La borrachera: la última esperanza de la patria popular

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Tanto y tanto cuesta encontrar en lo cotidiano de las grandes urbes nacionales esas tradiciones, esos símbolos comunes, y en último caso, ese mito que nos llevó a tener sentido como patria, que con cada celebración de fiestas dieciocheras, el florecer natural de ese Chile borracho, meado y callejero, emociona.
Siendo quizás el único país latinoamericano que no cuenta con una carnavalesca semana anual de jolgorio y desenfreno, quizá motivado por razones políticas construidas a través de la Historia, la chilenidad genuina del campesino se ha marginado al folklore, a lo pintoresco, e incluso a lo divertido y ceremonial. Pero siempre como excepción, como algo ajeno.
En el colegio, la educación en torno a ese sentido de patria popular se enseña en láminas “Croacia”, donde uno tiene que recortar siluetas de Kultrunes y huasos, de chicha y de copihues, de la misma forma que de Arturo Prat Chacón y la Esmeralda.
Entonces, este estudio colegial desde un espectro superior, no hace más que alejar a los ciudadanos de su pertenencia con esa unidad que debiese ser construida en la calle, en la fiesta, en el trago, en el barrio.
Por eso la hermosura de la saturación de nuestros rincones con terremoto en estas fechas. Chicha, ponche y pipeño evocan en nuestras mentes veinteañeras el año ’92 o ’93, cuando los papás adornaban el pasaje de la población y compartían un ponche a la romana para todos los vecinos.
Esa es la verdadera unidad que justifica compromiso afectivo con una bandera convertida en miles de tiritas de nylon atravesando los cables. Esa es la unidad que se destruye durante casi todo el año, salvo para el 18 de septiembre, cuando el pueblo se toma, excepcionalmente, su poder.
Es el chileno borracho, ese que causa gracia y apoyo cuando mea en la calle. Ese que conmueve cuando yace muerto de cocío en el suelo. Ese perro quiltro vestido con polerón de polar con motivos banderiles. Ese es el motivo para seguir buscando el sentido de nuestra patria secuestrada por la hegemonía del mercado en todos los aspectos de la vida. Ese es el sentido de nuestra pertenencia y de sus orígenes.
Bueno sería que esa buena onda no cambie durante las otras semanas del año, cuando se mira con asco a los vagabundos cuando se suben a la micro, y todos se alejan de su condenable hedor limosnero.
Por eso como La Feria hacemos el llamado a hacer patria, esa de Manuel Rodríguez, de Balmaceda, de Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende, tomando. Bebiendo hasta la última gota de nuestra tierra. Porque de esta forma, entre lagrimones de nostalgia y cuecas de Tito Fernández, sabremos nuevamente por qué estamos aquí.



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