Crónica de un norte que no ha perdido la esperanza

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval
Fotos: Ange Verdugo Luna

Desde Diego de Almagro

Colchones, peluches, cocinas, refrigeradores y más colchones. Aún relucientes, pese a las toneladas de polvo reflejadas en manillas tiesas. Impunes, desobedientes se repiten en el antejardín de cada casa los electrodomésticos rebeldes a abandonar los hogares que les han dado sentido. Quisquillosos, egoístas los microondas que no quieren ser menos ante las decenas de banderas chilenas izadas en media cuadra de Tierra Amarilla, Los Loros, Chañaral, Paipote, El Salado y Diego de Almagro. Banderas que alineadas por el viento, con hoyitos y un blanco percudido imposible de sanar para el más extremo comercial de Ace, le gritan al cielo -ignorantes de lo que representan- que por sobre las paredes humilladas por un metro y medio de lodo, la dignidad no ha sido tocada ni un solo milímetro.

En centenas de esquinas de la región de Atacama, los sillones viejos apilados cual bolsas de basura a la espera del camión, más que pena o lamento para los miles que se quedaron con lo puesto, es un auténtico triunfo. La demostración más visible para los camiones, voluntarios y equipos de emergencia que llegan consternados, que lo más importante, la vida, ya se salvó, que la mierda está en pleno proceso de limpieza y que la única dirección de la tragedia es salir adelante. Negarlo sería desconocer en lo absoluto el carácter de los rincones mineros, arraigados en lo seco, en la escasez del verde, en la familiaridad del tóxico. “El que ha sido minero sabe lo que es la dureza. Siempre he salido de peores”, afirma, sonriente, el jefe del departamento de desarrollo social de Diego de Almagro, con ese barro bien líquido –el que más les gusta a los niños a la hora de hacer una guerrita de barro- hasta la pelvis. Antes, el dirigente había terminado de sacar la totalidad de diez casas ajenas. La suya la dejó para el final.

A veces, los nortinos dan la impresión de que no lloran, como si en esos rostros toscos, con arrugas que en cualquier país fácilmente pasarían por cicatrices causadas por cuchillos, las balas nada hicieran. Menos las lluvias, los aludes, los brujos y terremotos. La mirada fija, la talla corta y la espalda cuadrada refuerzan una estética detenida en el tiempo, de movimientos precisos y efectivos. El sentimentalismo está fuera de sus órbitas. Lo perdieron generaciones atrás, en la inexistencia de los árboles, en el afinamiento de la vista para reconocer una y otra roca, en las travesías pirquineras, picota al hombro, mascando sal en cada respiro, con la luna y un colega como únicos testigos. Y de regreso a casa, esa que construyeron con sus propias manos después de la faena, a puro adobe, a pura calamina; a pura fe en el trabajo como consecuencia de un destino. A pura sintonía con cerros que si no los miras diariamente, a todo instante, buscando la aparición milagrosa de un metal, nada te dicen.

La frialdad aparente con que cargan los ojos de quienes hablan con los cerros siempre es alentada por el calor de una llama que nació con ellos, en los cuadros de Allende colgados en el comedor de los viejos, en la consigna libertaria pintada en cada población. En la vieja sindicalista que concentra todo el brillo posible en catastrar a todos los trabajadores de su división minera para acudir con una caja de arroz y tallarines con salsa. Y después de alcanzar la seguridad de que nadie está pasando hambre, llamar a todo lo llamable para pararle el carro a Codelco y a las empresas contratistas que tratarán de sacar cualquier provecho de la situación de catástrofe, cursando términos anticipados de contrato, descontando días o dando “vacaciones colectivas”, medida que bajaría drásticamente el sueldo del trabajador minero, que hace su salario casi de puros bonos de producción y de metas de prevención de accidentes.

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Esas viejas, esos viejos, que no saben de otra vida que no sea la de lucha, la de constante pelea frente al tedio de cordilleras que no nacieron para regalar sus rocas, frente a un desierto que más se parece a Marte que a un espacio para gozar de la existencia, son los que llevan diez días pala al hombro recibiendo con alegría a los solidarios compatriotas que se han trasladado hasta miles de kilómetros para colaborar en algo en el retorno a la normalidad de lugares en los que sólo debería haber lamento.

Los nortinos, reacios furibundos de la pena, cómplices naturales de la guerra, hoy están abriendo su corazón compungido, resignados ante lo que califican una manifestación de la naturaleza. Los nortinos, hoy están organizándose en juntas de vecinos, comités de ayuda y coordinaciones de emergencia para exigir a las autoridades la más efectiva distribución de alimentos, manos y carretillas. Porque por más hermosa que sea la reacción del espíritu chileno que tras decir conchetumare hace deo para partir en consuelo de los más necesitados, hoy no está alcanzando. La mierda se metió a los escondites más sagrados de las familias. En las piezas de los niños, en los veladores matrimoniales, en los álbumes de fotos. En la platita guardada por ancianos debajo de colchones que hoy son parte de un río. En las casas de los perros que se fueron –todos- a su cielo, dejando su recuerdo en un olor a descomposición que ya forma parte de la atmósfera del centro de Copiapó.

La dureza del minero no alcanza. Las agallas del desierto necesitan a toda la extensión de la Patria. Recorriendo pueblo por pueblo, las calles, los pasajitos más ocultos entregan la imagen de parejas de abuelitos que con una pala llevan una semana tratando de bajar el barro de apenas una pieza, tratando de salvar apenas una bicicleta. Son viejitos que no tienen la capacidad física para llegar a un albergue, para salir a la esquina para que los vean los repartidores de los centros de acopio. Son abuelitos que hoy ganan 120 lucas de pensión, y que en décadas pasadas hicieron grande al norte de Chile, hoy tapizado de tranques de relave y mineras extranjeras que burlan el concepto del royalty. Son viejitos que dan la impresión de ser invisibles para una zona que muestra su progreso en camionetas rojas con antena y precios de un PIB per cápita que no nos pertenece. Son viejitos que sólo necesitan a tres cabros por una semana, vacunados y con botas de agua. No te van a pedir más. Te van a alimentar con lo que no tienen, te van a contar sus penas como quien se las cuenta a un hijo, te van a dar el nombre de cada uno de sus animales. Y si los sabes tratar, hasta una lágrima te pueden regalar estos viejos que felices esperan la muerte, al lado de gallinas y rocíos nocturnos, pero no hundidos en el barro. Es lo único que hoy pide una dignidad que no se ha tocado. Una dignidad que no alcanza a ser cubierta por la ayuda del Estado, burocratizada y focalizada en sectores insuficientes.

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El norte está acosado. Recibió una afrenta sin precedentes. Un mazazo que se llevó cañerías de pueblos completos, que tardarán entre tres y seis meses en recuperar el agua potable –Diego de Almagro-; un golpe que quiso ser fatal convirtiendo en caca las cosechas de miles de temporeros que viven de las uvas en el invierno –Los Loros-; una afrenta que hizo desaparecer hornitos recién comprados de mujeres solas que sólo viven de empanadas –San Antonio-; un ataque que además de tener sin casa, tiene aterrados a los que dejaron todo en ciudades del sur para trabajar con mínimos derechos laborales en mineras de medio pelo que ya se están haciendo las vivas. Un vejamen que, quizás por negligencia o incapacidad técnica, demostró que nuevas obras públicas como tajamares o piscinas de contención simplemente no sirvieron.

Pero el norte, que si uno se despista te confunde con una fiesta patria, una que mezcla banderas chilenas de orgullo y otras negras de repudio a la vida insostenible, no está dispuesto a asumir la más mínima posibilidad de una derrota. Como dicen las sábanas que mantienen en pie ventanas sin puertas y habitaciones sin camas: con paciencia saldremos adelante. Con trabajo reconstruiremos de vuelta. Porque perdimos todo, pero no perdimos la esperanza. Por Alvaro, el bombero de 16 años desaparecido por salvar a una abuelita y una niña. Por todos los muertos.

Carro desde el que Alvaro salvó vidas durante el alud
Carro desde el que Alvaro salvó vidas durante el alud



2 comentarios sobre “Crónica de un norte que no ha perdido la esperanza”


  1. Que lindo como describes a la gente del norte.Nos forjó el desierto y nos baña la sal. Para nosotros, la lluvia es bella, pero muchas veces, un peligro inconmensurable. La más ligera llovizna acá es un todo un acontecimiento. Esta vez, fue una sentencia de muerte.
    Yo escribo desde Arica, donde no nos alcanzó la tragedia, pero nos duele igual, porque entre relaves, el eterno espejismo de la abundancia que llegará de mano de la minería, entre polvo, tierra y espinos, somos hermanos. Y saldremos de esta, porque el norte nos dio alma y manos de roca.

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