Ceremonia de licenciatura

por Javier Gallegos Gambino

Sobre Javier Gallegos Gambino

Pucha que es bonito egresar. Terminar cuarto medio, salir de la Universidad, de una carrera técnico-profesional. Es imposible negar la alegría incontenible de terminar una etapa (más o menos larga, depediendo del caso), sea porque se deja atrás una experiencia tortuosa, en cuyo caso el fin del camino es un respiro; sea por la emoción de acumular un logro en la miseria de la vida; o sea por el orgullo que representa para la familia esta situación. En cualquier caso, el final es un alivio que marca, por uno u otro motivo, la vida de quienes nos hemos enfrentado a dicha situación. Porque en la educación encontramos la forma de empatar, o al menos no perder por goleada, los priviliegios de la clase más acomodada de este país desigual.

Salir del colegio o egresar de la educación superior es un verdadero logro, que se asume y celebra como corresponde por las y los cercanos que desde la emoción agradecen ver cómo se concreta una meta que -por las condiciones materiales de su pasado- conocen parcialmente o simplemente desconocen. Ser el o la primera de la familia es, en ese sentido, una hazaña que no se puede dejar de reconocer.

Y de la mano de este triunfo, encontramos una celebración que repleta las agendas de todo Chile en el mes de diciembre: la ceremonia de Licenciatura. Llena de protocolo, la ceremonia referida es el lugar donde todas las verdades se tocan. Trajes empaquetados, estreno de tacones altos, ramos de flores y el orgullo familiar fundido con el nerviosismo propio de la situación. La licenciatura es una instancia memorable, que en sus finos detalles pasa a transformarse en un recuerdo para toda la vida. Los momentos son conocidos por todos, y acá rescatamos los más importantes:

1. Se ruega apagar los celulares.

Existe una regla universal que no admite prueba en contrario: por más que se pida que los celulares se silencien o apaguen, siempre habrá uno que sonará en el momento menos indicado. El ringtone que se alza en el silencio absoluto es acompañado de un susurro-pifia generalizado del público, que indignado se cuestiona cómo, una vez más, la desobediencia normativa se hace presente en una instancia tan solemne como ésta. Por eso estamos como estamos, dirá alguna abuelita resignada.

2. El himno nacional

Aquí nos sentimos absolutamente Viva Chile. Nos ponemos de pie, para entonar el himno nacional, saludando al pabellón patrio que se alza en el imponente mástil al centro del escenario. “Que o la tumba o serás ¡DE LOS LIBRES!, ¡O EL ASILO CONTRA LA OPRESIÓN!” se escucha con fuerza el coro del himno patrio, caldo de cultivo para que el nacionalismo escondido se pueda expresar de forma libre, fuera del comentario de Emol y del fascismo de twitter. Aplauso cerrado al terminar. Tomamos asiento y continuamos.

3. El discurso largo y fome del/la director/a o rector/a

“Estamos aquí celebrando el término de una etapa, pero celebrando el comienzo de una nueva, llena de esperanzas (…)”. Ya lo sabemos, señor, señora. No es necesario que lo vuelva a repetir, si escuchamos lo mismo todos los años. Si ni siquiera nos conoce tanto, cómo va a hacer un discurso tan largo y fome, si no queremos escucharlo. La ansiedad del momento no admite palabras demás. Termínelo, profe, que queremos ir a descorchar la champaña. Necesitamos liberarnos para hacer válida la reserva en el restorán chino o la parrillada. A los diez minutos ya nadie más lo escuchó, lo único de lo que se está pendiente es de aplaudir al momento de cerrar. Váyase y no vuelva señor, señora, su discurso predeterminado nadie lo compra.

4. Entrega de diplomas (Por favor, rogamos aplaudir al final de la lista de nombres)

Es ciertamente el clímax de la ceremonia. Por fin se hace carne tantos años de esfuerzos y miserias, en un diploma que seguramente se enmarcará y colgará en algún lugar privilegiado de la casa. Suena “Muchacho, vete ya” de Ella Baila Sola. Y se lo pido por favor, señor animador y animadora: déjeme aplaudir a mi hijo, a mi hija, que está recibiendo su premio; no me venga con esa estupidez de respetar el protocolo. Si nos costó tanto, a todos, déjenos ser felices y celebrar al menos en el aplauso y el grito. ¡ESA ES MI HIJA/O MIERDA!, grita un padre o madre desbordado de orgullo. Por fin se logró, carajo, después de tanto sufrimiento.

Bonus track: la ovación que se lleva el/la compañera repitente que llegó en algún momento al curso. Doble homenaje por el esfuerzo y la superación de la adversidad.

5. El Fotógrafo

Pasarán los años, la palabra de Dios, terremotos y tragedias naturales; pero una institución que no mutará jamás es la del fotógrafo oficial de las ceremonias. Viejo chanta y usurero. Nos cobras 15 lucas por una foto que obviamente queremos comprar, porque el recuerdo hay que tenerlo desde todas sus fases. Ojalá algún día los defensores religiosos de la libre competencia se manifiesten con fuerza contra este verdadero monopolio del retrato; ahí los queremos ver, contra ese enemigo concreto y determinado que año a año ocupa, además, un lugar privilegiado para inmortalizar los principales hitos de la ceremonia.

Sea como sea, el egreso es fiesta, alegría y orgullo. Porque después de doce -o más- años en el colegio, o después de 5 -o más- años en la Universidad, logramos algo: tener bajo nuestra manga un título, un diploma, un “algo” que nos permite salir a enfrentar, de alguna forma aunque sea mínima, el duro mercado laboral.



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