Homenaje a Iván Luis Zamorano Zamora

por Sebastián Flores

Sobre Sebastián Flores

Por Sebastián Flores

La primera vez que lo vi jugar fue por televisión, el sábado 7 de julio de 1996. En aquella época a mí no me gustaba el fútbol, pero algo hizo que en esa ocasión estuviera por primera vez atento a la pantalla durante un partido.

La noche era torrencial, igual que las emociones. Yo estaba en el cumple de un amigo de mi hermano, tenía 10 años y todo lo que mostraba la señal de TVN me parecía nuevo y apasionante. Chile contra Ecuador, 3° fecha de las eliminatorias para Francia ‘98 y una caldera de más de 75.000 personas llamada Estadio Nacional. Esa noche había relámpagos y granizos, el temporal era de tal intensidad que apenas se podía andar por Santiago. Pero aunque no hubiese sido así, de todas formas las calles estarían vacías porque la selección volvía a jugar de local en una clasificatoria mundialista como no lo hacía desde el 1-1 con Brasil el ‘89 (duelo que antecedió al Maracanazo del Cóndor Rojas que dejó al país fuera de Italia 1990 y de la posibilidad de concursar en Estados Unidos 1994).

Lo que más me llamó la atención de la tele fue el 9 del equipo, un hombre de rasgos picunche-criollos, cabellera semi-larga -como la de un toqui- y con un brazo envuelto en la jineta de capitán. Ese varón, atacante, metió dos cabezazos dentro del arco: uno sin necesidad de saltar y el otro de palomita -hermosa jugada, subvalorada por algunos amantes del fútbol-, tras la cual salió celebrando con una polera que decía “Yo ♥ a Claudio” (su primo Claudio, quien había muerto recientemente) y que además abrochaba el 4-1 final a favor del local. ¿Quién era ese delantero? Su juego aéreo era increíblemente letal y su entrega dentro de la cancha era a prueba de todo. Esa noche sentí por primera vez algo parecido a la idolatría.

Poco menos de un año después lo vi por primera vez en vivo. Para ese entonces yo ya era un hincha del fútbol, del Colo, de la selección y de su capitán. Fue en el Monumental David Arellano: Chile contra Venezuela, 11° fecha, martes 29 de abril de 1997. La selección ganó 6-0 y él hizo cinco de los goles, algo inédito tanto en eliminatorias sudamericanas como en la historia de la Roja. Pocos se acuerdan, pero en ese partido él erró un penal y yo lo lamenté como si fuera una jugada decisiva del encuentro. No pude evitar sentir un leve -muy leve- gustito agraz al salir del recinto de Macul esa noche.

No obstante aquello, dos de los goles que hizo contra Venezuela me hicieron verlo como un ídolo absoluto: un brinco altísimo que se transforma en cabezazo tras pivoteo de Pedro Reyes, y otro que fue un toque de revés precioso luego de un centro a media altura de Marcelo Vega.

Ese mismo año, el domingo 20 de julio, lo vi de nuevo desde el codo norte del Nacional, contra Paraguay en la 14° fecha, y nuevamente me emocioné con su talento: la capacidad de echarse el equipo al hombro, su liderazgo innato -tanto dentro como fuera de la cancha- y su enorme habilidad como center forward. Esa noche no sólo abrió la cuenta con total frialdad desde los 12 pasos tras falta en el área a Víctor Hugo Castañeda, sino que una vez más mostró ese talento no he vuelto a ver en futbolista alguno: centro desde la derecha de Cristián Castañeda y un salto a lo Michael Jordan que, desde el estadio, parecía como un helicóptero, un ser etéreo que se suspende en el aire con total quietud, esperando en las alturas que la pelota llegue hasta su testera para transformarla en gol.

Más adelante me enteraría que desde niño Iván pasaba horas tratando de cabecear las ampolletas de su casa. Sin ese antecedente me parecía inexplicable, a mis 11 años, comprender cómo podía elevarse tan alto, mantenerse flotando unos instantes y además golpear el balón con tanta potencia. La admiración que me producía era mucha, sobre todo porque Zamorano tenía una estatura apenas por sobre el promedio para un atacante (1,79 metros). Eso para mí le daba mucho mayor mérito a su obra.

En aquellos años (1996-1997) poco sabía -más allá del presente inmediato- de la ya amplia trayectoria de Iván Luis. Apenas sabía de los derroteros que durante los tempranos ‘90 lo convirtieron en el máximo ídolo del fútbol chileno tras el fin de la dictadura. Así, de a poco iría explorando, leyendo e investigando sobre Bam Bam, averiguando tantas otras cosas sobre su vida y su carrera.

Por ejemplo, me enteraría que jugó cuatro temporadas en el Real Madrid y fue pichichi de La Liga ‘94/’95, que de hace un tiempo era un orgullo nacional y que por él los chilenos seguían al equipo de Franco con mucha más devoción de lo que se siguió al Barcelona de Alexis. O que su carrera comenzaría siendo campeón 1986 de la 2° división en el humilde Cobreandino de Los Andes, que ya al otro año sería parte del plantel sub-campeón de la Copa América ‘87 y goleador de la Copa Chile en Cobresal, que luego fue contratado por el Bolonia italiano y cedido a préstamo al Saint Gallen de Suiza donde hizo equipo -entre la nieve y el frío europeo- con Hugo Rubio y Fabián Estay. O que en la Copa América del ‘91 sería el 2° goleador de la competencia, sólo superado por un joven Gabriel Batistuta.

Revisando nuevos y viejos ejemplares de Revista Don Balón, siguiendo con atención sus entrevistas y reportajes por TV o prensa escrita, me enteraría de más y más cosas. En 1992, luego de tres buenas temporadas en Suiza (fue apodado “Iván, il temmible” en el neutral país mediterráneo), llegaría al Sevilla español de la mano de Vicente Cantatore. Si bien no deslumbró tanto como en Saint Gallen, bastó con pinceladas de su talento para que el equipo más poderoso del mundo, el Real Madrid, se interesara en él.

Que vuelva la Don Balón
Que vuelva la Don Balón

Después que lo conocí me volví fan y lo seguí en cada paso de su carrera. Lo vería tener campañas regulares en Italia, pero aún así ser ídolo de la hinchada y ganar una Copa UEFA el ‘98. Lo vería ser goleador de las eliminatorias con 12 tantos y clasificar al Mundial de Francia. Viviría la frustración de no verlo marcar en la Copa del Mundo (se merecía al menos el gol a Austria que el arquero Konsel mandó con las uñas al corner) y luego la gloria de verlo ser el máximo artillero de los Juegos Olímpicos del 2000, donde reforzó aquella sub-23 que sacó medalla de bronce en Sidney. Lo vería alcanzar el cuarto lugar en la Copa América Paraguay 1999, con aquel mítico partido de cuartos de final donde marcó un gol en la remontada contra Colombia que finalmente ganamos 3-2.

Lo seguiría, sobre todo, en las postrimerías de su carrera. La campaña en el América de México, donde haría dupla junto al Pájaro Hernández y ganaría los playoffs del fútbol azteca el 2002 con un tanto suyo. Las eliminatorias a Corea-Japón, donde Chile terminó último y Zamorano anunciaría su retiro de la selección, pero no sin antes regalarnos un gol en el histórico 3-0 a Brasil en el Nacional el 2000 y el triunfo 2-1 a una titular Francia el 2001. En ese encuentro, un amistoso organizado para su despedida de la Roja en Ñuñoa, salió entre lágrimas y la ovación estridente del público, el cual repletó hasta las escaleras para agradecerle por tantas alegrías.

Aunque esa no fue su despedida definitiva del fútbol, vale la pena recordarla como tal. Pues su adiós no tuvo la impronta que se merece un jugador de su valía. Fue en un encuentro oficial. Más aún, en una final de campeonato. Tras su paso por México, Zamorano vuelve a Chile el 2003 a retirarse jugando en Colo-Colo para así cumplir el sueño de toda la vida de su papá, colocolino de tomo y lomo, quien murió cuando Bam Bam tenía apenas 13 años.

En el Colo, Iván se encontró con un club quebrado financieramente, por lo que jugó seis meses gratis, sin cobrar ni un peso. Allí tuvo la posibilidad de jugar la Copa Libertadores (el mejor torneo del mundo) y también de anotar ocho goles en la liga local, llevando a su equipo a la final del Apertura contra Cobreloa. El final fue nefasto: Colo-Colo cayó por 0-4 en la vuelta en Calama (tras un 0-0 en el Monumental) y Zamorano se iría expulsado tras agredir al árbitro Chandía cuando ya la final estaba consumada. Por el incidente, recibiría diez partidos de suspensión de parte de la ANFP. Razón por la cual, con 36 años, toma la decisión de colgar los botines del profesionalismo para siempre.

Jugó gratis y ahora lo huevean por sus deudas (el pago de Chile)
Jugó gratis y ahora lo huevean por sus deudas (el pago de Chile)

Es tanta la relevancia que ha tenido la vida y obra de Iván Zamorano para la cultura pop chilena que, sin duda, ha influido -para bien o para mal- en la conformación del Chile contemporáneo. Son tantas las historias y anécdotas que abundan sobre su vida fuera de la cancha que sería un exceso contarlas todas. Pero vale decir al menos que Bam-Bam es lo que es tanto por su juego dentro de la cancha como por su esforzada historia personal. Nacido en el seno de una humilde familia de clase media-baja, Zamorano pasó los primeros años pichangueando en el polvo de las canchas de la Villa México de Maipú, comuna desde donde comenzó a forjar su oficio. Primero como zaguero, a la larga como hombre de área.

Luis Zamorano, su padre, quien trabajaba como conductor de un camión de Coca-Cola, sería el ideólogo de su amor por el juego. Desde la más tierna infancia, Luis lo alentó a chutear la pelota y driblear por las calles de La Legua, la población que lo vio nacer. “Hay que ayudar a los más necesitados y no olvidar de donde uno viene”, le decía; y por eso mismo nunca dejó de llevarlo los fines de semana de vuelta a La Legua a jugar con su abuela y sus primos (que aún hoy viven ahí), pese a que ya en ese entonces vivía en Maipú. Pero don Luis murió de peritonitis cuando el pequeño Iván apenas alcanzaba la adolescencia y su madre, la querida Alicia Zamora, se quedaría sola con sus dos hijos. Las cazuelas y el cariño del hogar, donde convivía junto a su hermana Erika, lo guiaron por la senda del esfuerzo y la perseverancia.

PATRIA
PATRIA

Después la historia es conocida. El delantero fue ascendiendo, jugando en clubes cada vez más importantes hasta alcanzar lo más alto del fútbol mundial. Zamorano es, entonces, hijo del rigor. En términos neoliberales, un “self made man”. Su despegue coincidió con la transición, hecho histórico que lo transformó en una especie de ícono de los nuevos tiempos. No sólo era la cara visible de un Chile con mala reputación internacional tras 17 años de sanguinaria dictadura militar, además su figura era el fiel reflejo del sistema heredado: el ejemplo de valor e hidalguía que permitiría que todo niño pobre que patea piedras debería seguir, pero también el ejemplo de la lógica de la superación de la pobreza y el emprendimiento que tanto pregonan los teóricos del libre mercado.

Cuando en 1994 Jorge Valdano, nuevo técnico del Real Madrid, afirmaba que Zamorano era el quinto delantero y el quinto extranjero, fue como si se hubiera hecho un agravio a todo un país que estaba renaciendo. Pero Iván se podía sobreponer a todo y a punta de goles se ganó la titularidad, fue pichichi y anotó el gol del campeonato. Una situación análoga a lo que fue la Expo Sevilla ‘92, donde Chile llevó un iceberg que simbolizaba la transparencia del periodo post-Pinochet, buscando blanquear el pasado reciente de nuestra nación. Coincidentemente, ese mismo año Zamorano era jugador del Sevilla.

Chile sale al mundo y lo ahce con cara de indio
Chile sale al mundo y lo hace con cara de indio

Iván abrió el camino en muchos otros aspectos que superan lo netamente futbolístico. Su vida amorosa, por ejemplo, marcó los destinos culturales de este país. Desde Paola Camaggi hasta Maria Alberó, pasando por la pelea entre su ex polola Daniella Campos y Titi Ahubert en la discotheque Skuba -incidente que en 1999 fundó lo que hoy conocemos como farándula-. O su paradigmática relación con Kenita Larraín, la cual tuvo un matrimonio frustrado que le dio el impulso necesario a programas como SQP o a la nueva línea editorial de LUN, la cual gobernó el sentido común de los chilenos en la primera década del siglo XXI.

Zamorano además forjó el ícono del chileno medio de nuestros tiempos: arribista (no duda en ocupar caros trajes Armani y perfumes Calvin Klein para tirar pinta o usar un estilo hipster cuando se pone de moda), pero buena gente. En cada país donde reside se le pega el acento (hasta en el DF adquirió el tono mexicano) e incluso ni siquiera es necesario que vaya a vivir al país, como cuando el 2010 fue a una entrevista de DirecTV Sports en Argentina y apareció hablando en trasandino. Común fue verlo también sacando a relucir su faceta de músico frustrado, interpretando ‘Bailar Pegados’ o ‘Tus Viejas Cartas’ en Viva el Lunes, canciones que emulaba desde que tenía 17 años y era fanático tanto del rock argentino como de la balada italo-latina.

También no deja de ser considerable que, al contrario de la mayoría de los futbolistas, Iván Zamorano sí tenía opinión política: siempre se identificó con la obra de los gobiernos de la Concertación. En una entrevista a revista Caras, a principios de los ‘00, admitiría declararse parte del proyecto de la nueva democracia y simpatizante del entonces Presidente Ricardo Lagos. Además, en 1998 fue reclutado por la ONU para ser embajador de Unicef en Chile, por lo que asume un rol activo al colaborar con las políticas públicas de las administraciones Frei, Lagos, Bachelet e incluso Piñera. Zamorano es, en esencia, una viva imagen del país que ha construido el socialismo renovado, la Democracia Cristiana y el gran empresariado.

La panacea de su compromiso ciego con la Concertación se vivió el 2007, en la fallida implementación del Transantiago que tanto daño le hizo a la capital y donde Iván fue el rostro emblema del proyecto de su amigo Ricardo Lagos. Quien fuera uno de los personajes más queridos de la historia reciente del país, pasó a ser repudiado por la misma Señora Juanita que tantas veces el ex Presidente PS-PPD sacara a colación. Zamorano se refugiaría en su megaproyecto de la Ciudad Deportiva en la elitista comuna de Las Condes, donde, desde las alturas, junto a su hermana Erika -quien asumió la dirección ejecutiva de la Fundación Zamorano-, observarían el nuevo Chile que florece tras el despertar del 2011.

Como sea, y más allá de su implicancia como sujeto histórico, el recuerdo que me queda de Iván y de su carrera es la de una infancia edulcorada con sus goles, con su infalible cabezazo, con su capacidad de salto, con su aguante al bajar a buscar balones a la mitad de la cancha, por defender con tanto ímpetu cuando se requería, por levantar al equipo cuando la moral desvanecía, por hacerme celebrar tantas veces. En definitiva, por hacerme un poco más feliz. Iván Luis Zamorano Zamora es producto de las circunstancias, de un momento histórico en particular. La historia lo juzgará (y probablemente lo absolverá). Pero por ahora, homenaje. Homenaje total.

Que no se entere la OCDE
Que no se entere la OCDE



11 comentarios sobre “Homenaje a Iván Luis Zamorano Zamora”


    • papito papurri papa

      Compadre, el centro forward es parte del léxico del pueblo que se formó de manera autodidácta en la terminología futbolera al amparo de Revista Estadio. Centro forward, half policia, abrir el scor, el scorer, wing derecho e izquierdo, el lineman son las palabras con que nuestro pueblo analiza y comenta el jurbol

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    • Son los nombres que se usaban antiguamente, como hace unos años en que se ocupaban los números para designar posiciones, siempre que veo fútbol con mi tata me habla de wing, center forward y back centro, junto con sus historias de ir a ver los cuadrangulares de fútbol en el nacional con sus amigos y sanguchitos y volver caminando por matta a la hora del loli sin problema alguno, a mi me suena muy pueblo.

      Saludos.

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  1. Inolvidable la imagen al terminar el himno nacional en el Mundial del ’98, Zamorano arengando al equipo con un “Vamos conchetumadre”. Notable.

    Coincido con quien pide un homenaje al Matador, tremendo goleador de origen mapuche.

    Saludos Seba.

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  2. Jugadorazo, si jugara hoy valdría unos 100 millones de euros. En su tiempo quizá pasó más piola porque fue una década de goleadores monstruosos: Stoichkov, Kostadinov, Suker, Ronaldo, Asprilla, Batistuta, Klinsmann… y podría seguir y seguir. Y así todo, entre ellos Zamorano siempre destacó, siempre fue de los weones más temibles que podía enfrentar un arquero o un defensa.

    Repudio infinito y profundo a los ignorantes en fútbol que repetían como pelotudos lo de “es malito pero esforzado”, giles que no dimensionan la cantidad de técnica que hay que tener pa cabecear con precisión y potencia, el timing pa recibir pelotazos de 30 o 40 metros, la capacidad de remate en poco tiempo y espacios reducidos, y cuántas más. No tenía dribbling, eso es todo, así como tampoco lo tenía Rivaldo o Valderrama. Hasta era capaz de generar fútbol en las pocas veces que se echaba atrás, como ese centro perfecto que le tira a Salas para que el Matador mate a Colombia. Y si contamos cómo aguantaba marcas y presionaba, sumamos todos los ingredientes pa un crack de esos que se ven pocas veces en la vida.

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    • rodrigo si me lo chupai te lo digo

      rodrigo culiao aweonao, lee el post completo y veras que no es asi
      pero bueno, que se puede pedir de alguien que probablemente sea de las madres, eso si es una verdadera verguenza

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