Homenaje/Repudio al aserrín

por Farruko

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Por Farruko

Mientras se escribe esta columna, Santiago recibe las peores lluvias continuas en más de diez años, la Gran Avenida se inunda, la gente hace escándalo en la tele y capitalinos y provincianos se pelean en las redes sociales por quién es el más llorón. Todos parecen perder de vista que tanto estas lluvias como las anteriores han evidenciado la lenta desaparición de un elemento otrora vital en Santiago para el buen funcionamiento de la ciudad en días de diluvio.

Colegios, universidades y oficinas lo necesitaban para evitar que sus pasillos quedaran negros y los cabros chicos se sacaran la chucha jugando en el patio techado, y su estela amarillenta esparcida por todos lados al finalizar el día era una marca registrada del Chile pre-OCDE.

Estamos hablando del aserrín. Esa mezcla de desechos de la industria forestal molidos que, en aquellas mañanas de lenguaje o matemáticas a las que llegábamos lamentando que el intendente no hubiera suspendido las actividades académicas en la región, nos hacía sentir en medio de un bosque de pinos por su amable e inconfundible olor a madera exógena.

Le hacemos un homenaje al aserrín porque forma parte de la memoria de generaciones que, a lo largo del Chile lluvioso, lo llevaron en sus zapatillas durante días y ensuciaron la sala, el patio, la micro y la casa gracias a su capacidad notable para atraer la humedad y aferrarse a cualquier superficie.

Pero este homenaje a la vez es un repudio, porque el aserrín está asociado a otro elemento que ha dejado paulatinamente de ser el protagonista de los despachos en vivo del matinal: el barro. En aquel Santiago anterior al cemento barato de las autopistas concesionadas, en el cual abundaban los campamentos y las veredas de tierra en los barrios periféricos, el barro era lo peor del invierno, la muestra patente del país de infraestructura precaria que éramos (y seguimos siendo debajo de esa delgada capa de alquitrán aplanado). Invierno era sinónimo de mediaguas y niños embarrados esperando a que la municipalidad les pasara un plástico para cubrir la pieza de palos y cartones en las que dormían familias enteras.

Pero no era necesario vivir en una toma para ser víctima del barro. Hasta entrados los 2000 era totalmente seguro que camino al colegio o a la pega tendríamos que caminar por algún barrial. Ahí era cuando el aserrín se volvía vital para no dejar la cagá en todas partes.

Sin embargo, el Santiago post-Ricardo Lagos, afanado en convertirse en capital OCDE con metas como la erradicación de los campamentos y la “revolución del transporte” del Transantiago, gastó todo lo que no se invierte en educación, salud y pobreza, en infraestructura urbana. La idea es ser un país de mierda, pero que no se note. Así los campamentos se convirtieron en casas chubi o guetos tipo Bajos de Mena, y se pavimentó absolutamente todo, provocando que, sin darnos cuenta, el barro que marcó al Chile popular durante toda su historia moderna, dejara de ser tema en la capital.

Con el ocaso del barro, también está desapareciendo lentamente el aserrín, y nos entra la nostalgia de pensar cómo un elemento natural tan simple y barato podía ser pieza fundamental del país jaguar de América Latina.
Seguramente el aserrín sigue siendo protagonista en regiones, donde el desarrollo centralizado de Santiago no llega. Suertudos ustedes de poder todavía disfrutar de ese perfume, de esa eficiencia para mantener los edificios sin manchas negras, de su origen en los bosques de pinos y eucaliptos que están destruyendo el ecosistema nacional, de su infinita capacidad para esparcirse y ser la pesadilla de dueñas de casa y auxiliares de colegio.
Gracias por todo aserrín, tradición republicana. Esperamos no tener que verte nunca más.

20 mil dólares per cápita
20 mil dólares per cápita


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