad expuestas en la serie, se debe mantener hasta la muerte, y fortalecer en los momentos más duros de enfrentar, como cuando Juan supo que Ana estaba pololeando con el Mateo, brillantemente ninguneado por Exequiel nombrándolo “Matías”. Los 80 es la serie que nos convidó, con amor, a aprender que el buen amigo es el que se suma al llanto al momento de una derrota, y no lo trata de disimular. Respeto es decirle a Juan “ya compadre, tranquilo, llore todo lo que tiene que llorar. Así es la vida, compadre, su mujer anda con otro gallo, se está acostando con otro hueón. No sé po, a lo mejor el flaco es más entretenido pa la cama que usted po, qué le vamos a hacer, a lo mejor el hueón la tiene más grande, capaz po, y no me mire na po si así están los paquetes. Qué va a hacer ¿se va a matar? Porque si se quiere matar me avisa nomás po yo le puedo dar varias picás que tengo. Pallá pabajo pal río hay varios puentes de los que se puede tirar, se tiene que tirar de cabeza sí pa asegurar. Ahora, si no se va a matar, dé vuelta la página al tiro compadre, no haga hueás, si tiene varias razones pa no cagarla. Partiendo por cuatro cabros chicos y un nieto. A lo mejor el de arriba no le va a mandar ningún helicóptero más compadre. Llore compadre, llore todo lo que tenga que llorar, si no por llorar va a ser menos hombre”.

Pero la amistad no es ni por lejos una exclusividad de “hombres que sí pueden llorar”. Al contrario, Los 80 nos llama a que encontremos en las chiquillas que nos acompañan a carretear al Harvard o a vitrinear libros a la Qué Leo, a esa Ana valiente que también fue la rebelde de su tiempo, la que entendiendo la lealtad al Chile correcto, no se equivocó ni un segundo a la hora de hacerse respetar, separándose de Juan aunque la familia estuviera a punto irse a la mierda. Y tú sé la Nancy, acompáñala en su valentía, no la juzgues por el sólo efecto de la tradición machista que indica que “a todas nos ha pasado”. Esa fue la invitación de Los 80, no a crear modelos perfectos de virtud en cada uno de sus personajes, que tienen ángeles y demonios como todas las personas en la vida más allá del sistema político que los esté controlando. El llamado es a recobrar los valores de la honestidad y la valentía, de hombres y mujeres que lo dejaron todo, todo, todo, para que hoy podamos caminar con zapatos, sin hambre y por si fuera poco con un cartón universitario. Porque esos valores, ese llanto casi depresivo de Ana al terminar con Mateo movida por el aún amor a Juan, sólo tienen sentido en la atmósfera que los permite: el amor al otro, con más o menos tallas, la convicción de ser amigos o parejas con el objetivo de ayudarse a ser feliz. Los 80 es el producto cultural más influyente de la última década en el hogar chileno, porque ha sido el único que se ha metido en las patas de los caballos de nuestro ethos neoliberal; el único que nos ha llamado sin caretas, recordándonos lo que somos y de dónde venimos, a dejar de lado el egoísmo posmoderno. Viva Chile mierda.

anaynancy
PATRIA
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