El calor

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Ayyy mamita que hace calor. Están cayendo los patos asados. Está fuerte el caregallo. Las cosas que pasan con el calor en la cuenca de Santiago, el valle del Aconcagua, Talca, Chillán y toda la zona central del país hablan de lo más auténtico de lo nuestro. Mientras el frío nos esconde, nos pone más regalones y nos obliga al refugio para aguantar la escarcha de las ocho de la mañana, el calor nos saca pafuera todo el potencial caribe que disimulamos en otro tiempo. Y sacamos las guatas, las poncheras grasientas sin disimulo. Las sudaderas se arremangan hacia la altura de las tetas dejando a vista y paciencia un ombligo del demonio junto a tatuajes de baja fineza artística. Los Garra Blanca y Ché Guevaras se lucen en pantorrillas sopeadas y en brazos cortados por un cambio de color camionero. Las camisas de los viejos sobre setenta años se tapan de aureolas en axilas agonizantes, aureolas que llegan hasta la solapa de la prenda, donde descansa pidiendo auxilio un pañuelo de género mojado, totalmente mojado.

Tema aparte es el micro clima que se forma al interior del taxi-colectivo. Si te toca al medio, cagaste. Por la derecha tu brazo queda pegado, cual perro haciendo el amor, con el del amigo pasajero. Por la izquierda, te vai resbalando con el sudor del otro acompañante. Al bajarte, la polera te queda pegada a la zona lumbar y en lo único que piensas es en las “a 700 las Vitales”, que antes de líquido son 90% hielo.

En la micro, el asiento -ya sea el plástico gris de la Transantiago o el cuero café de la micro de región- derechamente quema.

En la casa, ya no se sabe qué hacer. Para variar, el agua de la llave sale caliente y los hielos fueron completamente secuestrados por el hermano mayor. El perro jadea todo el día, llenando su hocico de moscas, las que ven truncado su paso a la cocina por un visillo confeccionado especialmente en su contra.

Ni pensar en dormir de día, una tarea imposible. O se te para una mosca en la cara, o se te pega la sábana al cuerpo. Afuera, los cabros chicos en un incesante jolgorio: la guerra es de agua y se hace con cualquier tipo de implemento. Bombas de agua, pistolas de agua, manguereo o tacitas. Lo que sea. Todo sirve. Y siempre felices. Nadie se enoja, aunque no falta el niñito o niñita mañosa que pone el parelé. Repudio a mojarte las patas sobre el pasto, pasar al cemento y ser vaporizado inmediatamente. En la esquina, la venta clandestina de cubos -anunciados con un cartel terrible humilde- no da abasto. Leche-Plátano, frambuesa, naranja y chocolate. Sabido es que hay que gritar mínimo cinco veces para que salga la vendedora. Y si no salió, al negocio mierda: las ventas de Fruna suben exponencialmente, de la misma forma que los helados Melevi, décadas vendiendo a cincuenta pesos.

Pero los curaos saben que no todo es negativo. A las doce de la noche puedes seguir con tu atuendo de media tarde -cosa suya si se ducha-, carretiando colmado de coquetería hasta las cuatro de la mañana, todavía con calor. Luego, a las ocho, ya se estará puteando otra vez. La frazada que tapa la ventana no puede más con el sol y los rayitos malditos avisan que un nuevo día infernal llegó. Un día más de verano mediterráneo en Chile, con temperaturas que nos sacan lo loquito que llevamos dentro, aburriéndonos de dejar tanto a la imaginación y mostrando al mundo lo que Diosito bien nos dio. (Repudio al acoso sexual callejero)



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