El Bowie de mi mamá

por Myriam Aravena

Sobre Myriam Aravena

Por Myriam Aravena

Recuerdo tardes de guitarreo con mi madre cuando yo era chica. Recuerdo pasar de ABBA a los Chalchaleros y a Adamo. Recuerdo que en esas tardes se colaba un coro: “There’s a starman, waiting in the sky…”. Era sólo una canción que además no entendía porque no sabía inglés, pero ahí estaba, la cantaba como podía.

No sé qué tanto conocía a Bowie mi mamá. En un mundo sin internet ni MTV, lo único que quedaba era la radio. Y en la radio no se veía la figura flacuchenta y andrógina del inglés. En la radio sólo podía escuchar el eco tan particular de su voz y esas melodías inolvidables.

Quizás si mi mamá hubiera nacido en la época de MTV no le habría gustado Bowie, lo habría encontrado “raro”. Mira que querer pintarse como una puerta, andar con esos tacos, usar esa ropa brillante y apretada. Eso claramente lo habría hecho un sospechoso, sobre todo en un país ahogado por marchas militares y música de Los Quincheros, un país gris y chato. O achatado a la fuerza, mejor dicho, bajo las botas de quienes nos robaron tanto, hasta la ilusión.

Pero el arte, el verdadero arte, supera esto. Las canciones de Bowie lo hicieron. Se colaron en la banda sonora de nuestras vidas y le dieron nombre a cosas que sólo intuíamos. Cosas que aún hoy no sabríamos explicar porque él parecía estar a años luz de este mundo. Un alien, como él mismo se definió en alguna de sus tantas personalidades. Eso fue, un ser extraño que no cabía en nuestras clasificaciones tan pequeñas.

No fue un hombre. Fue uno de los primeros íconos del rock en romper con el concepto de masculinidad. Se adelantó al glam ochentero, pero como siempre, fue más allá. Lo suyo no era sólo una parada estética. O sí, lo era, pero con un sentido más profundo que no pasaba sólo por lo comercial. Él era así. No era un hombre, era un ser inclasificable que él mismo se propuso multiplicar. Quería ser muchos (y quizás muchas). Quería ser lo que nadie había sido y posiblemente lo logró.

Hoy, alguien decía que hay tantos Bowies que seguramente hay alguno que te gustará. A mi mamá le habría gustado el Bowie de finales de los noventa, de terno, de la mano con Imán. Un hombre resuelto. A mí me cuesta encontrar con qué Bowie quedarme, creo que todos son extraordinarios.

Le tengo especial cariño al Bowie de “Life on Mars?”, una canción bella y extraña, una parodia tomada tan en serio que se convirtió en un himno. Me gusta ese Bowie de celeste, andrógino, captado por diferentes ángulos de cámara en medio de la nada, solo, llenando todo ese espacio en blanco con su presencia y su música, ésa que no dejaremos de cantar.

Elijan al Bowie que más les guste, da lo mismo cuál, todos son buenos. Elijan y canten porque su música es inmortal. Con mi mamá seguramente seguiremos cantando Starman, como muchos y muchas en todo el mundo, sin importar lo que creamos, o cuándo y dónde hayamos nacido.

“There’s a starman waiting in the sky
He’d like to come and meet us
But he thinks he’d blow our minds”



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