Por qué nos gusta Malcolm in the Middle

por Sebastián Flores

Sobre Sebastián Flores

Por Sebastián Flores

El imaginario social dice que si uno tenía TV cable antes del 2000 pasaba automáticamente a la categoría de pudiente/cuico (o al menos de semi-pudiente/semi-cuico), pero eso nunca fue del todo cierto. Porque pese a que los tarifas mensuales de Metrópolis Intercom y VTR Cablexpress se escapaban del presupuesto per cápita nacional, igual la familia chilena promedio se las arreglaba para enchufar el cable coaxial a la tele a color de 128 canales. Si no era porque la noventera fiebre consumista y el acceso al crédito permitía el endeudamiento, era porque “colgarse al cable” pasó a ser uno de las mejores pillerías jamás creadas en la historia del país, permitiendo que el ESPN y el HBO Olé fueran sintonizados gratuitamente -incluso- en tomas de terreno y poblaciones a lo largo y ancho del territorio continental.

Este acceso masivo a la televisión del primer mundo permitió que esta generación -criada al alero del Cartoon Network, del Fox Sports Américas, del MTV Latino, del Warner Channel y del Nickelodeon- encontrara a muchos de sus referentes culturales en la programación elaborada desde Estados Unidos. Algo muy malo para la contrahegemonia cultural, pero algo muy bueno para los niños que teníamos que hacer el gran esfuerzo de quedarnos despiertos hasta tarde para ver un solo capítulo de Los Simpson (los viernes, después de Video Loco, en horario de trasnoche de Canal 13). Ahora, gracias al cable, los teníamos a nuestro alcance de lunes a domingo, en dos horarios, por Fox.

Probablemente haciendo zapping en busca de Los Simpson, en lo más temprano de los ‘00, fue cuando conocimos a esta otra familia. Se parecían en algunas cosas a los de Springfield, pero eran de carne y hueso, los transmitía el Fox y desde su estreno en el verano del 2000 nos atrapó como nos atrapaban muchas de las series que en ese entonces veíamos más por inercia que por cualquier otra cosa.

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Pantalla plana, 21 pulgadas, 128 canales

Malcolm in the Middle (o simplemente Malcolm, como lo conocimos en América Latina) es una sitcom que se basa en lo de siempre: las aventuras y desventuras de una familia disfuncional gringa. Sin embargo, muy pocas alcanzaron el nivel de genialidad que Malcolm entregaba en cada episodio, convirtiéndola en la favorita de toda una generación que aún sigue recordando a Francis, Reese, Dewey y Hal (sobre todo Hal) con especial cariño y nostalgia.

No obstante la considerable penetración de la televisión por cable en el Chile de Ricardo Lagos, no fue hasta el 2003, cuando TVN apostó por emitirlo, que Malcolm abrazó realmente la popularidad en este territorio. Con un espectacular doblaje al español latino de Audiomaster 3000, la serie se emitía sábados y domingos en un infalible combo junto a 31 Minutos, ayudándonos a sobrellevar la caña juvenil del fin de semana y ganándose definitivamente un lugar en nuestros corazones ávidos de simple y pura entretención televisiva.

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Despertar, prender la tele y que estén ahí ()

A lo largo de las 7 temporadas en que Malcolm está al aire (transmitidas entre el 9 de enero del 2000 y el 14 de mayo del 2006), el programa se convirtió en el favorito de muchos televidentes de todo el mundo gracias a ese humor inteligentemente sencillo que denota cada línea de su guión.

Como toda sitcom, la trama es muy simple: Malcolm (Frankie Muniz) es un niño superdotado que vive con la presión de cumplir las expectativas de sus padres y con la legítima necesidad de tener una vida común como la de cualquier joven. Malcolm tiene cuatro hermanos: Francis (Christopher Masterson), Reese (Justin Berfield), Dewey (Erik Per Sullivan) y el pequeño Jamie (Lukas Rodríguez); una mamá excesivamente aprehensiva llamada Lois (Jane Kaczmacek) y un papá excéntrico llamado Hal (Bryan Cranston). Están también el mejor amigo Stevie (Craig Lamar), la mañosa abuela Aida (Cloris Leachmann) y el espectacular Craig (David Anthony Higgins), el obeso compañero de trabajo de Lois.

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La ama en secreto

La magia de “Malcolm el de en medio” se encuentra precisamente en su talentoso elenco (resulta paradojal que el personaje más fome de Malcolm sea Malcolm). Desde la disimulada ternura de Dewey (-“¿Qué haces si te atrapa?” -“Me hago bolita” -“¿Y si te empieza a patear?” -“Sigo en bolita”) hasta la porfiada rebeldía de Francis (quien pasó de una escuela militarizada a ser explotado por una vieja en Alaska y terminó casado con una autoritaria mujer -como su madre- de nombre Piama), desde el simpático patetismo de Craig (homenaje al capítulo donde un mono niñera que lo cuida lo quiere matar) hasta la pandilla de amigos Krelboyne que le siguen el juego en todo a Malcolm (repudio al amargo profesor que en un capítulo los hace competir entre ellos para agobiarlos sicológicamente).

Pero de entre todos los personajes, hay uno que destaca de manera inusitada y que, por lo mismo, merece párrafo aparte. La genialidad de Bryan Cranston -hoy un consolidado actor de clase mundial gracias a su papel como Walter White en Breaking Bad- resalta como ninguna otra en esta serie. Hal Wilkerson es ese tipo de personaje que no se ve a menudo, un soñador padre de familia, buena persona, a ratos torpe e infantil (homenaje a cuando a veces se asusta y grita como mujer), testarudo y capaz de perseguir las más insólitas metas que se le meten en la cabeza, como cuando Malcolm le pide que le enseñe a patinar y despliega toda su destreza artística deportiva (probablemente una de las mejores escenas de toda la serie). Ídolo, figura, genio, homenaje:

Además de los divertidos momentos que cada uno de los 151 capítulos existentes nos entrega (no hay necesidad de poner risas grabadas para indicarnos cuando debemos reír), también hay otros que son dignos de la mayor emotividad. Como el capítulo cuando Lois, embarazada y agobiada bajo la lluvia, le pide a su esposo que le diga siete razones por las que vale la pena su matrimonio. Hal, apurado e inspirado, da vida a una de las declaraciones de amor televisivas más bonitas jamás dichas, la cual concluye con un hermoso “amo que nada en mi vida está completo hasta que no lo comparto contigo” (pueden ver la escena aquí).

O en el capítulo final, ‘Graduación’. La familia está buscando alguna forma para costear la educación de Malcolm, quien quedó seleccionado para estudiar en (Espacio) Harvard. En eso, un cazatalentos de la universidad llega a ofrecerle a él y a su amigo Stevie un trabajo como investigador con un sueldo millonario. Malcolm se alegra y está a punto de aceptar la pega, pero su mamá se interpone y rechaza la oferta, argumentando que su hijo debe estudiar y terminar una carrera. Malcolm, iracundo al respecto, le pide explicaciones a Lois. A continuación, otro de los diálogos más emotivos de toda la serie:

  • Malcolm: ¿¡Cómo pudiste hacerme algo así!?
  • Lois: Porque ibas a aceptar el trabajo y no te dejaremos desperdiciar tu vida.
  • Malcolm: ¿Qué parte de ser rico es desperdiciar mi vida?
  • Lois: Porque no es la vida que debes tener. La vida que te espera es ir a Harvard y aprovechar cada programa y ayuda que te brinden. Te graduarás como primer lugar y trabajarás en el gobierno como fiscal de distrito o en alguna fundación. Luego seras gobernador de algún estado y luego Presidente de los Estados Unidos.
  • (…)
  • Malcolm: ¿Y si no quiero ser Presidente?
  • Lois: Ya es muy tarde, tienes que serlo.
  • Malcolm: ¿También decidieron cuál sería mi tasa de impuestos? ¿Mis objetivos de política exterior?
  • Lois: Eso no importa. Lo que importa es que serás la única persona en ese puesto al que le preocupen personas como nosotros. Hemos carecido de oportunidades durante miles de años y en lo personal estoy cansada. Tú vas a ser Presidente, Malcolm, y no se diga más.
  • Malcolm: ¿Y no se te ocurrió que pude aceptar el trabajo, llegar a ser rico y luego comprarme la presidencia?
  • Lois: Claro que sí, no nos gustó la idea.
  • Malcolm: ¿¡Qué!?
  • Lois: Porque no serías un buen presidente, no habrías sufrido bastante.
  • Malcolm: ¡Me he pasado sufriendo toda la vida!
  • Lois: Lo siento, eso no basta. Sabes lo que es ser pobre y sabes lo que es trabajar duro. Ahora sabrás lo que es barrer pisos y romperte la espalda, lograr el doble que todos los que te rodean y no significara nada, porque te seguirán viendo en menos. ¡Y buscarás cómo poder agradarles, no lo lograras! Eso te dolerá, se enublecerá tu corazón, abrirás los ojos y al fin te darás cuenta que la vida es más que demostrar que eres el más inteligente del mundo. ¡Lo siento, Malcolm! No irás por el camino fácil. No el de la diversión, ser rico y tener una vida de lujos.
  • Hal: Ese es de Dewey.
  • Dewey: ¿¡En serio!?
  • Malcolm: ¡Esto es increible! ¿En verdad esperan que sea presidente? No, no, lo siento: lo que esperan es que sea el mejor Presidente en la historia de Estados Unidos.
  • Lois: Sólo mírame a los ojos y dime que no puedes hacerlo.
Lois es pueblo

“Lois es la clase obrera que debió postergar sus sueños de ser bailarina por convertirse en joven madre, sacrificarse trabajando de cajera en turnos nocturnos en un minimarket por un sueldo bajísimo y además hacerse cargo del bienestar de una familia compuesta solo por hombres. Rechazada por los parientes cuicos de Hal -quien, por lo mismo, eligió una vida junto a ella antes que sucumbir a la presión social-, la única esperanza en la vida de Lois es su hijo Malcolm. En él, que asiste a la misma escuela pública que sus hermanos, ve la posibilidad de redención y reivindicación de personas como ella, como ellos. Personas donde los tres hermanos duermen apretados compartiendo la misma pieza y hay un patio delantero seco y lleno de maleza. Lois, la mamá de Malcolm, es todas las mamás trabajadoras de Estados Unidos, Chile y el mundo entero.

La historia de Malcolm es, finalmente, la historia de una familia proletaria que deposita todos sus sueños en un hijo con un coeficiente intelectual alto. Porque detrás de las extravagancias de Hal o de la astuta inocencia de Dewey, hay un fiel retrato de la clase media baja estadounidense de principios del siglo XXI que deja entrever un subterráneo discurso: las vicisitudes del capitalismo salvaje se viven por igual aquí y en el corazón mismo del modelo. Porque en muchas familias trabajadoras de occidente podemos encontrar a un padre amoroso como Hal, una madre sacrificada y abnegada como Lois, un cabro chico busquilla como Dewey y un hijo problema como Francis.

Por eso nos gusta Malcolm. Porque, de una forma inconsciente, nos vemos representados en su historia: todos somos esa relación de hermanos que está a medio camino entre la rivalidad y la complicidad, siempre en las buenas y sobre todo en las malas. Todos formamos parte de este retrato de época, este retrato generacional de una vívida adolescencia millenial en la primera mitad de los ’00. Aunque, para ser sinceros, la verdadera razón no incluye tanta sociología: nos gusta Malcolm porque nos entretiene, nos hace reír y siempre está ahí para nosotros. Cada vez que despertamos un sábado a las 12 del día y vemos a Reese golpeando niños genios en el colegio, a Francis siendo explotado por su jefa en Alaska o a Hal entrenando caminata deportiva volvemos un poco a acordarnos de lo que éramos. Porque los actores que interpretaron a los personajes envejecen y seguirán envejeciendo junto a nosotros (Frankie Muniz acaba de cumplir 30 años), pero siempre que volvamos a ver un capítulo de Malcolm viajaremos, una vez más, a esa linda época adolescente donde nada era tan grave ni tampoco nada tan importante.

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Esto somos



10 comentarios sobre “Por qué nos gusta Malcolm in the Middle”


  1. nati heredia

    no puedo acordarme que capitulo,ni que temporada,solo recuerdo haberme meado de la risa cuando Hall le anesteciaron la mitad del cuerpo de la cintura para arriba por error,y salió arrancando del hospital por una cagazo que se habian pegado los hijos en la casa,esa manera de correr con las piernas como flash y de la cintura para arriba tieso…..si alguien se acuerda que me diga por fis que capitulo era

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