En el diván de mi mamá: Homenaje a los terapeutas del pueblo

por Cristobal Palma

Sobre Cristobal Palma

Por Cristóbal Palma

Formo parte de la manoseada cifra con que el modelo defiende los supuestos beneficios que ha traído el mercado educativo a Chile, de esos que por mandato moral debería prender velitas a Ricardo Lagos y no ser malagradecidos con el CAE. Formo parte de la archi nombrada “primera generación de profesionales”, pero eso bien entrecomillas, porque mi mamá es psicóloga y no sólo eso, mi mamá tiene su propia consulta donde atiende de lunes a domingo.

En la consulta de mi mamá no hay gruesos tomos de libros empastados en cuero, ni suvenires traídos de Europa o Bangladesh; no hay títulos mandados a enmarcar, ni bustos de otrora próceres de la academia. Tampoco hay un diván. Lo que sí hay son grandes estanterías blancas, que en vez de libros tienen abarrotes, decoradas por dibujitos y stikers regalados por los niños. Lo que sí hay es una patente municipal enmarcada en plástico. Lo que sí hay son máquinas ruidosas. No hay diván, ya dije, solo una silla escrupulosamente situada al otro lado del mesón, para hacer más atractiva y cómoda la terapia.

En el diván de mi mamá no se discriminan casos por extrema gravedad, se atiende a todos: chiquillas embarazadas, suicidas potenciales y reales, penas de amor, síndrome del nido vacío, infidelidades, violencia intrafamiliar, estrés laboral. Siempre está dispuesta a dar un consejo, a escuchar historias terribles y regalar un dulce a los niños. Aun cuando le valga un drama propio. Es que mi mamá se lleva la pega para la casa, la mastica y discute, para volver al día siguiente con un nuevo camino, como un faro que alumbre las perturbadas mentes de los vecinos de la villa.

Mi mamá hace turno ético, a veces ni le pagan, otras veces una compra de 100 pesos (sin boleta) basta para iniciar la terapia, un cigarro suelto, un caldo Maggi y vamos desenrollando el entuerto. A diferencia del saturado sistema de Salud Pública, en el diván de mi mamá no hay listas de esperas, ni vuelva mañana; se atiende por orden de llegada, y cada uno tiene su turno. Si se trata de un caso grave, frunce el ceño diciendo “qué le doy vecina” y ahí la vieja entiende que hay que volver en otro momento. Porque mi mamá se toma en serio su trabajo, porque mi mamá es promotora de la salud mental del pueblo.

Homenaje a mi mamá, y con ello a todos los almaceneros de barrio, verdaderos servidores públicos de la patria, terapeutas del pueblo. Homenaje a la vieja del negocio, último bastión de solidaridad de la pobla que no nos ha quitado el neoliberalismo.




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