Homenaje a los papás y mamás que alguna vez se vistieron de viejitos pascueros

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Existe tanta belleza en la magia del creer. Es tan intensa la luz de los niñitos desesperados en ojos gigantes y líquidos moviéndose a todas partes en las esquinas de las villas y poblaciones a las doce de la noche. Estremece de alegría del vivir el darse una vuelta, cuando faltan cinco minutos para el 25 de diciembre, por los pasajes de la cuadra. “Ahí va”, dicen papitos y mamitas que se han pasado todo el año trabajando, todo el mes estresados sacando cuentas y cuentas, poniendo caras a las amigas y vecinas para que presten la tarjeta, y así comprar algo de los regalos pedidos por los niños ignorantes de la violencia del dinero, absortos en una cápsula de tiempo que dice que todo es posible, que dice que el play station lo fabrican renos imaginarios en un planeta blanco y rojo, planeta que no está más que en las manos de sus héroes de carne y hueso haciendo turnos extras, en las manos de sus mamitas haciendo empanadas y tortas para juntar los pesos que soportarán su dignidad. La dignidad de regalar navidad. Porque eso hacen nuestros papitos y mamitas esta semana, nos regalan el sueño de las luces y colores que no tienen otro objetivo que juntarnos y sentirnos contentos. Que no tienen otro objetivo que el sentarse engalanado, con una pilcha nueva en una mesa que nos atiende como a los más. No a los más ricos, no a los más destacados, no a los más diferentes. A los más queridos.

Porque ¿qué es sino cariño, el papá treintón de 1989 vistiéndose de seda roja, calurosa y fluorescente, pegándose con torpeza algodón apelmazado en las barbas de quijadas flacas, con la absurda intención de no ser reconocido? Y es tan terrible la pureza de los que con cuatro años creemos en todo, temerosos y radiantes, que nos sería imposible ver a nuestro papi en esos ojos profundamente pascueros. Nos sería imposible descifrar en los arrítmicos jo jo jo el tono de voz que media hora atrás nos trató de mi wachito, mi niñito, mi guagua. No, frente a nuestros ojos está el viejito pascuero. El mismo que dejó pruebas en el entretecho. Huellas que no son más que pedacillos de algodón arrancados de un colchón por la mamá, que tiene como única misión de noche buena ver a sus niñitos felices, para que así conserven hacia el pedregoso camino del crecimiento el tesoro de un recuerdo en el que todo es posible. Todo mierda. Y qué más da tener las manos acalambradas de por vida. Y qué más da la escoliosis que no tiene cura, de vivir tanto agachada, limpiando y cocinando. Qué más dan las caderas que amenazan con no dar ni un año más. Qué más da la aspereza de las manos. Qué más da el no tener más formas de entender la vida que trabajando, prohibidos del ocio. Qué más da todo esto si los niños que ayer creyeron, gracias a la locura de recrear un mundo de pascueros, un mundo de conejitos de domingo santo; gracias a cumpleaños celebrados irrestrictamente -en lujo o cesantía-, hoy realizan sus sueños y siguen creyendo en el amor, en los valores del respeto y la solidaridad. Porque yo, su papi, porque yo, su mami arrugadita y perfumada como Dios, lo dejamos todo para que creyeran. Como hermanitos o como hijos únicos. Como hijos criados por la abuela o por una madre sola y soltera. Para que simplemete creyeran.

Homenaje a los papás y mamás que alguna vez se vistieron de viejitos pascueros.



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