Por qué queremos a Homero Simpson

por Nicolás Cabargas

Sobre Nicolás Cabargas

Por Nicolás Cabargas 

A Los Simpson los conocimos en Canal 13 y en el horario de trasnoche después de Video Loco, durante la década de los 90. Si bien desde entonces la familia amarilla comenzó a estar presente en Chile, ya sea en la pantalla del trece o en adornos de ferias artesanales donde Bart enfundado en la camiseta del Colo orina una insignia de la U (o viceversa), fue en realidad hace poco más de siete años que esta serie comenzó a ser un elemento indispensable de la televisión chilena y, por tanto, de todos quienes fuimos criados por la mal llamada caja idiota.

Durante  el verano de 2008, la denominada “parrilla flexible” de Canal 13 se encargó de entregarnos los capítulos de Los Simpson durante horas y horas. Para todos los sub30 sin cable en sus casas, esos meses de vacaciones, Báltica (baltilocas: ¿homenaje o repudio?) y sudor, estuvieron marcados por la presencia de los habitantes de Avenida Siempre Viva #742. Y fue entre tanto capítulo repetido que Homero J. Simpson se robó nuestra atención con irracionales actitudes y una aparente oligofrenia.

Con tres hijos no planeados, un jefe explotador, sueldo miserable en una empresa multimillonaria y severos problemas con el alcohol, la vida de Homero comenzó a ser parte de la nuestra durante cada desayuno, almuerzo y once. Porque a pesar de desarrollarse todo en la ficticia ciudad de Springfield, lo bonito de este hombre es que bien podría haber acompañado su nombre con el apellido González o Tapia (homenaje a Los Prisioneros).

TE AMAMOS
TE AMAMOS

Un personaje que podría haber estado confinado al odio o la burla, se nos plantea como el más tierno de los antihéroes. No importa su flojera, alcoholismo o estupidez irracional; ya que pese a las cagadas que se manda constantemente, Homero es por sobre todas las cosas alguien bueno. Debajo de los dos pelos que cubren su cabeza, la mente de Homero tiene como único fin la felicidad de los suyos, y aunque el noventa por ciento del tiempo mete las patas, siempre es “sin querer queriendo”. No le importa estar estancado laboralmente en el sector 7G, no se preocupa por tener hipotecada la casa tres veces, no le duele el tener que recibir en su casa a Apu, Otto, Artie Ziff o al vagabundo creador de “Tom & Daly”. Homero no se preocupa, solo sonríe.

Homero nos gusta. Porque ahí donde todos actuarían como las hueas, Homero se luce demostrando siempre un corazón noble. No importa si su amigo Moe Szislak lo caga con la -originalmente llamada- Llamarada Homero, un licor hecho secreramente a base de remedio para la tos; o si lo deja en la cárcel por un amor pasajero (repudio a Renee). Él está ahí dispuesto a refinanciar su taberna o a ayudarlo a convertirse en una estrella de la televisión (con resultados sexuales).

Homero nos gusta porque cuando su enemigo número uno, el estúpido y sensual Ned Flanders, se encontraba al borde de la ruina, fue Homero el que hizo de su tienda un éxito comercial. Porque cuando se convirtió en el elegido de los Magios, utilizó su poder para ayudar al mundo. Porque bien puede ser astronauta, artista conceptual, estrella mundial junto a Los Borbotones o un superhéroe bajo el nombre de Hombre Pie, pero siempre al final de la jornada, Homero se sentará a disfrutar de la compañía del alcohólico y desaseado Barney Gómez.

Homero nos gusta porque es papá. Porque con las limitaciones intelectuales propias de alguien con un lápiz de cera en la cabeza, Homero hace todo lo que sea necesario por sus hijos. Aunque no le guste escuchar a Lisa, aunque estrangule en cada capítulo a Bart y olvide constantemente la existencia de Maggie, el amor de Homero por sus pequeños logra tapar los errores y horrores con los que nos divierte. Tener un segundo trabajo en el minimarket de Apu para pagar los gastos del Pony de Lisa o convertir la casa en un hostal para pagar el campamento de obesos de Bart es sólo una muestra de lo que haría por sus hijos. Como en el capítulo “La reina de la belleza”, cuando Lisa, debido a una caricatura que hicieron sobre ella en una feria, se encuentra insegura acerca de su apariencia; al darse cuenta de esto, Homero vende un ticket que le permitía viajar en el zepelín Duff (uno de sus sueños) para poder inscribir a su hija en el concurso “Pequeña Señorita Springfield”. El momento en que Lisa se escapa llorando avergonzada e insegura al escuchar de la inscripción, da paso a una de las frases más bonitas de la serie:

  • Marge: ¡Homero! Lisa está sensible sobre su aspecto. Esto es lo último que necesita.
  • Homero: Pero creo que va a ganar.
  • Bart: Papá, no has visto las niñas que hay en esos concursos. ¡Guau, guau, guauuuu!
  • Homero: Oye, ninguna es más bonita que mi nena.
  • Marge: Mmm, la miras con ojos de padre.
  • Homero: Pues si pudiera sacarle los ojos a otra persona y ponérmelos un rato Marge, lo haría. Pero para mí Lisa es hermosa. 

Pero sin duda, el momento que mejor demuestra el amor de Homero por su prole es en “Y con Maggie son tres”, cuando se muestra mediante racconto (Repudio a la PSU de lenguaje) la historia del nacimiento de Maggie. Lo que debía ser un capitulo alegre, nos dejó con un nudo en la garganta. En este episodio vemos a un Homero que al tener resuelta sus deudas económicas decide renunciar a la planta nuclear para trabajar en el Bowlarama de Barney. No obstante, una vez que se entera que Marge estaba esperando a la que sería la más pequeña de los Simpson, no le queda otra que regresar arrastrándose por un trabajo en la planta. El Señor Burns vio en ello la oportunidad perfecta para humillarlo, ubicando en la oficina de Homero un letrero que rezaba: “Dont forget. You are here forever” (No lo olvides. Estas aquí para siempre). Homero cambia el significado del cartel usando fotos de Maggie para crear un “Do it for her” (Hazlo por ella). Homenaje.

Homenaje a la dignidad
Homenaje a la dignidad

Un tema que merece un punto aparte, es el amor de Homero por su esposa, Marge Bouvier. La relación que nació en los últimos años de secundaria de ambos, es el aspecto que más saca a relucir la ternura de su devoción marital. Ni siquiera las curvas de la espectacular Margo ni los coqueteos de la estrella country Lurleen pudieron lograr que Homero abandonara a la mujer que lo acompaña en cada una de sus locuras. Y pese a que Marge no es de los trigos muy limpios (Tenemos cachadita tu relación con Lenny, todo calza), Homero está dispuesto a dar lo poco y nada que tiene por su esposa.

Más que gustarnos, a Homero lo queremos. Porque pese a que Los Simpson es gringo y llega a cientos de países del mundo, vemos a un Homero que sentimos como propio. Tal vez sea porque desde chicos vimos a miles de Homeros que salen de un trabajo que odian, pero llegan a la casa dispuestos a alegrarle el día a la familia. Porque la figura del gordo simpático es más nuestra que de nadie, ese que va a la pega a sacar la vuelta y cuenta los minutos para dejarse caer en el bar de mala muerte más cercano. Porque al igual que Juan Herrera, Mandolino o el Peyuco, vemos en él, la construcción de un sujeto que nos representa, que pese a tanta mierda que se le interpone en el camino, vive pensando en dar con el chiste que alegre un asado familiar.

Bajo el marco de la cultura del individualismo, Homero se presenta a los chilenos  como un rebelde que llega a romper los moldes de “lo que se espera de”. Ché Homero, como profetizó alguna polera vendida en Estación Central, tiene como bandera la reivindicación de la simpleza, la risa, la imaginación y el amor. Y es que con un capitalismo feroz que nos tiene ahogados, cesantes, pobres y con hambre, Homero nos deja en claro que pese a tanto dolor que un grupo de Chicago Boys nos ponga en nuestras vidas, el verdadero dueño de la alegría de Chile es el pueblo. Y nada ni nadie puede arrebatarnos eso. ♥

Posdata: Homenaje a Simpsonizados, la página donde podemos todos los capítulos de Los Simpson online.  



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