Que vuelva el respeto por el Hola, el Cómo Estai, y el Qué Contai

por Javier Gallegos Gambino

Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

Pareciera ser que todo evento o cuestión que nos transporta al pasado reciente es de culto. No necesariamente me refiero a hechos que se hayan dado en algún lugar de la historia lejana, sino a todo lo que hemos venido enfrentado durante los últimos 15 años.

Cuando hablamos de MSN Messenger, por ejemplo, es inevitable sentir nostalgia de tantas cuestiones que vivimos con quienes tuvimos algún tipo de relación en esos entonces, a través de ese medio. Es a todas luces una cuestión de culto. Pero esa nostalgia no se refiere exclusivamente al formato ante el cual nos enfrentábamos: una lista de amigos conectados y no conectados, disponibles y ausentes/no disponibles; ventanas separadas para cada conversación; posibilidad de poner “nicks” y “subnicks”, con colores también, en su momento; zumbidos; emoticons, etc. La cuestión va más allá de eso. Se trata de una determinada dinámica ante la que nuestras incipientes vidas modernas se desenvolvían, el MSN marcaba un hito dentro del día.

Y era así porque para aquella época la banda ancha de Internet no estaba enteramente masificada en nuestro país, entonces no quedaba otra que recurrir a todo lo que era enchufar el cablecito del teléfono directamente al computador (y al hacerlo sonaba así), lo que traía como consecuencia que la línea dejaba de funcionar. Desde ese momento, el teléfono marcaba ocupado: lástima por las tías y abuelitas que llamaban a la casa justo a esa hora.

El tiempo de uso de Internet era limitado, caro, y con un alto control de las mamás y papás (que además nos advertían sobre los nuevos riesgos de esta incipiente sociedad tecnológica de la información: “Hijo, ten cuidado con los degenerados que andan dando vuelta por el computador. No andes dando tus datos ni los de nuestra casa. Uno nunca sabe lo que pueda llegar a pasar”). Para qué decir las batallas a muerte contra esos hermanos o hermanas, menores o mayores, por conseguir el derecho de uso y goce del computador de la casa; que terminaba en golpes o improperios del más alto calibre, con sanciones como quitar el saludo o el habla, y con la mamá o papá sentenciando salomónicamente lo peor para ambos “Ya, se apaga esta hueá. A dormir los dos”.

Por eso es que en todo este hostil contexto conectarse a Messenger era una verdadera hazaña, que no se debía desaprovechar así como así.

La conversación de chat en Messenger era honesta, pura, simple. Se intentaba imitar las lógicas con las que nos comunicábamos en la vida real. Partíamos con un “Hola”, seguido del “Cómo Estai?”, para luego dar paso al vilipendiado “Qué Contai?” (Las tres expresiones anteriores con notables diferencias morfológicas dependiendo de la persona, como por ejemplo: holas, ola, oli, wena, wenas, etc.), que después de cierto tiempo se convirtió en un ritual, sobre todo con los nuevos contactos. Pero pese a ser un rito, muchas veces enfrentando la desolación de la no respuesta en alguno de esos tres niveles, existía una magia que hasta ahora ninguna de las recientes tecnologías ha podido igualar: el vértigo que se sentía al ver que la otra estaba escribiendo, la adrenalina que generaba el momento en que aparecía la ventana que avisaba que la persona que estabas esperando se conectaba, los nicks o subnicks con frases de canciones o poemas (mala jugada) indirectas para otra persona, entre otras cosas.

Está bien, aplicaciones como Whatsapp (o ahora el cada vez más utilizado Telegram) nos mantiene comunicados al instante, nos permite mandar fotos, audios y videos y enterarnos de todo lo que pasa a nuestro alrededor en tiempo real. Nos volvimos adictos al minuto a minuto. Pero lo cierto es que con ese fenómeno han caído en un triste desuso los clásicos “Hola”, los siempre eficientes “Cómo Estay”, y los –no siempre perfectos pero necesarios- enganches “Qué Contai”. Ahora nuestras conversaciones son algo infinito. Se está en línea en una conversación todo el día, todos los días. No nos saludamos, ni preguntamos (o muy escasamente lo hacemos) cómo estamos, menos sabemos qué contamos. Simplemente compartimos lo que la contingencia obliga a compartir. Ya no se espera un momento determinado para relatar las aventuras y miserias que uno tuvo que enfrentar durante el día, ahora todo se maneja en la inmediatez del momento. Ya no hay vértigo ni adrenalina, no hay nada.

De seguir así las cosas, el futuro que podemos vislumbrar es trágico: va a llegar un momento en el que de tanto whatssapear, no nos va a quedar nada que conversar.




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