Homenaje a Gustavo Cerati

por Sebastián Flores

Sobre Sebastián Flores

Por Sebastián Flores

¿Qué más se puede agregar a todo lo que se ha dicho tras la noticia que remeció a América Latina la mañana del jueves 4 de septiembre del 2014? Miles de notas de prensa, de minutos televisivos, de posteos de Facebook y de especiales de radio ocupados en dar cuenta de lo importante, lo trascendente que fue para muchos la vida y obra de aquel histórico personaje llamado Gustavo Adrián Cerati Clark. Y aun así, todavía, pareciera que quedan cosas por decir.

Las razones de tanto revuelo, tanto trending topic, tantas canciones sonando en su honor en tantos hogares de tantos países distintos son obvias y son pocos lo que se atreverían a contradecir la siguiente sentencia: Gustavo Cerati es el músico más influyente de todos los que alguna vez lo han intentado en este hemisferio.

Su muerte -confirmada a las 13 horas por el director médico de la Clínica ALCLA, lugar donde se encontraba en coma desde el 2010- fue el golpe que movilizó los sentimientos de millones de latinos durante toda una tarde. No era para menos: se ha ido el hombre que compuso canciones que se convirtieron en la banda sonora de sus vidas. Canciones con las que se enamoraron, canciones con las que bailaron y sufrieron por amor, canciones con las que crecieron y con las que se acompañaron en sus penas y en sus alegrías. En definitiva, canciones que han resistido el paso del tiempo y que han envejecido junto a tres generaciones de latinoamericanos.

No obstante, y pese a su indiscutible popularidad, no todos están de acuerdo con la idolatría que genera el hombre criado en el acomodado barrio de Barracas en Buenos Aires. Algunos simplemente lo ignoran, pero otros tienen dardos para disparar y lo hacen: que Cerati es un “careta”, que hace música funcional al sistema económico neoliberal, que es un plagiador que siempre está robando ideas de bandas del primer mundo o que nunca tomó posición frente a los procesos políticos y sociales que se han vivido en las últimas cuatro décadas en el subcontinente de las venas abiertas.

¿Política?
¿Política?

Pero no hay que confundirse ni centrar el tema en eso, pues la cosa es clara: Gustavo Cerati nunca fue un sujeto político. Nunca se interesó en asumir un rol social ni tampoco alzó banderas de ningún tipo. Incluso, en septiembre del 2009, Cerati declaró a una periodista colombiana que “el arte no me interesa si está mezclado con la política. Hay gente que lo hace bien, pero yo tengo demasiada confusión en mi cabeza como para decir ‘esto me gusta’ o ‘esto no me gusta’”.

Aunque no compartimos para nada sus dichos, no son esos los parámetros con los que sopesamos su obra. No. A Cerati lo sopesamos por otras cosas: por lo sensorial, por los vínculos emocionales que logra conectar con tantas personas, por la capacidad de acompañar con su voz esos sentimientos humanos que, a través de su excelsa capacidad compositiva, fluyen hacia nosotros de maneras que superan lo racional.

Por eso la América latina lo llora, por eso Cristina Fernández de Kirchner declara dos días de duelo nacional mediante decreto oficial, por eso músicos de todos los estilos le agradecen públicamente su influencia –la cual en muchos casos fue la razón por la que empezaron a hacer música-, por eso el gobierno chileno entrega condolencias de manera oficial a la embajada argentina a través de su Secretaria General de Gobierno. Porque en la cancha de los criterios estrictamente musicales, son escasos los argumentos para confutar lo importante que fue su legado en la cultura popular de Argentina primero y del resto de la Patria Grande después.

La historia de Cerati es, necesariamente, la historia de Soda Stereo. Esa historia que, en un principio, es la misma que la de tantos jóvenes que alguna vez se aventuraron al sueño de la banda de rock. Formados en 1982 -en medio de la Guerra de las Malvinas y de los últimos meses de la dictadura militar de Jorge Videla-, aquellos tres veinteañeros alcanzarían una extensa carrera de quince años donde lograron todo lo que ninguna otra banda había logrado antes en el Cono Sur.

Su chimbombo con Zeta y Charly
Su chimbombo con Zeta y Charly

Dos años después de la formación, cuando los militares ya habían abandonado el poder, Soda Stereo lanza su disco debut: ‘Soda Stereo’ (1984). Un álbum de canciones livianas, bailables, inspiradas en el sonido de The Police y sin mucho contenido, pero que gracias al decreto que prohibió tocar música anglosajona en las radios tras la derrota en Malvinas, obtuvo el impulso necesario para hacerse un nombre en la incipiente escena pop bonaerense.

Al mismo tiempo que el gobierno de Ricardo Alfonsín buscaba instaurar la paz social (con el Informe Sábato y las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida mediante), Soda Stereo comenzaba a perfilarse como la banda más importante de toda la camada de grupos que conformaron ese fenómeno musical llamado rock latino. Con ‘Nada Personal’ (1985) se consolidan en Argentina y su nombre cruza Los Andes hasta Chile. Con ‘Signos’ (1986) su repercusión se expande tanto que, tras dos noches seguidas como plato fuerte del Festival de Viña del ‘87, logran escalar por el Pacífico Sur hacia Perú, Ecuador y Colombia. Con ‘Doble Vida’ (1988) conquistan Venezuela, el Caribe y se hacen famosos en México y en algunos barrios latinos de Estados Unidos. Para fines de los ‘80, ya eran la banda más popular de todas las que había entre el Estrecho de Magallanes y el Río Grande.

Se podría seguir hablando y hablando de su trayectoria, de lo vanguardista que fue Soda en los ’90, de cuando ese sonido light del primer disco desapareció, sus letras adquirieron cierta belleza estética y lograron conjugar elegancia y experimentación con masividad como pocas bandas lo han hecho en el mundo. De la postal que dejaron el ‘97 con ese concierto de despedida en River Plate, del breve pero espectacular regreso de Soda el ’07 -que permitió que muchos jóvenes cumpliéramos el sueño de verlos en vivo- o de la carrera solista de Cerati, que lo mantuvo siempre en lo más alto de la música en español durante la primera década del siglo XXI.

Pero para qué ahondar en más detalles de su carrera o de su vida personal que se pueden encontrar googleando en los miles de artículos que han salido estos días. Cerati murió y más allá de todo lo que su figura implica, nos dejó lo más importante: canciones. Hacer el amor escuchando álbumes como el ‘Bocanada’ (1999), el ‘Dynamo’ (1992) o el ‘MTV Plugged: Comfort y Música Para Volar’ (1996) es una experiencia majestuosa que cada persona debería experimentar no una, sino muchas veces. En todos sus trabajos se pueden encontrar armonías y melodías construidas con la precisión de un arquitecto para transmitir sensualidad, nostalgia, esperanza o desamor. Incluso el menospreciado ‘Fuerza Natural’ (2009) es un disco muy bonito que dejó a Cerati tan satisfecho que llegó a confesar: “si yo me retirara ahora, en este momento, me iría contento”. Meses después de dar esa cuña, cayó en un sueño del cual nunca pudo despertar.

Fue tanto el progreso que tuvo su carrera que incluso muchos de sus detractores cambiaron de opinión con el paso de los años. Personajes que en su momento lo criticaron por su superficialidad y su falta de compromiso social al final cayeron rendidos ante el virtuosismo de sus composiciones. Por decir un par de nombres, tanto Carlos “el Indio” Solari (líder de Los Redondos) como Jorge González (líder de Los Prisioneros), supuestos rivales en Argentina y en Chile de Soda Stereo –representantes de ese rock político que Soda siempre se negó a hacer-, han asegurado con el tiempo de que en realidad dicha confrontación nunca fue tal.

El Indio Solari, a quien se le atribuyó una rivalidad casi futbolística con Cerati, finalmente desmintió todo aquello y ha afirmado que “él es muy fashion, más frívolo, más cool; y yo más crítico, más ríspido, más ácido, pero creo que es uno de los mejores músicos, de los más prolijos, de los más trabajadores, de los más meticulosos de la cultura rock de la Argentina. Lo respeto porque trato de hacer lo mismo con mi trabajo”. Jorge González, en tanto, llegó a hacerse un harakiri y reconocer que todo lo mal que habló de ellos fue porque “yo siempre admiré a Cerati, Alberti y Bosio porque eran unos capos. Les teníamos envidia porque nos volaron la raja. Ellos fueron famosos en toda Sudamérica y nosotros queríamos ser eso y no lo fuimos”. Hasta Ricardo Mollo, ex compañero de Luca Prodan en Sumo (quien siempre fue el más crítico detractor de Cerati), hoy expresa palabras de dolor y reivindica la importancia de su figura.

Gustavo Cerati y Cecilia Amenábar (las chilenas somos buenas)
Cecilia Amenábar, su esposa 1992-2002 (las chilenas somos buenas)

Sea cual sea la opinión que cada cual tenga respecto a Cerati, es innegable su impacto en la cultura pop latinoamericana. Su muerte la lloran no sólo los autoproclamados melómanos, que prefieren resaltar su lado más vanguardista y desconocido; sino también todos los latinos que lo primero que aprendieron a tocar en guitarra fue ‘De Música Ligera’, que en los ’80 bailaron un lento y dieron su primer beso al son de ‘Trátame Suavemente’, que en los ’90 gozaban viendo el sicodélico y sensual videoclip de ‘Zoom’ por el MTV Latino o que en los ’00 se les apretó el corazón con ‘Crimen’ tras alguna dolorosa ruptura amorosa. En el fondo, Soda Stereo es parte medular –nos guste o no- de nuestra híbrida identidad como pueblos hermanos.

Cerati murió y quizás debería haber muerto hace rato. La larga agonía de cuatro años en estado vegetal fue innecesaria y dolorosa, más cuando el 2012 se aprobó la Ley de Muerte Digna en Argentina que permite la eutanasia de manera legal. Pero aun así, su partida se siente porque a muchos de nosotros su música siempre nos acarició un poquito el alma y nos permitió sobrellevar nuestras vidas con un poquito más de energía en el corazón. Por eso este humilde homenaje que sólo busca expresar el sentir que muchos latinos tenemos hacia Gustavo Cerati (1959-2014), quien hartas veces nos ayudó a estar un poquito más alegres y un poquito menos tristes. Gracias por tanto, ídolo. Vuela alto.

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5 comentarios sobre “Homenaje a Gustavo Cerati”


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  2. Gabriela Martín

    Que te puedo decir? Que señalaste todo lo que siento.
    Que más allá de mi profundo amor por su música, por lo estético y el arte que impulsó de identidad al rock latinoamericano, en tus palabras relatas todo lo que fue y será. Es leyenda. Y sí, su música es el soundtrack de mi vida y por todo lo que bellamente y con aprendizaje me queda por vivir.
    Gracias totales.
    Gabriela.

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  3. gabriel rodríguez

    Un grande total, a medida que fuí creciendo me lo banqué musicalmente siempre, aunque me molestaba un poco la postura apolítica, nos regaló música de lo mejor que se ha escuchado en este continente A ratos sensorial y cósmica a ratos pop y bailable. Un miscelaneo total reconocido hasta por sus supuestos rivales.
    Además uno de los que mejor entendió a spinetta en argentina.

    Grande Ceratí

    esta es mi canción favorita de soda, a modo de homenaje.

    https://www.youtube.com/watch?v=VqMCWW0SphQ

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  4. Si bien Soda es una de mis bandas favoritas, nunca encontré que Cerati fuera TAN genio. O sea, un capo, pero nunca lo encontré tan innovador. Encuentro que el primer disco de Soda es horrendo, aunque ahora me da pena y trataré de no chaquetearlo tanto. Yo soy sodista del Signos pa adelante. De todas maneras, creo que las canciones de Cerati (me carga “Gus”) saben calar en uno, te hacen experimentar muchas emociones. Y sí, hay que ponerla escuchando el Dynamo, es una experiencia religiosa, como diría Quique Iglesias. También recomiendo el Sueño Stereo, que además tiene un arte muy sensual, con esposas y todo.

    En fin, gracias Cerati por volver con Soda, por los shows impecables que se mandó (era pal hoyo verlo en vivo, saliai peinado pa atrás, era muy potente) y también por las amistades, los amores y los recuerdos basados en su música. Es lo importante. El resto, paja molía. Besos y abrazos.

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