Homenaje a la semana santa del pueblo

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Uno de los momentos más tediosos para la vida de un niño es acompañar a su abuelita, mamá, tío, o quien sea que se lo pida, al vía crucis del viernes santo. Pasar una por una las estaciones, esperando lo antes posible la próxima parada del sufrimiento de Jesús -y así terminar rápido con la interminable caminata poblacional-, es una actitud que apenas se frena con la culpa. La culpa de que diosito no se vaya a enojar por no sentir propio el desangramiento del cuerpo de Cristo. La culpa por, en lugar de ir balbuceando el Padre Nuestro, dedicarse a cuartear a quien te gusta, y mirar potos y tetas antes que cuidar la llama de la vela que se lleva en la mano. Vela que es amenazada por el incesante viento de mediados de abril a las ocho de la noche.

Las viejas cínicas, en tanto, esas que apañan a la santísima trinidad en la medida de lo posible, esas que se acuerdan de la virgen cuando la escala Richter supera los 7 grados; se paran en la puerta de sus casas, o en el portón de fierro del pasaje, con rostros de haber perdido a su propio hijo. Mentirosas. La pena es total y ante sus ojos más que un vía crucis pasa un funeral. Incluso lágrimas salen de las señoras, quienes secan su rostro con el paño de cocina que las secunda desde el hombro, y cuyo olor les recuerda que tienen que ir a meter las empanadas al horno. Viejas lindas, aunque repudiadas por las ultronas del movimiento viacrucil, que se tapan la boca para evitar gritar “a la calle los mirones no se hagan las hueones”. Porque para ellas el vía crucis es la the real marcha de todas las marchas. Es cultural. Tan cultural como portarse bien y no decir garabatos hasta que al tercer día resucite de entre los muertos.

Las interminables horas del vía crucis; la eterna tarde del viernes santo; y las trompetas apocalípticas que musicalizan la película “Jesús de Nazareth”, estremecen de forma tal a los niños, que no comer carne se transforma en una orden del corazón, secuestrado por el sentido común súbitamente evangelizado. Y pensar en carretear pasa a ser, lisa y llanamente, una ofensa a la nación. Nación que está de luto quiéralo o no la jurisdicción laica que hace rato nos separó del Estado y borró del mapa a los hijos naturales. Todo eso, mientras en el living comedor se instala un olor al pino preparado con jurel tipo salmón que costará días extirpar, tanto del estómago como de las cortinas y sillones. Todo eso, mientras en la tele se suceden las escenas de Jesús que nos enseñaron el evangelio mejor que cualquier lectura de la biblia en una clase de catequesis. ¿Qué porcentaje de chilenos sabrá que el actor protagonista de Jesús de Nazareth NO ES JESÚS? tarea para Ciper.

El silencio se toma la casa cuando en la Panasonic de 32 pulgadas nadie libre de pecados tira la primera piedra a la prostituta. Los milagros se hacen realidad cuando los panes y pescados se multiplican a las 20:25. Y David Copperfield es un moco cuando el hijo de Dios camina por sobre las aguas de un océano. Y está nublado, siempre el viernes santo está nublado, aunque el sol esté presente. Y no se mueve nada. Los viejos del sur ordenan a sus hijos permanecer casi tan muertos como Dios. No se puede escuchar música, clavar, tejer, lavar, ni realizar trabajo de ningún tipo. Es pecado. Tan pecado como no ver Jesús de Nazareth o Marcelino Pan y Vino (para los especializados). Y ni pensar en masturbarse.

Son las nueve de la noche, las empanadas ya se te repiten; y de un minuto a otro casi la totalidad de la familia chilena ha reafirmado su catolicismo, ese de yo creo en dios a mí manera, ese de “Farkas tiene el cielo ganado”, “que te vaya bien en el nombre del señor”, y “ni dios lo quiera”. La fe de los compatriotas que han conocido la pobreza se luce en ese feriado descansado que conecta a los explotados con la trascendencia. Esa trascendencia que encuentra la plenitud en “mientras mis hijos estén bien, yo soy feliz”. Es la modestia judeocristiana que los inquilinos trajeron de la Hacienda y que se curtió mientras el barro invernal azotó a las poblaciones callampas. Y es que sólo una creencia sobrenatural sostiene el ímpetu en las víctimas de tal miseria.

A las 12 de la noche, cuando Jesús ya ha pedido perdón en la cruz por los que no saben lo que hacen, el temor de Dios es el tema central de la existencia. O tal vez no tenga nada que ver Dios. Es el silencio, ese espacio de pausa lo que ha invadido todo.

Pero el cura ya no es lo de antes. Y los fieles tampoco. Los stickets de la Radio María pegados en las ventanas de las casas disminuyen cada año, y se ha hecho casi imposible encontrar un cabro chico que se sepa el Credo y no titubee al recitar “Creo en Dios todo poderoso, creador del cielo y la tierra”, que al fin y al cabo es lo único que queda en la cabeza cuando las décadas mundanas pisotean el recuerdo de los años católicos. Ahora “los curas son pedófilos” y “la iglesia es corrupta”.

Súbela Radio
Súbela Radio

De a poco también, se extingue de las cocinas el calendario del salmo 91, reemplazado por la imagen de Felipe Camiroaga o la marca de la empresa de gas del barrio (“OrteGas”, y otros). Y ya es una proeza captar voluntarios para la función de Jesucristo Súperstar que prepara el Municipio, en cuyos ensayos han nacido tantos amores.

Calendario  Febrero 2011 Salmos 100_1

Antes, cuando los curas eran personaje fijo –y clave- en la teleserie de las ocho. Antes, cuando la parroquia era el hito social de las ciudades; los sábados santos eran días inexistentes, donde todo estaba postergado, apagado, como suspendido. El almuerzo se servía tarde y sin interés. Eran las sobras de las empanadas las que bombardeaban el estómago hasta la acidez. Austeridad a toda prueba.

Todavía me acuerdo cuando se estrenó “La Pasión de Cristo”, quizá el último producto de la industria cultural que remeció el espíritu de los que alguna vez han hecho un vía crucis. Hasta los viejos salieron llorando de la capilla cuando Mel Gibson más bien era un pedazo de carne roja, tras miles de latigazos que dejaron chico al rubio de pelo largo que TVN nos ha presentado como el Mesías.

INRI
INRI

Al aproximarse la noche del sábado, toda la atención se desvía hacia el chocolate que a la mañana siguiente aparecerá escondido en forma de huevos en los lugares más obvios de la casa. Los niños no pueden ni dormir. La ansiedad es casi tan alta como la de un 24 de diciembre. Hasta los veinteañeros se preguntan antes de dar el último giro de la almohada si al despertar habrá pasado también el conejito para ellos.

A las siete de la mañana despiertan los más golosos, sorprendidos por pisadas fabricadas con talco por las madres, y desesperados a la caza de los productos que enriquecen a costa y ambrosoli.

En la complicada tarea de esconder los huevitos y mini conejos, los papás pueden ocupar dos estrategias: la primera, y más floja, es dejar todos los huevos en un mismo recipiente con su respectivo fondo de algodón o pajita (se ocuparán dos o más dependiendo de los niños); o repartir las decenas de huevitos por toda la casa, incluyendo jardines y techos. Al lote. Pero que no quede la menor duda que serán encontrados todos. Tarde o temprano. Esta última fórmula suele usarse en los llamados “choclones” familiares, consistentes en la reunión en una sola casa de todos los primos de un clan.

By CCU
By CCU

Pero no es tan perfecto. La lucha de clases y el coeficiente de Gini no tardan en expresarse en el principal símbolo de la desigualdad de un domingo santo: cachar si los huevitos son huecos o rellenos, y si son chocolate puro o simple grasa. El lunes, en el colegio, la discriminación se hará notar. No va a faltar el desubicado que saque un Kinder Sorpresa frente al pobre que no vio pasar al conejito o que se tuvo que conformar con media docena de sabor a tabletones Fruna. Ni faltará el poco cristiano “Kiko del curso”, que se jacte del conejo de treinta centímetros que apareció a los pies de su cama. Alabado sea el bello acto de los niños que llegan con un huevito a regalar por cada amigo que se tenga.

Por la noche, en tanto, monseñor Ezatti hará valer el 33% de la propiedad que aún mantiene el Vaticano sobre Canal 13, y pondrá a algún cura a dar un mensaje de amor y religiosidad antes de que el reality “Generaciones Cruzadas” nos recuerde lo difícil que es en la sociedad del espectáculo abordar la trascendencia. Y de vuelta a la rutina del trabajo, la verdadera santidad de los sufridos. Con horarios de mierda para alcanzar un sueldo digno, y luchando día a día con los propietarios de un país cuyo nivel de explotación está en las antípodas del discurso cristiano 🙁




5 comentarios sobre “Homenaje a la semana santa del pueblo”


  1. Homenaje a llenarse de esperma de vela la mano en el Vía Crucis. Ni el cartón a modo de candelabro que ponían las mamás al medio de la vela te salvaba. Y en el infantil Temor de Dios, era una falta de respeto demostrar sufrimiento o hastío por estarte quemando, volviéndose más bien una manera de hacer propia la muerte de Jesús.

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  2. Palhoyo, hoy escusho una voz de flaite alteráh” MANTENLOOOO 0:<<", miro por la ventana con el numero de los pacos ya marcado. Es un horda de jóvenes Talita (sectajuvenilcatolica) vestidos de milicos y con un yisus ensangrentado acto seguido veo a mi madre con tata y su pololohuaso todos con velitas en una botella cortáh.

    Paginaculia la raja.

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